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La elegancia de Stanley Donen

sábado 02 de marzo de 2019, 04:00h
Si la valoración de un director dependiera de los momentos de felicidad que nos han proporcionado sus películas, Stanley Donen debería de ser considerado uno de los mejores directores de la historia del cine. Para quienes le admiramos muy profundamente, sin duda lo es. Cineasta precoz, antes de cumplir los treinta años había dirigido ya seis películas, incluida «Cantando bajo la lluvia». Sin embargo, al llegar a la madurez poco a poco se fueron espaciando cada vez más sus sucesivos proyectos. Finalmente, tras filmar «Lío en Río» recién cumplidos los 60 años, ya no volvió a dirigir para el cine nunca más.

Donen murió la pasada semana, a los 94 años, pocos días antes de la gala de los Oscar 2019, que tristemente no tuvo ningún recuerdo para él. En ese sentido, la verdad es que tampoco en vida la Academia de Hollywood le trató demasiado bien. Parece difícil de creer ahora, pero el coautor junto a Gene Kelly de «Un día en Nueva York», «Cantando bajo la lluvia» y «Siempre hace buen tiempo» jamás recibió una sola nominación, ni por dichas obras maestras ni por excelentes películas como «Bodas reales», «Siete novias para siete hermanos», «Una cara con ángel», «Charada» o «Dos en la carretera», dirigidas ya en solitario por Donen.

Para intentar paliar en la medida de lo posible esa injusticia, Donen fue galardonado en 1998 con un Oscar honorífico por el conjunto de su carrera. Tras recibir la estatuilla de manos de uno de sus grandes admiradores, Martin Scorsese, el también coreógrafo y bailarín protagonizó un momento inolvidable en la gala de aquel año al interpretar un fragmento de la popular canción «Cheek to cheek», inmortalizada por Fred Astaire décadas atrás. Con la elegancia que siempre le caracterizó, durante su discurso de aceptación del premio Donen tuvo palabras de reconocimiento para guionistas como Peter Stone o Frederic Raphael, músicos como George & Ira Gershwin o Arthur Freed, o estrellas como Cary Grant, Audrey Hepburn, Gregory Peck, Sophia Loren o Frank Sinatra.

El sustantivo «elegancia» tal vez sea, precisamente, el más apropiado para hablar de Donen y de la mayoría de películas que rodó. Elegancia en sus musicales, sus comedias o sus melodramas. Elegancia a la hora de mostrar en la pantalla el amor, el entusiasmo, la soledad, la melancolía. Elegancia en las coreografías, en el modo de contar las historias, de mover la cámara, de utilizar el formato panorámico, de dirigir a los grandes actores y actrices con los que trabajó. Elegancia al fotografiar Nueva York, Londres o París. Elegancia también en los títulos de crédito, en las bandas sonoras creadas por Henry Mancini para varios de sus filmes, en la forma de concebir las películas en su integridad. Como escribió Oti Rodríguez Marchante el pasado fin de semana en ABC, «Stanley Donen ha sido, es y será uno de los mejores pórticos para entrar al cine».

Gracias al temperamento romántico de Donen, pudimos descubrir que cuando uno está enamorado todo es «posible», ya sea bailar por el techo de la propia habitación, como Fred Astaire en «Bodas reales», empaparse hasta los huesos con suma alegría, como Gene Kelly en «Cantando bajo la lluvia», o asearse en la ducha completamente vestido, como Cary Grant en «Charada». Donen no sólo nos permitía poder soñar despiertos con sus películas, sino que además también nos quería y nos respetaba como espectadores. Por mi parte, sólo puedo decir que siempre fue un amor total e incondicionalmente correspondido.
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