He leído en la prensa hace unos días que nuestro querido Gobierno está barajando hacer un proyecto de ley para limitar la oferta en los bares y cafeterías de los colegios por eso de que está aumentando la obesidad infantil. Una vez más se trata de PROHIBIR que se vendan determinados productos porque su composición dista mucho de ser saludable. No me viene de nuevo porque hace ya unos años, en un colegio de Palma, a instancias de unas cuantas madres, o padres, se prohibió la venta de todos los bollos, las chucherías y los refrescos. El resultado fue que el dueño del bar tuvo que cerrar el negocio porque sólo le dejaban vender cosas que no les gustaban a los niños, con lo cual salió perdiendo todo el mundo, porque ni los niños, ni los profesores ni los padres tenían donde tomarse nada, además de dejar a una familia más en el paro: “daños colaterales”. Eso sí, los niños seguían comprando todas las porquerías que querían, pero fuera del colegio, y, si un día a la madre no le daba tiempo a hacer la merienda o no se acordaba, el niño se quedaba sin merendar porque no tenía donde comprarla. Y es que, antes de tomar según qué decisiones vale más pensar un poco en las consecuencias que pueden tener, y si realmente van a redundar en una mejora de la salud de la población o simplemente van a servir para complicarle a ésta un poco más la vida. Y yo, por lo que sé de nutrición, que no soy ninguna experta, me pregunto a mí misma como siempre, -por eso de que a los políticos más vale no preguntarles nada-, ¿por qué, si se sabe perfectamente cuales son esos productos, y qué es lo que falla en su composición, no promulgan una ley que PROHÍBA a los fabricantes incluir según qué tipos de grasa, que limite la cantidad de sal, azúcares y harinas refinados -entre otros-, a lo mejor no en todos los productos, pero sobre todo en los dirigidos a los niños y adolescentes? Además, las etiquetas deberían ser mucho más explícitas e incluir claramente qué grasas contiene cada producto y qué productos pueden elevar los niveles de colesterol, de glucemia, de triglicéridos... en un lugar visible, porque ya es el colmo que un ciudadano normal tenga que saber nutrición para ir a la compra. Ahora mismo, las etiquetas pueden ocultar o disfrazar muchas cosas, entre otras, las grasas trans, además de que muchas veces hace falta una lupa para leerlas. Entonces, una vez resuelto el problema de la CALIDAD, a pesar de que subiría el precio de los productos elaborados, (lo sano suele ser más caro), todo el mundo podría comer lo que le diera la gana con la seguridad de que sabe lo que come, y simplemente quedaría a criterio de la población el problema de la CANTIDAD, tan importante como el primero, y ahí es donde se debería dirigir la campaña de información. Lo dañino es más dañino cuanta más cantidad se coma, y comer mucho, por muy saludable que sea el producto, engorda. También se podría incentivar la venta de fruta, yogures y productos integrales y naturales en todos los bares y cafeterías, incluso subvencionarla para que estos productos fueran más baratos que los otros, con lo cual los fabricantes tendrían que competir y no les quedaría más remedio que mejorar. Eso es atacar la raíz del problema, y dudo que yo sea la única a la que se le ha ocurrido, pero supongo que ningún gobierno se atrevería a enfrentarse a las grandes empresas, por eso de que siempre hay intereses de por medio. (*) Médico de Urgencias





