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Lo que va de Sant Llorenç a La Palma

miércoles 29 de septiembre de 2021, 08:19h

Cuesta trabajo medir desgracias. Da reparo comparar el dolor de unos y otros, porque cada quien vive sus tribulaciones de forma personalísima y la naturaleza nos protege del mal ajeno limitando nuestra capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Sanitarios y abogados sabemos bastante de eso. Sin esa coraza -que no es, ni mucho menos, impermeable- no podríamos sobrellevar el padecimiento del prójimo, ínsito a nuestra labor profesional.

Por eso, cuando estamos inmersos en plena zozobra de miles de compatriotas nuestros, que han perdido o temen perder no solo todas sus posesiones terrenales, sino lo que con ellas se esfuma de vivencias y recuerdos familiares, parece poco empático con los palmeros traer a colación aquí la precedente catástrofe sufrida en Mallorca hace tres años.

Pero es justamente lo contrario. Aun cuando lo único que no necesitan los habitantes de La Palma sea desánimo y que nadie les robe la esperanza de recuperarse de esta calamidad, lo cierto es que alguien debe decirles la verdad, especialmente cuando los políticos les mienten repetidamente solo por robarles unos minutos de protagonismo y por aparecer como gestores de un salvamento que siempre llega tarde y mal.

Sant Llorenç sufrió en 2018 un embate de proporciones bíblicas. Y, por desgracia, no solo muchas personas sufrieron enormes daños materiales en su patrimonio -como está sucediendo en La Palma-, sino que hubo de sumarse a este dramático balance la pérdida de 13 -trece- vidas humanas de mujeres, hombres y niños.

Rápidamente, como es el natural de los ciudadanos de este país, surgió lo mejor de cada uno de los españoles, todo el mundo estuvo predispuesto a ayudar, a alojar familias, a limpiar las montañas de lodo y tratar de consolar a las víctimas de la torrentada. Pese a la despersonalización que nos ha traído la modernidad, seguimos siendo un pueblo generoso y con gran sentido de la misericordia.

Pronto aparecieron los políticos de todos los colores, desde Sánchez a Casado, nacionales, autonómicos y locales. Todos prometieron agilizar las ayudas públicas y poner los medios para que nada de esto pudiera volver a suceder. Tres años después, muchas víctimas siguen sin haber recibido ayuda alguna y la burocracia tramita sus solicitudes como quien gestiona una licencia de construcción o de actividad para abrir un negocio: pónganse a la cola, que los medios son escasos y las peticiones muchas. Lo que mejor ha funcionado, como casi siempre, ha sido la administración municipal, la más cercana a las víctimas, la que no puede esconderse tras una pantalla de plasma o encastillarse en La Moncloa o en las redes sociales, a salvo de ciudadanos con memoria.

La foto de Sánchez recorriendo las calles arrasadas por el aluvión torrencial fue portada en todos los medios. Su diligencia para tramitar ayudas quedó, empero, en eso, en una foto para quedar bien, algo en lo que es un verdadero maestro.

La historia se ha repetido en La Palma, y temo que, de nuevo, el postrauma sea parecido.

No pretendo robar la esperanza a los palmeros, sino únicamente advertirles que la capacidad de rehacerse de este duro golpe depende solo de ellos mismos, de su coraje y de su esfuerzo personal. De las promesas de los políticos, lo mejor que pueden hacer es olvidarse o, si acaso, recordarlas solo el día de las elecciones.

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