La huelga de médicos que arranca este lunes no es una protesta cualquiera de empleados públicos. Es un golpe directo al corazón del sistema sanitario y, como siempre ocurre, quienes primero lo pagan no son los ministros, ni los políticos, sino los enfermos. Consultas suspendidas, pruebas diagnósticas aplazadas, listas de espera que se alargan aún más. La sanidad pública, ya tensionada hasta el límite, se convierte de nuevo en un campo de batalla mientras miles de ciudadanos quedan atrapados en medio.
Los facultativos reclaman un estatuto propio, una regulación específica que reconozca la singularidad de su profesión, sus condiciones laborales y su responsabilidad. Puede discutirse el contenido, el alcance y la oportunidad. Lo que resulta difícil de aceptar es la actitud inflexible del Ministerio de Sanidad. Mónica García se atrinchera, como si ceder un milímetro fuese una derrota ideológica.
La izquierda que representa Sumar ha hecho de sus ministerios un laboratorio doctrinal. Todo se plantea en términos de “modelo”, de “relato”, de “batalla cultural”. Y cuando las decisiones están cargadas de ideología, se vuelven innegociables por definición. No se trata de mejorar un servicio público, sino de imponer una visión del mundo. Así se entiende que los conflictos se acumulen en una tensión permanente y donde cualquier cesión se considera impensable.
La izquierda que representa Sumar ha hecho de sus ministerios un laboratorio doctrinal. Todo se plantea en términos de “modelo”, de “relato”, de “batalla cultural”
Luego llegan las encuestas y se preguntan por qué cae la intención de voto de las formaciones a la izquierda del PSOE. Buscan excusas, inventan etiquetas, lanzan campañas de maquillaje político como ese “Sumar 2.0” que pretende vender renovación sin cambiar nada de fondo. Pero el problema no es de marketing sino de gestión, de prioridades, de soberbia.
Una huelga médica no debería ser el escenario para que un ministerio se reafirme en su sectarismo, algo que debería hacer sonar todas las alarmas. No hablamos de un conflicto laboral más, sino de un servicio esencial que trata de la salud de los ciudadanos. La ministra de Sanidad, una médica sin ninguna experiencia en gestión sanitaria, ha llegado demasiado lejos en su pulso con el colectivo médico y debe ser sustituida de inmediato, a la vista de su incapacidad para evitar una huelga más que avisada, que parará la actividad asistencial una semana de cada mes. Inadmisible.





