La era lunática

Sira Rego ha denunciado que vivimos en una sociedad «adultocéntrica», y ha dicho que hay empezar a escuchar a los niños. «¿Es que nadie piensa en los niños?», repetía quejumbrosa la mujer de Ned Flanders en Los Simpsons, y tenía gracia. Sira Rego reclama también «el derecho de la infancia al acceso a la justicia y a la defensa». Así nos enteramos de que Sira Rego es Ministra de Infancia (aunque aún no tenemos ni idea de lo que hace Pablo Bustinduy), y de que cree que en España los niños no tienen derechos, como si trabajaran en minas de sal o fueran sacrificados rutinariamente a Moloch.

El caso es que Sira Rego tiene una preocupación selectiva por la infancia. Los niños ucranianos que, tras la invasión Rusia, fueron secuestrados y trasladados a Bielorrusia para ser convenientemente rusificados, le suscitan un interés considerablemente menor, y en el Parlamento europeo votó en contra de la correspondiente resolución de condena. También votó en contra de condenar la masacre perpetrada por Hamas el 7-O (donde también hubo niños), y a cambio sugirió barrer Israel (donde también los hay) «desde el río hasta el mar». Porque Sira Rego es ministra de Infancia, pero no de todas las infancias. Y es bastante bruta.

Decía que la mujer de Flanders tenía gracia, pero Sira Rego no tiene ninguna. Ayer participó en un show siniestro, diseñado para ayudar a Juana Rivas a eludir la acción de la justicia.

En diciembre Francesco Arcuri trajo a su hijo Daniel a España para que pasara las navidades con su madre. Juana Rivas rechazó devolverlo después de las vacaciones, y lo ha mantenido incomunicado (con su padre, y con los servicios sociales) desde entonces. Esto, que comenzó hace ya nueve años cuando Juana escapó de Italia llevándose a los niños, es una repetición exacta de lo que ocurrió hace ocho: Juana Rivas se negó a devolver a los hijos a su padre después de una vacaciones, fue juzgada y condenada a cinco años por sustracción de menores (y a  otros seis de pérdida de la patria potestad), y fue indultada por un gobierno más interesado en buscar popularidad que justicia. Mientras tanto, la justicia italiana fue archivando todas las denuncias por maltrato que Rivas iba interponiendo para eludir la devolución, y los servicios italianos alertaban de la capacidad de manipulación de la madre.

El martes Juana tenía que entregar a su hijo en un juzgado de Granada, pero en lugar de ello apareció con gafas negras e intensa expresión de sufrimiento. Andaba con dificultad abrazada a su asesora, de espaldas, y la acompañaba la prensa y un coro de plañideras. El niño, que hasta diciembre vivía tan feliz con su padre, dice ahora que no quiere volver con él porque lo va a matar: es difícil encontrar una explicación fuera de la manipulación materna.

Es imposible entender esta situación disparatada sin una serie de lunáticas presunciones, en las que la razón ha sido sustituida por una jerigonza compuesta por frases prefabricadas que actúan como conjuros. Empecemos por decir que si una mujer acusa a un padre de maltrato es un maltratador, aunque los tribunales lo desmientan. «Un maltratador no puede ser un buen padre», insiste machaconamente Sira Rego a pesar de que nada indica hasta el momento que Francesco Arcuri lo sea. Esto a su vez, deriva de cierto principio («hermana, yo sí te creo») según el cual las mujeres nunca mienten. Irene Montero ya fue condenada por llamar maltratador a un marido que no lo era, pero eso no le sirvió para recapacitar sino para incrementar su desconfianza hacia la «justicia machista».

Pero mientras el hombre goza de una presunción de maltratador, de ningún modo se puede insinuar que la madre manipule a sus hijos. Irene Montero intentó prohibir la mera sospecha bajo la denominación «síndrome de alienación parental», y Sira Rego pretende terminar la tarea. Ah, y si una mujer secuestra a un niño, la justicia la condena por ello, e inmediatamente vuelve a reincidir, no hay que barruntar que está volviendo a las andadas. Lo que hay que hacer es protegerla inmediatamente «en interés superior del menor», que es el talismán definitivo que se exhibe (como von Helsing muestra el crucifijo a Drácula) para mantener alejado el «adultocentrismo», (es decir, el estado de derecho) de su feminismo delirante.

Mi amigo Pedro Herrero suele decir que el estado es un idiota con una gorra y un silbato. El estado es, con frecuencia, patéticamente incapaz de proteger el interés del menor tutelado en algunos de sus centros, pero eso no le impide meter las narices incluso cuando hay decisiones judiciales por medio. Tampoco le impide compartir con Juana Rivas la utilización de sus hijos si se trata de mantener una ideología desquiciada. Siempre «en interés superior del menor», claro.

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