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La Tercera Guerra Mundial y los cominos

sábado 11 de enero de 2020, 01:00h
Suelo decir que adoro la Humanidad y odio a la gente. Es una manera simple de explicar que inventos como la rueda, la agricultura o el motor de explosión me hacen admirar al ser humano, igual que las Meninas, el Códice Voynich o la Séptima de Schostakovich. Pero también hay gentuza con cierto renombre como Jorge Javier Vázquez y sus adláteres, la mujeruca ésa a la que le importamos un comino o todos los supremacistas pueblerinos incluyendo al atorrante de Torra, que muestran la más profunda miseria del ser humano. Tal vez por eso y a medida que el mundo se achica por la tecnología comunicacional -ahora se llama globalización, pero es lo mismo desde que los juglares llevaban las noticias de pueblo en pueblo- las guerras se vuelven en cierta manera cíclicas. Y, claro, en medio hay un montón de peña que moriremos sin pena ni gloria después de haber currado toda la vida para, justamente y sin saberlo, hacer posible otra guerra.

Lo del archiduque Francisco Fernando como excusa para la Primera Guerra Mundial queda bien y hasta aporta un toque de nacionalismo anarquista para esconder las ansias imperialistas de británicos y alemanes enzarzados por aquel entonces en dominar la mar océana. Súmese que Alemania estaba picajosa porque se había quedado sin su pedazo del pastel africano y que la Entente Cordiale primero y la Triple Entente después le tocaban los pinreles al kaiser. Además, las causas de la crisis económica, nacidas de aquella revolución industrial que pariría la sobreproducción que llenó de stocks los almacenes y de paro Europa, acabaría en la hiperinflación de Weimar (ni fue la única ni la más grave de Europa) y el hundimiento de una economía basada en el patrón oro que definiera David Hume en 1750.

Cien años después, el asesinato de Qalem Soleimani parece una excusa más que buena para arrearnos otra vez. No es que me parezca mal habida cuenta del nivel de sandez planetario que hemos alcanzado, pero también es verdad que si hubiéramos invertido más en educación, sanidad y gobernanza mundial ahora no estaríamos como estamos, al pairo.

Los mandamases iraníes Alí Jamenei y Hasán Rouhaní, tanto monta, han aprovechado la ¿torpeza? del pelinaranja para azuzar el avispero, derribar un par de tabiques con misiles y tocarle las narices al nada simpático Netanyahu que no ha tardado un segundo en responder que tiene bombita nuclear, que Trump come de su mano y que el planeta entero sigue estando en deuda con ellos por aquello del Holocausto. Mientras, Putin cita a Einstein y su chorrada de los palos y las piedras justo justo antes de visitar a Bashar Al-Asad en Siria, y Borrell dice que los rockets son malos malísimos tras convocar a los 28 (joder, qué de peña) para ver cómo distender la cosa.

Pero todo esto es solo humo, como las lágrimas de cucudrulu de Iglesias -no soporto a los llorones de cualquier sexo-: conviene no perder de vista el Brexit de Johnson, el asesinato de Kamal Khashoggi, la salida a bolsa de la petrolera saudí Aramco (bueno, solo han colocado el 1,5% en el parqué) y la navegabilidad del Ártico que dejará al canal de Suez en parking para yates. Y como no hay efecto sin causa, conviene recordar que todavía no hemos acabado de pagar aquella tontería de las subprime, la bolita en ruleta de los CDS que fue la mesa más rentable del casino de la aseguradora AIG, cuyos efectos se cerraron en falso con una deuda en dolares de 26 cifras (cuatrillones). Tampoco olvidamos que fue Dmitri Medveded, aquel títere de Putin, quien acordó el reparto del gas y petróleo árticos entre Noruega y Rusia, tras 40 años de peleas, y quien se hizo muy amiguito de Al-Asad, le regaló juguetitos bélicos como el sarín utilizado en Guta y le propuso una ruta alternativa para el gas sirio dejando a Europa con tres palmos de narices, todo ello vigente y esperando a ser implementado en cuanto convenga, esto es, cuando la muerte con dron del nuevo archiduque Qalem Soleimani dé sus frutos.

Y ahora que empiece el espectáculo. Yo ya me he comprado un pack de cervezas y patatas fritas. Tal vez sea lo último que compre en este Valle de Lagrimones.
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