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La paguita

viernes 05 de junio de 2020, 09:41h

Ningún grupo de la oposición se atreve -por mero tacticismo político- a cuestionar frontalmente el nuevo subsidio denominado Ingreso Mínimo Vital o IVM que, a iniciativa de Podemos, Sánchez se ha visto obligado a llevar adelante.

Aunque la última versión del IVM dista bastante de la pretensión de los comunistas de regar con un salario incondicionado a todo aquel que no figurase de alta como asalariado o autónomo, el concepto sigue siendo el mismo, el de poner en cautiverio económico a una porción de la población española lo suficientemente significativa como para inclinar la balanza electoral y perpetuarse en el poder.

La idea no es, obviamente, nueva. Sin salir de nuestras fronteras, al PSOE la economía subsidiada de Andalucía -el PER- le proporcionó cuarenta y un años seguidos de gobierno, hasta que el latrocinio socialista se hizo tan evidente que hasta algunos sectores de la izquierda consideraron inasumible tanta podredumbre y se gestó el cambio de gobierno con giro al centroderecha.

En Extremadura, sin llegar a los límites del régimen andaluz, ha sucedido durante décadas algo parecido

Por lo que hace a Podemos, sus referentes son, obviamente, las dictaduras comunistas. La famosa sentencia "ellos hacen como que trabajan y nosotros hacemos como que les pagamos" es la mejor definición de lo que en economía es el socialismo real: paro encubierto con millones de puestos de trabajo inútiles e improductivos, a cambio de una retribución miserable. Así sobrevivió la URSS 73 años y perviven Cuba, la estrambótica Corea del Norte y, en gran medida, Venezuela, el espejo en el que se mira Pablo Iglesias.

Ni siquiera China, ni otros países de su entorno, cumplen ya con los parámetros económicos del comunismo, aunque sigan siendo férreas dictaduras adornadas con hoces y martillos y la parafernalia friki tan del gusto de los regímenes autoritarios. Sin embargo, con una postura mucho más inteligente que otras naciones, y abrazando sin reservas las reglas del mercado, el gigante asiático comprendió que la economía subsidiada era un suicidio y pasó a inicios de los años 80 a abrirse a producir para las empresas occidentales y modernizar su industria e infraestructuras. Desde entonces, su crecimiento ha rondado el 10% anual y, en la actualidad, se extiende por todo el país una clase media acomodada que tiene muy poco que ver con los uniformes y la miseria del maoísmo. Del comunismo, China conserva ya solo la cáscara y, como era de prever, los movimientos prodemocráticos, alentados desde Hong Kong y las grandes ciudades, acabarán tarde o temprano con la dictadura, esperemos que de forma pacífica.

La economía subsidiada es catastrófica porque se fundamenta en la injusticia de castigar el esfuerzo y premiar a quien nada aporta al progreso social.

Los subsidios solo pueden salir del bolsillo de quienes trabajan, y el equilibrio progresivo que resulta de incrementar continuamente los impuestos a los que producen y los subsidios a los que no lo hacen desalienta la iniciativa y fomenta la inactividad, al tiempo que hace crecer a su prima hermana, la economía sumergida.

Sánchez camufla su subsidio condicionándolo a la búsqueda -supuestamente, 'activa'- de trabajo, para lo cual requiere la inscripción del subsidiado como demandante en las oficinas de empleo. Pero este entramado está condenado al fracaso porque omite el dato de que las empresas españolas jamás han acudido al servicio de empleo para contratar trabajadores. Lo más, se ven obligadas a decir a los candidatos a un puesto vacante que se inscriban en el SEPE para poder acogerse a determinadas bonificaciones de seguridad social, con lo que la administración se apunta, falsamente, el éxito de haber sacado a un trabajador del paro. Porque eso de que la administración consiga trabajo a los desempleados inscritos es anecdótico, pues un mastodonte burocrático sin conexión alguna con la realidad económica y cuya finalidad principal es gestionar prestaciones no sirve para tal fin.

Por tanto, es muy posible que los subsidiados con el IMV sigan en esa situación durante años sin que se les ofrezca jamás un empleo y, lo más importante, sin que ellos mismos tengan el más mínimo interés en conseguirlo, máxime si de forma simultánea obtienen ingresos en B.

Naturalmente, hay situaciones de riesgo de exclusión social o de enfermedad que justifican la existencia de subsidios sin cotización previa, pero estos solo deberían ir dirigidos a ciudadanos con edad, capacidad y condiciones para trabajar durante el mínimo período de tiempo necesario para lograr su acceso o reintegración a la economía productiva. Lo contrario, es decir, lo que plantea Podemos, nos conduciría a la ruina como país.
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