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María del Himalaya

jueves 06 de febrero de 2020, 02:00h

Hace unos días pasó por Baleares María del Himalaya, ex enfermera y fisioterapeuta que experimentó una espectacular conversión en Katmandú, en la capilla de las Misioneras de la Caridad, o sea, las monjas de Santa Teresa de Calcuta (hay que acostumbrarse a llamar así a la Madre Teresa).

Uno de los factores por los que María ha suscitado tanto interés es por su experiencia laboral en un abortorio. Yo la escuché en San Nicolás, llena hasta la bandera, pero invitada por la Asociación Baleares Vida hizo todo un exitoso tour por las islas, en el que María relató su macabro trabajo allí, entre otras cosas. Tienen multitud de videos suyos en internet; véanlos si aún no lo han hecho, porque no podré contarlo aquí ni parecido. Quizás lo más señalado sea cuando en un momento de flaqueza al contemplar un piececito que accidentalmente cayó ante sus ojos, una compañera veterana le dijo: “si quieres seguir trabajando aquí, eso es un coágulo”.

María nos alerta de la ‘cultura de la muerte’ que se va imponiendo en Occidente, hasta el punto de que es fácil cerrar los ojos y ver con naturalidad que se mate a los no nacidos en el vientre de sus madres.

Justo cuando nos van a plantear la ley de eutanasia, veo en este mismo medio que “Holanda aprobará una píldora que ayudará a morir a los mayores de 70 años cansados de vivir”. Con la crisis demográfica que se avecina y que incrementará el número de ancianos hasta extremos difíciles de manejar, entregamos al Estado la facultad de matar legalmente. Como explica Francisco José Contreras en su reciente artículo “¿Es progreso la eutanasia?”, la conocida ‘pendiente resbaladiza’ irá conduciendo gradualmente a la generalización de esta práctica, hasta presionar a quienes no la desean: “Digámoslo sin rodeos: existe un riesgo cierto de que se empuje más o menos sutilmente a la eutanasia a cada vez más viejos”. La alternativa a la eutanasia no es una agonía horrible, sino los cuidados paliativos. Pero claro, son más caros. A esto se une el suicidio convencional, diez al día sólo en España. Pero no interesa demasiado.

Al mismo tiempo, los colegios, incluso muchos supuestamente católicos, aceptan la sexualización de los niños y la ideología de género. Se ponen de perfil, o incluso directamente se suman, ante el bombardeo mediático y social de la banalización y la ubicuidad del sexo como algo puramente físico e instintivo. “Hay que seguir los instintos”, dijo Garcia Ferreras un día, cuando la civilización es precisamente el control de los instintos. Siempre me acuerdo aquí de ciertos amigos luchando con sus tenedores por una escasa ración de croquetas, a las que renuncié por dignidad.

Lo mismo digo sobre el divorcio. Cala la idea de que los niños no deben ser trabas ante el derecho de los mayores a buscar su felicidad en otra pareja. Pero el matrimonio cristiano es otra cosa. Como dijo el Papa Francisco: "Lo que permite a los esposos permanecer unidos en el matrimonio es un amor de donación recíproca sostenido por la gracia de Cristo. Si por el contrario prevalece en los cónyuges el interés individual, su propia satisfacción, entonces su unión no podrá resistir".

Esta dinámica autodestructiva supone el suicidio de la civilización occidental, como prueba el descalabro de la natalidad. Para mantener la población son precisos 2,1 hijos por mujer. En España se sitúa en 1,26.

En fin, no es poca cosa lo que tenemos que afrontar. Pero el mensaje de María, que es el de Cristo, es de confianza. Todo esto está anunciado: “al desbordarse la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos. Pero el que persevere hasta el fin se salvará”. Tolkien lo entendió: toda historia necesita su catástrofe, para terminar felizmente con la eucatástrofe. Y somos parte de la mejor historia, porque tenemos el mejor autor. Todo pareció perdido en la Cruz, pero la cruz es ahora el símbolo de la victoria de Dios, y nuestro camino.

Ojalá surjan muchos más testimonios como el de María, capaces de revolvernos y despertarnos, porque las crisis son crisis de santos, y el mensaje de Cristo es radical: lo pide todo, y lo entrega todo, por amor. Y por amor ahogaremos el mal en abundancia de bien.

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