Inicié este siglo con la lectura de Utopía y desencanto, Anagrama 2001, de Claudio Magris, uno de los intelectuales mayores de nuestro tiempo, premio Príncipe Asturias 2004 de las Letras. En sus primeras páginas, nos transmite un saber ya entonces olvidado: ‘al mundo, como dice un verso de Brecht, le hace buena falta que lo cambien y lo rediman’. Esta propuesta profética la he referido, casi siempre, a Europa. No creo que nadie, mínimamente conocedor del estado de cosas existente, dude de la necesidad de un cambio radical en Europa y no solo por el ataque a Irán. Excepción hecha, claro está, de la ‘laicista’ izquierda.
Frente al resignado eslogan, “esto es lo que hay”, tan habitual en estos tiempos inciertos y desencantados, siempre suelo enarbolar una especie de creencia laica, la resistencia del creyente utópico. Esto es, prefiero, como recuerda el que fuera profesor de Trieste, “no rendirme (se) a las cosas tal como son y luchar por las cosas tal como debieran ser “; busco “dar sentido a la vida”, incluso “contra toda verosimilitud”. La evidencia de lo que hay no me impide creer que Europa debería volver a su esencia, a los ideales que le dieron vida, a una versión actualizada de ‘los valores indemostrables pero irrenunciables’ (cf. Delgado, Nosotros los europeos, RD; ¿Qué te ha sucedido, Europa?, RD). El nihilismo de Nietzsche se ha apoderado y ha triunfado frente a lo que Dostoievski (Magris, cit., pág. 8) calificó como enfermedad, que habría que combatir.
La incertidumbre, generada por el ataque a Irán el pasado 28 de febrero, se ha convertido en un factor determinante, plagado de riesgos, que reclama diagnósticos acertados y no olvidar dónde estamos situados. Es ahora cuando se está evidenciando el declive y la incapacidad europea, su necesidad perentoria de cambio. “La cuestión, ha dicho con pleno acierto Ana Palacio, no es solo si la base jurídica es suficiente (…) sino (…) la gestión del día después” (El Mundo, 3.03.2026). Quedarse en la denuncia de violación del derecho internacional puede ser ‘reconfortante’ para países débiles, que no suelen aspirar a otra cosa que hacerse significar. Eso sí, a partir de verdaderas contradicciones institucionales, operativas y hasta de comunicación, como, por desgracia, ha sido el caso de España con el uso de las bases americanas (cf. Guadalupe Sánchez, Irán le importa una higa a Sánchez, TO).
De cara a la gestión de las consecuencias de la guerra con Irán, surgen de inmediato algunas preguntas esenciales: ¿Cómo Europa va a abordar los diferentes frentes abiertos, tales como la política de defensa, la guerra de Ucrania, la industrialización, la muy escasa productividad y el muy bajo crecimiento, la carrera de competitividad global, el impulso de la agenda digital, la obtención de la financiación suficiente y necesaria? Es más, una vez internacionalizado el conflicto por la reacción lógica iraní, el problema, ya acuciante, adquiere una dimensión diferente y mucho más intensa. Ahora entran en juego problemas derivados de las infraestructuras energéticas, de las rutas marítimas, de las pólizas de seguros, de los precios del gas y el petróleo, con sus repercusiones inflacionarias. Y, ya se sabe, los costes energéticos repercuten claramente en la energía, el transporte y los fertilizantes. Éstos últimos, a su vez, tienen un impacto directo en la agricultura y los alimentos. Ahora todo se complica al afectar a aspectos esenciales de la vida diaria del ciudadano, la dimensión social, en el mundo y en Europa. Todo dependerá de cómo evolucione el conflicto, de su duración.
La anterior problemática es, por tanto, la cuestión que, ahora mismo, “deberíamos estar discutiendo” (Ibidem). Este es el momento de abordar lo que ahora realmente nos interesa, lo que aparece como ineludible para neutralizar las consecuencias negativas del conflicto armado. La guerra, por supuesto, no beneficia a nadie. ¿Quién está a favor de la guerra? No conozco a nadie que la desee. Representa un fracaso humano. Toda guerra es ilegal. Pero, dicho esto, la pregunta pertinente es: ¿Cómo “nos afecta en concreto” (Ibidem) y cómo hacer frente a sus dañinas consecuencias, de manera eficaz? Y, como todo esto, en el fondo se traduce en dinero: ¿Cómo se van a financiar los retos que nos aguardan de inmediato?
A este respecto, creo que el llamamiento de Ana Botín, Presidenta del Banco Santander (Europa necesita escala y decisión, El País, 26.02.2026, pág. 28), secundada por otras entidades bancarias igualmente importantes (Barclays, BNP Paribas, BPCE, Crédit Agricole, Deutsche Bank, JSBC, ING, Société Générale, Estándar Chartered, UBS), es de obligada reflexión por todos, ciudadanos y representantes políticos europeos. Las medidas, aunque sean muy técnicas, nos afecta a todos. “No hay tiempo que perder ni excusas para retrasar estas reformas esenciales”. El sistema bancario ha de impulsar el crecimiento. Europa ha de poder financiar sus prioridades estratégicas y, en consecuencia, ha de actuar ya. Las necesidades inversoras son urgentes y han de ser desbloqueadas. No se puede esperar más. “El sistema bancario sigue siendo el mecanismo más eficaz para movilizar capital privado y responder con rapidez a los desafíos europeos”.
Van pasando los días y ¿cómo se está respondiendo a nivel de Europa y de Estado nacional? Muy poco que vaya más allá del ‘lloriqueo laicista’, hipocritón e ideológico. ¿A qué espera el Gobierno para paliar los efectos destructivos de la clase media en España? Por el contrario, sí ha comparecido, de inmediato, para polarizar a tope a la sociedad con el ya sabido ‘no a la guerra’ y que le rente electoralmente. ¡Estamos apañados! La izquierda prefiere que seamos espectadores de nuestra decadencia (cf. Ana Palacio, No nos engañemos, El Mundo, 21.03.25).
(Continuará)
Gregorio Delgado del Río





