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La vida según Miguel Albaladejo

sábado 04 de mayo de 2019, 04:00h
Madrid. Exterior. Noche. Empiezan a aparecer los títulos de crédito. De fondo escuchamos la preciosa canción de Olga Román «Again». Una toma panorámica aérea nos muestra a un chico joven algo encogido que cruza una calle para intentar hablar con una chica. Parece que ella intenta evitarle, algo inquieta, pero no acabamos de estar del todo seguros de ello. En un gran edificio de oficinas, una empleada de la limpieza está pasando un paño por un cristal, mientras un administrativo aún está sentado en su mesa de trabajo y otro está a punto de irse, quién sabe realmente dónde.

Varios autobuses semivacíos coinciden en una rotonda y en una avenida, momentos antes de empezar a separarse para recorrer cada uno distintas calles de la ciudad. Dos taxistas juegan al ajedrez sobre el capó del vehículo de uno de ellos, hasta que de repente empieza a llover. Ambos se despiden brevemente y se van. La lluvia poco a poco se va intensificando. Una mujer sale de un hotel y toma un taxi, mientras un hombre que caminaba detrás de ella se detiene y observa cómo ese vehículo rápidamente se marcha. Pensamos que ambos habrán tenido tal vez una cita secreta. Quizás no se vuelvan a ver jamás.

Una chica joven espera sola, en una marquesina, a que llegue su autobús. Vemos que tiene frío. Lo tiene también la joven pareja inmigrante que está sentada justo enfrente, igualmente esperando. Un chico se acerca hasta un kiosco para comprar el periódico del día siguiente, que, seguramente, estará ya algo mojado. En la sala de estar de un edificio próximo, un hombre mira la televisión, poco después la apaga y se va a descansar. En las afueras, unos camioneros se disponen a pernoctar en el interior de sus propios vehículos. La cámara nos muestra a continuación la habitación de la casa del protagonista de esta historia. Parece que poco a poco está dejando ya de llover. Terminan los títulos de crédito. Acaba de empezar la extraordinaria «El cielo abierto».

Hay películas que nos enganchan o nos fascinan ya desde el primer fotograma, desde los mismos títulos de crédito, como si intuyéramos que todo lo que va a venir a continuación será, como mínimo, igual de interesante, de sorprendente, de bueno. Así me ocurrió cuando vi por vez primera, hace ya casi veinte años, esta maravillosa película de Miguel Albaladejo. Entre los méritos indudables de «El cielo abierto» está, en primer lugar, un excelente guión del propio realizador y de la gran Elvira Lindo, que también actúa en el filme. Todos los actores del reparto están, además, a un gran nivel. Entre ellos, Sergi López, Mariola Fuentes, María José Alfonso, Emilio Gutiérrez Caba o Geli Albadalejo. Merecen ser destacadas por último también la fotografía de Alfonso Sanz o la música de Lucio Godoy, que ayudan a redondear todo el conjunto del filme.

«El cielo abierto» es una agridulce historia de amor y de desamor, de encuentros y de desencuentros, de personas que a pesar de los problemas que tienen deciden no resignarse, mientras al mismo tiempo buscan un poco de afecto y de felicidad. Si pudiéramos resumir el sentido de esta hermosa película de Albaladejo en una sola frase, diríamos que es sobre todo un canto a la vida. Albaladejo consigue convencernos de que por muy densas y oscuras que puedan parecernos en ocasiones las nubes que divisamos en el horizonte, tras ellas se encuentran casi siempre las estrellas, la luna, el sol, el firmamento. Más pronto o más tarde, casi todos acabamos viendo siempre, a pesar de todo, el cielo abierto.
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