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Los fascinantes Jorge y Carlos Berlanga

sábado 16 de marzo de 2019, 04:00h

Entre finales de los años setenta y principios de los ochenta, nuestro país fue testigo del nacimiento y desarrollo de un fascinante movimiento cultural esencialmente lúdico y festivo, focalizado en Madrid, que fue conocido popularmente como La Movida. De ese movimiento —nunca mejor dicho— formarían parte destacada Jorge Berlanga (1958-2011) y Carlos Berlanga (1959-2002), hijos del gran Luis García Berlanga. La creatividad y la genialidad del director valenciano, autor de obras maestras como «¡Bienvenido, Míster Marshall!», «Plácido» —mi favorita— o «El verdugo», acabarían teniendo continuidad en Jorge, en el campo del periodismo, y en Carlos, en el ámbito de la música.

Leer en los años ochenta a Jorge Berlanga en «Fotogramas», «La Luna» o «ABC» era un auténtico placer. Jorge era capaz de hablar con idéntico talento y brillantez sobre cine, música, literatura o cómics, pero donde quizás daba lo mejor de sí mismo era en sus artículos y crónicas de carácter más personal. Con esa fina ironía y ese elegante escepticismo tan propio de los Berlanga, creó para muchas de sus columnas un personaje delicioso, un alter ego noctámbulo, solitario, paciente y bienhumorado. Ese alter ego escuchaba con igual atención e interés las regañinas de su asistenta, los consejos sentimentales de sus amigas, las reflexiones filosóficas de su barman de confianza o las confesiones íntimas de las mujeres fatales con las que se topaba ya bien entrada la madrugada en la barra de cualquier bar.

Jorge colaboraría años después con su padre en los guiones de «Todos a la cárcel» y de «París-Tombuctú». Además, fue también columnista de «La Razón», escribió la novela «Un hombre en apuros» y tradujo en nuestro país al escritor norteamericano Charles Bukowski, cuando aún se le consideraba sólo un autor marginal y maldito. El maestro Alfonso Ussía definió a Jorge Berlanga como «victoriano sosegado» en un bellísimo artículo que publicó dedicado a su memoria. «Hoy lloramos su ausencia del mismo modo que ayer celebramos su vida. Buen camino, inglés de Somosaguas. Vientos dulces a tu espalda y mirada hacia las nubes. En ellas te hallarás, cuando menos te lo esperes, con los abrazos de tus admiraciones permanentes. Los de tu padre y Carlos. Y tú los recibirás a tu manera, al modo victoriano, con afable y elegante distancia», escribió Ussía.

Por su parte, Carlos Berlanga brilló especialmente como compositor y como cantante, primero con diversos grupos, como Kaka de Luxe, Alaska y los Pegamoides o Alaska y Dinarama, y luego ya en solitario. Además, compaginaría su trabajo en la música con las artes gráficas y el diseño. Carlos y el también músico Nacho Canut crearon juntos un buen número de canciones que ya forman parte de lo mejor de la historia del pop español, como «Horror en el hipermercado», «Bailando», «Cómo pudiste hacerme esto a mí», «Ni tú ni nadie», «La funcionaria asesina» o «A quién le importa». A ritmo de bolero, de punk, de glam rock o de tecno, Carlos y Nacho nos fascinaban con sus divertidas canciones de amor y de desamor, o con sus surrealistas letras sobre las «costumbres» de los jóvenes de los años ochenta.

Mirando ahora hacia atrás, podríamos afirmar que quizás el momento de mayor reconocimiento para Carlos coincidió con la publicación del álbum de Alaska y Dinarama «Deseo carnal», que 35 años después de su grabación sigue siendo todavía hoy un hito de la música popular española. Ese mítico álbum tenía ya algo de irónica y surrealista transgresión berlanguiana desde su mismo título, y también por su icónica portada, con una fotografía de Alaska abrazando a un hombre completamente desnudo. Algo parecido había ocurrido previamente con el disco de Alaska y los Pegamoides titulado «Grandes éxitos», a pesar de ser el primer y único álbum de estudio que grabó dicha banda. Carlos ya había dado muestras de que no iba a ser un compositor al uso desde muy joven, cuando compuso el tema «Bote de Colón», cuyo gracioso estribillo repetía una y otra vez «quiero ser un bote de Colón/ y salir anunciado por la televisión». De nuevo, el inconfundible y familiar «toque» Berlanga.

Ese toque fue muy bien definido por Jorge Berlanga en un hermoso artículo dedicado a la memoria de su padre y de su hermano Carlos, en el que se preguntó qué suponía ser un Berlanga. «¿Ser insatisfecho, ser incómodo, ser mal español, ser un bicho raro, ser un señorito respondón, ser un proscrito?», inquiría Jorge. Entre las varias respuestas que él mismo dio, la más certera posiblemente sería que ser un Berlanga supone «encontrar las virtudes de la víctima, y reconocer el placer del dolor bien entendido, el universo perturbador del erotismo, entrañarse en el misterio insondable del ser amado, romper con las normas». Nosotros podríamos añadir que ser un Berlanga supone también ser elegante e inadvertidamente seductor, amable y educado en el trato, alegre con un punto melancólico o melancólico con un punto alegre, generoso a la hora de apoyar a la gente que empieza, portador de una aureola levemente británica y, por supuesto, fetichista de los tacones de aguja y admirador sin límites del extinto Imperio austrohúngaro.

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