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La Pasión y el mal

jueves 08 de abril de 2021, 05:00h

Esta Semana Santa ha mejorado mucho con respecto a la anterior. En 2020 la vivimos encerrados en casa, siguiendo por la tele la liturgia del Vaticano, sorprendidos y asustados por esta ‘gripe china’ -si hace un siglo nos tocó que la gripe fuera española, sin comerlo ni beberlo, pues ésta ha de ser china, con mucho más motivo- y por la reacción de las autoridades: falta de reacción, en realidad, primero, porque no hicieron nada hasta que fue demasiado tarde, y después, reacción desproporcionada, porque ahora sabemos que no hacía falta tener tres meses encerrada a toda la población.

En fin, que esta Semana Santa 2021 al menos hemos podido participar -con prudencia- en las ceremonias religiosas y visitar Casas Santas según la tradición. Es más, al no haber procesiones, hemos podido seguir aún mejor la liturgia y complementarla con películas, oración o lecturas.

Y lo primero que se me ocurre destacar es que la Semana Santa es dura, y más si la unimos a `La Pasión de Cristo’ de Mel Gibson, con un realismo que no ahorra ningún detalle. Las palizas, la flagelación, la corona de espinas, los escupitajos y las burlas, cargar con la cruz, y finalmente la crucifixión. Son cosas que relatan escuetamente los Evangelios, por lo que es fácil pasar superficialmente sobre ellas. La película, un auténtico Vía Crucis, ayuda a valorar realmente de qué estamos hablando.

Dios hecho hombre, tras treinta años de vida oculta, como un niño normal, aprendiendo luego y ejerciendo el oficio de su padre, pasa después tres años predicando, y por fin acepta voluntariamente la tortura hasta la muerte. No sin esfuerzo, porque sabemos que en la oración de Getsemaní pide que, si es posible, pase de él ese cáliz, aunque enseguida añade que se haga la voluntad del Padre y no la suya. Verdadero Dios, pero también verdadero hombre, comparte nuestra repulsa por la muerte y el sufrimiento, y sobre todo por el mal de toda la humanidad con el que debe cargar.

La Pasión es, ante todo, el ejemplo de cómo debemos reaccionar ante el mal. Jesús es capaz de perdonar y rogar por los sacerdotes que le condenan, por los verdugos que le crucifican. Jamás cede al odio; jamás devuelve mal por mal. Ello no quiere decir que no podamos enfadarnos ni defendernos, porque Jesús se enfada en ocasiones: les dedica frases muy fuertes a los fariseos; expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo. Quiere decir que, aunque nos veamos obligados -excepcionalmente- a hacer tales cosas, nunca odiaremos a nadie, sino al contrario, amaremos a quienes nos persigan y rezaremos por ellos.

La Pasión nos ilumina el problema del mal. Si existe el mal es porque existe la libertad, el libre albedrío: podemos abusar de él y hacer el mal. El mal es así, diríamos en estos tiempos, un ‘efecto secundario’ de la libertad. Y la libertad es indispensable para que pueda existir el amor, que precisa una pluralidad de sujetos libres. Por tanto, el mal es inevitable, si queremos que haya amor, que es lo que Dios es y busca.

Escribe Tolkien en su carta 64 algo como que en ocasiones se siente abrumado ante el pensamiento de la suma del mal en el mundo en el momento presente. Y sin embargo, “ningún hombre puede jamás saber lo que está acaeciendo sub specie aeternitatis [bajo la perspectiva de Dios, de la eternidad]. Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito... en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él”.

Dios sabe integrar el mal en su Creación, de modo que al final resulte incluso más grande y hermosa. Así, la Pasión de Cristo parecía una gran victoria del mal, pero en realidad fue su derrota definitiva. Por eso nuestro estandarte es la Cruz, y contemplándola, abrazándola fuerte cuando el mal nos abrume, y entregando libremente la vida por amor, venceremos, como Cristo ha vencido al mundo.

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