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Lo que el viento no se llevó

viernes 12 de junio de 2020, 03:00h

La ola de corrección política que nos invade sobrepasa todos los límites de lo racional. La desgraciada muerte de un ciudadano americano en Mineápolis como consecuencia de los excesos policiales tan característicos de los Estados Unidos ha levantado en aquel país y en otros puntos de Occidente una reacción sin precedentes, absolutamente desproporcionada con relación a los hechos, y no porque estos no sean intolerables en cualquier democracia -en las dictaduras están al orden del día-, sino porque precisamente personas fallecidas como consecuencia de abusos policiales y de salvajes sistemas judiciales en todo el mundo se cuentan por miles, de manera que George Floyd es solo uno más de esta lista de víctimas del ensañamiento en nombre de la Ley.

En China, nuestro proveedor de mascarillas y de todo lo demás, cada año se ejecutan por métodos bárbaros -la pena de muerte siempre lo es- a más de mil reos de los 55 tipos penales que allí son sancionados con la pena capital, algunos de ellos delitos de naturaleza económica que en España acarrearían una multa o unos pocos años de prisión.

Irán es el segundo en este escalafón de la iniquidad, con más de 250 ejecuciones anuales, además de otros castigos como lapidaciones y azotes, entre ellos los de personas cuyo único 'crimen' ha sido el de ser homosexuales, prostitutas o, simplemente, el de no seguir el sanguinario y medieval código moral impuesto por la chusma teocrática que los gobierna.

La lista es larga e incluye, cómo no, a los propios Estados Unidos, que todavía cuentan con esta tremenda mácula ética en su sistema legal.

Sin embargo, aún es la hora de que se convoquen manifestaciones y se produzcan altercados en protesta por estos crímenes desgraciadamente más cotidianos. Ante estos abusos y crímenes de estado la progresía bienpensante calla sistemáticamente.

En cambio, la muerte de George Floyd ha provocado protestas y disturbios a lo largo de la geografía estadounidense y en muchas ciudades europeas, por su supuesto componente racista. Y digo supuesto, porque el hecho de que el fallecido fuera un negro -un afroamericano, en el lenguaje p.c.- de Mineápolis y los policías no lo fueran, automáticamente activa el extraño mecanismo social en virtud del cual siempre que la víctima -en este caso, de un abuso policial con resultado de muerte- es una persona de color -utilizando otro eufemismo hoy en desuso-, seguro que el móvil del homicidio ha sido el racismo.

Curiosamente, en este caso dos de los policías involucrados, Tou Thao y Alexander Kueng, son poco encuadrables en el clásico concepto de w.a.s.p. (blanco, anglosajón y protestante) típico del racismo norteamericano. Thao es de etnia hmong, procedente del sudeste asiático, y el apellido Kueng parece provenir de Indonesia. Obviamente, eso ni descarta ni confirma el móvil racista, aunque mucho me temo que la muerte de Floyd fue lo que se llama un delito preterintencional, es decir, el resultado imprevisto y fatal de una detención con un uso excesivo de la fuerza y, probablemente, nada más, por mucho que esto exalte a todos aquellos a quienes les destroce sus teorías acerca de la maldad intrínseca de la sociedad yanqui, especialmente cuando la preside un tipo como Trump.

En Estados Unidos lo políticamente correcto se ha convertido en una religión cargada de dogmas y de prejuicios, y esa tendencia se extiende peligrosamente por toda Europa, salvo por los países eslavos, cuya base moral es muy distinta a la nuestra. Son prejuicios tales como el de que un individuo negro solo puede ser víctima -nunca agente- del racismo. Y lo chocante es que esta premisa es, en sí misma, una despreciable muestra de racismo derivado de la posición de superioridad de quien así piensa, es decir, un razonamiento del tipo "solo los blancos pueden ser racistas, porque lo contrario no tendría sentido". Y donde digo 'negro' coloquen ustedes lo que quieran, lo sustancial es que los racistas solo podemos ser los blancos, y cuanto más, mejor.

Semejante disparate coloca a la inmensa mayoría de los seres humanos del planeta en situación de víctimas potenciales del racismo y a nosotros, la gloriosa raza blanca forjadora de la civilización, como únicos que podemos ejercerlo. Ya me dirán si esta teoría no es la más excelsa muestra de la memez que nos invade.

En semejante clima de idiotez colectiva, HBO anunció que retiraría de su plataforma Lo que el viento se llevó, porque, según la corte de bobos oportunistas que mandan en esta multinacional, en dicha obra maestra del cine se glorifica la esclavitud. Al margen de que esta afirmación es una auténtica majadería, resulta evidente que durante la guerra civil americana hubo dos bandos y en uno de ellos se defendía la licitud de un sistema económico basado en la sumisión y propiedad de unos seres humanos sobre otros, y en el que muchas de las propias víctimas -los esclavos- tenían asumido su rol social -aunque no les gustase, naturalmente-, como era el caso de Mammy, la doncella personal de la caprichosa Scarlett O'Hara, interpretada por la genial Hattie McDaniel. Reflejar con maestría la sociedad sudista de mediados del siglo XIX no significa compartir sus valores.

Hoy, todo aquel sistema nos parece bárbaro -y, obviamente, lo era-, pero hasta el siglo XIX y durante milenios la esclavitud fue percibida como algo de lo más normal. El acueducto de Segovia o las pirámides egipcias fueron con total seguridad construidos por mano de obra esclava. A nadie en su sano juicio se le ocurriría prohibir por ello Los diez mandamientos o Ben Hur.

Tener que aclarar semejante evidencia a los memos que no distinguen entre el pasado y el presente, ni la evolución ética de nuestra especie, resulta muy cansino.

La conclusión es que lo que definitivamente no se llevó el viento fue la estupidez humana.

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