Hay dos versos y una muy breve respuesta a una pregunta que tienen mucho que ver con el aprendizaje y la dinámica de mi vida. Los versos se encuentran en un poema de Jorge Luís Borges, Un lector, en su Elogio de la sombra: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito;/a mí me enorgullecen las que he leído”. En una entrevista, concedida a Mario Vargas Llosa, éste le preguntó con una frase borgiana: “Muchas cosas he leído y pocas he vivido”. Al responder, Borges subrayó que, cuando la pronunció, “no me daba cuenta de que leer es una forma de vivir también” y “que a la larga uno vive esencialmente todas las cosas y lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas” (https://borgestodoelanio.blogspot.com/2020/09/jorge-luis-borges-entrevista-con-mario.html).
Hice mía tal sabiduría, que comparto contigo, querido lector: He hecho de la lectura una forma de vida y de experiencia. Así he prolongado la vida y la he llevado por lugares impensables en busca de respuestas y caminos diferentes. Pero, sobre todo, he intentado vivir algo de lo mucho que he aprendido en ese peregrinaje. Lo verdaderamente importante es lo que cada cual hace con sus experiencias de vida. Es todo un proceso, que, para que sea fructífero, hay que pensar, y elegir y decidir en libertad. La vida, en efecto, está para vivirla. Pero, también, para pensarla y darle sentido. ¿Cómo vivir si no se tiene claro lo que se quiere hacer con la propia vida?
La experiencia me dice que, cuando se escucha nuestro inquieto corazón (San Agustín) y no se deja de buscar hasta que se encuentre (Evang. Tomas, 3), o se sigue ‘la ética para ser más humanos’ (Fernando Savater), siempre aparece una recompensación. La vida, entonces, se inunda de satisfacción por la plenitud hallada y se satura de alegría. Tal situación íntima “es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos...” (León XIV, Ángelus, 8.02.26). No importa que, con frecuencia, nos sitúe a contracorriente. Lo que importa es encontrar la razón suprema del existir y testimoniarla con la propia vida.
No se trata de dar con un estado de felicidad absoluta. Es una aspiración irreal en la vida. Por esta razón, Savater propone algo mas humano y realizable. “Lo que podemos alcanzar es la alegría, que es la aceptación de la vida con todo lo que trae”. Entre otras cosas, el dolor, el sufrimiento, las contrariedades, las incertidumbres y las contradicciones. Todo ello forma parte de la existencia humana. Y así hay que aceptarla, encajarla y vivirla.
Es más, la contradicción entre la vida y las convicciones más íntimas suelen aparecer -¿dónde no las hay?-. Pero, no importa. Incluso tales contradicciones pueden ser creativas. Quizás unas palabras de Albert Einstein puedan iluminarte: ”Sólo es digna de ser vivida la vida que se vive para los otros”. ¡Evangelio puro! Originalidad que trajo el cristianismo, que, no lo olvides, no es lo mismo que catolicismo. Encarnación y humanización. Servicio frente a poder (cf. Delgado, La despedida de un traidor, págs. 209-258 y La vida es para humanizar, MD). La dimensión social de la vida. La dimensión del “nosotros
cada vez más grande, a recomponer la familia humana, para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz, asegurando que nadie quede excluido” (Francisco, Disc. 26.09.21).
Desde esta perspectiva, todo, absolutamente todo, incluso el sufrimiento, puede dar sentido a la existencia cotidiana. Todo, en consecuencia, puede convertirse en fuente de alegría. Todos podemos actuar en cada instante una sonrisa, acompañar, consolar, escuchar, ayudar a superar miedos, compartir, apaciguar irritabilidades, rebajar tensiones, ilusionar, responsabilizar, infundir esperanza y confianza, rechazar odios, crear momentos de paz, etc., etcétera. Eso sí, todos estos servicios, por sencillos que aparezcan, hay que trascenderlos, esto es, dirigirlos a alguien de nuestro entorno familiar, de trabajo, de vecindad, de convivencia. “Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente” (León XIV, Ángelus, 8.02.26), pero, como hemos experimentado cuando hemos servido a los demás, hacen que la vida merezca ser vivida. Se trata de ser ‘lo más humanos posible’ (Savater). ¡Cristianismo elemental!
En este mundo tan polarizado, dividido y enfrentado, no hace falta ser seguidor de Jesús para vivir la fraternidad humana. Todos pertenecemos a la gran familia humana, iguales en dignidad. Es responsabilidad de todos y cada uno hacer la convivencia más humana. Es el camino seguro para vivir con alegría.
Gregorio Delgado del Río





