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La Delgada Línea Roja

domingo 24 de mayo de 2020, 06:00h

A mediados del siglo XIX en Crimea se libró la última guerra antigua, y la primera moderna. Aparecieron por primera vez en el frente dos colectivos nuevos: enfermeras y periodistas. Al fin el mundo pudo contemplar más horror que gloria en la guerra, y el impacto en la opinión pública fue de tal magnitud que tumbó gobiernos.

La cobertura mediática constituyó la modernidad de este conflicto bélico. Lo antiguo fueron los pelotones de soldados obligados a mantenerse firmes en primera línea de combate frente a la carga de un enemigo superior. Las imágenes de aquellas carnicerías fueron plasmadas en cuadros que recogían las escenas descritas por los primeros corresponsales de guerra como William H. Rusell, que dejó escrito: “los soldados escoceses son una delgada línea roja recorriendo el paisaje”.

Desde entonces “la delgada línea roja” quedó como la expresión inglesa referida a un conjunto de desgraciados que se mantienen firmes ante un ataque abrumador. Cada miembro de la tropa de campo debe asumir entonces una responsabilidad que no le corresponde: defender a todo un país, o una idea del mismo, dejando a un lado sus propias ideas o valores. Para un recluta involuntario, quizá no hacerse preguntas sea la única manera de soportar el absurdo de una guerra.

Es todo lícito para ganar una batalla electoral? ¿Vale cualquier decisión para mantener el poder? ¿Es justificable cualquier estrategia política cuyo primer objetivo no es el bien común, sino que no gobierne otro? Bildu es un partido legal. Tanto como cualquier otro con representación institucional. Esta es la grandeza del “régimen” del 78 en España, esa basura franquista que quiere desmantelar Podemos. Con un par de quiebros lingüísticos en sus estatutos, una formación política heredera de ETA puede presentarse a las elecciones, obtener escaños y cobrar subvenciones públicas. La legitimidad es otra cosa. Se pongan como se pongan los entusiastas de Sánchez, la extrema izquierda y el independentismo, Bildu juega en una liga distinta al resto de partidos.

Que la trayectoria política de Bildu deja un tufo moral apestoso lo saben bien la inmensa mayoría de los 6’7 millones de españoles que votaron al PSOE en las últimas elecciones. La mejor prueba de ello es que Sánchez se afanó durante toda la campaña electoral por dejar claro que jamás pactaría con los proetarras. ¿Pueden los militantes honestos del PSOE permanecer impávidos en el frente haciendo de coraza a un general que les ha engañado con descaro? ¿Hasta cuándo la venda en los ojos para tapar el espanto de sus pactos? ¿Hasta cuándo la mordaza para callar ante tanta humillación?

Hasta ahora las ideologías incorporaban la mentira como mecanismo para descartar los hechos que no se ajustan a sus tesis, e incluso para inventarse otros que las hagan más creíbles. Uno debe elegir entre el mayor o menor grado de falsedad que aprecia en cada una de ellas, y medir su eficacia de acuerdo a unos valores y a tu propia conciencia. Pero Sánchez ha ido un paso más allá y ha logrado elevar la mentira a la categoría de ideología. Hemos llegado a un punto en que todo el mundo sabe que el presidente del Gobierno miente más que habla, y eso que habla mucho. Cuando el embuste no es obvio mientras lo pronuncia, basta concederle un poco de tiempo para que se haga patente.

Existe una minoría que aplaude sus mentiras porque las considera un signo de inteligencia política. “Todos mienten, pero Pedro lo hace mejor porque es capaz de engañar a todos y obtener así más ventajas”, te explican. O sea, el nihilismo como virtud para acceder al poder, y después para conservarlo. Ya digo que es una minoría, porque la mayoría entiende que existen unos límites que no se deben traspasar. Ni mil relatos de la factoría redonda de Moncloa podrían aniquilar la memoria reciente de un socialismo que hasta hace bien poco compartía funerales de compañeros con el resto de partidos democráticos.

Sánchez se ha inventado una guerra a cuenta de un virus. Y en primera línea del frente vuelve a colocar a sus soldados más disciplinados para que defiendan lo que solo causa estupor a la mayoría social de este país, incluidos millones de sus votantes no sectarios. Pero la delgada línea roja de este mentiroso compulsivo será incapaz de contener la oleada de vergüenza moral que empuja el común de los ciudadanos, de izquierdas y de derechas, capaces de perdonar y mirar hacia delante, pero que no olvidan la sangre y el dolor injusto provocados por los crímenes de ETA. De aquellas atrocidades jamás han renegado los representantes de Bildu, que ahora comparten bolígrafo con la número dos del PSOE para firmar acuerdos que afectan a todos los españoles. Esta humillación supone traspasar una gruesa línea roja, y retrata a Sánchez como el tipo sin escrúpulos que es. Un yonki del poder que ha perdido por completo el control del riesgo, que antes o después desaparecerá, como todos, pero que antes destrozará la convivencia en España pactando con minorías infames .

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