Esta semana, ha trascendido a los medios locales que la CNMV anda buscando en Balears grandes empresas que estén dispuestas a salir a bolsa. Ellos lo llaman debuts y, por lo visto, no van sobrados. Es lógico que esto sea así porque es su negocio y, obviamente, cuanto más se nutra el Ibex, más pasta gana el organismo bursátil. La CNMV ha puesto sus ojos en RIU y otras grandes compañías del sector, de acreditada solvencia y prestigio.
El pasado 14 de mayo, Mallorcadiario entregó el galardón que reconocía a Miguel Fluxá como personaje del año 2026, por decisión unánime del consejo editorial de esta casa. No voy a glosarles las muchas virtudes empresariales y humanas de unos de los grandes gurús turísticos de Balears y hasta del mundo entero. Son tan obvias, que hasta los propios mallorquines -tan poco dados a alabar a los nuestros- las conocemos y las reconocemos.
Durante el acto de entrega, y mientras don Miguel nos compartía sus vivencias y sentimientos a lo largo de su dilatada carrera empresarial, experimenté la inhabitual sensación de que estaba ante un verdadero gigante y de que, en aquellas palabras, había encerrada más sabiduría que en centenares de tomos doctrinales.
Mis colegas ya han destacado algunas de esas perlas, pero yo me quedé con una: La estructura familiar de nuestras empresas es la que ha impedido que el tejido turístico y hotelero de Balears haya caído en manos de los fondos de inversión.
Así de simple y así de revolucionario, especialmente en un mundo económico global que camina con paso firme hacia un capitalismo salvaje en manos de unos pocos, que se escudan, más o menos anónimamente, tras las siglas de unos fondos de inversión cuya finalidad última es, precisamente, acabar con la esencia de la economía de mercado, es decir, con la libre competencia. Tendemos mundialmente al oligopolio, tan peligroso como cualquier otra forma de dictadura. Basta examinar la composición accionarial de las mil mayores empresas del planeta. Se sorprenderían de ver la enorme cantidad de coincidencias.
Siempre se dijo que el empresario mallorquín era roquer, término que define nuestra ancestral forma de ser. Si por roquer entendemos prudente, desde luego que, en general, lo son. En cambio, si por roquer entendemos apocado o poco dado a la creatividad y la gesta, los hechos desmienten completamente este mito. Nuestra isla es la cuna de los mayores genios de este negocio y su epicentro mundial. Cosa distinta es que los emprendedores mallorquines, cuyas raíces están en muchos casos en nuestra Part Forana y en su sufrida ruralia sean por naturaleza discretos y poco dados a la vanagloria. Nuestro campo nos enseñó que la abundancia es coyuntural y que lo normal es tener que deslomarse para ganarse el pan. Y ese mensaje se ha transmitido oral y hasta genéticamente entre generaciones. No nos fiamos del éxito, porque sabemos que puede ser efímero.
Pensaba en todo esto mientras escuchaba a don Miguel Fluxá y observaba a sus dos hijas, Sabina y Gloria, emocionadas, e imagino que plenamente conscientes de ser custodias de todo aquel enorme legado que nació, no con su padre, sino con su bisabuelo, l’amo en Llorenç Fluxá, y quizás aún antes.
La empresa familiar no tiene por qué ser pequeña, eso lo sabemos bien en nuestra isla. Banca March es un ejemplo palmario de ello, como lo es el Grupo Iberostar, el Grupo Barceló, el Grupo RIU, SAMPOL y tantas otras empresas mallorquinas no cotizadas en bolsa.
La familia, concepto tan cuestionado en nuestros días, es no solo la célula esencial del éxito de una sociedad como la nuestra, sino, por lo que los empresarios mallorquines nos han demostrado, es también la garantía de supervivencia de nuestra independencia económica y una de las señas de identidad de nuestro proverbial carácter individual.
Tengo la fortuna de habitar en una propiedad de mi mujer que ha pasado de padres a hijos desde el siglo XVI. Recientemente, poniendo orden a los documentos de su archivo, alcancé a darme cuenta de la relevancia que tuvo, en su día, fundar nuestro modelo económico sobre las espaldas de la familia. A la sazón, y durante más de cinco siglos, fueron las possessions el elemento central de nuestra economía agropecuaria, porque nuestra burguesía industrial fue siempre testimonial. Hoy, ese mismo vínculo familiar anida en nuestras mejores empresas. Es un tesoro a preservar, quizás en último antes de que seamos engullidos por la globalización demográfica.
Es la familia, o sea, la vida. Y punto.





