A veces, un escritor nos gana ya para siempre como lectores no sólo por la calidad o por el valor de sus obras, sino también por pequeños detalles, como puedan ser el título que ha dado a un libro suyo o el contenido exacto de una dedicatoria concreta.
Así me ocurrió a mí hace ya algunos años con el gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer, cuando conocí la intrahistoria de la única compilación que llegó a preparar en vida.
Como seguramente muchos de ustedes ya sabrán, en 1868 Bécquer recibió un regalo muy especial de uno de sus mejores amigos, un tomo de contabilidad comercial de seiscientas páginas, para que fuera escribiendo en él todas sus obras literarias a partir de entonces.
Y en ese volumen pensado originariamente sólo para anotar sumas y restas, asientos y balances, pérdidas y ganancias, escribiría este admirado autor romántico varios textos, en concreto, la denominada 'Introducción sinfónica', el ensayo inconcluso 'La mujer de piedra' y setenta y nueve rimas, precedidas del epígrafe 'Poesías que recuerdo del libro perdido'. Con dicho epígrafe se refería Bécquer a un primer manuscrito poético que él mismo había redactado en otro espacio y que se había perdido poco antes de que llegase a ser publicado en forma de libro, tras la Revolución de 1868.
Con el tiempo, aquel grueso tomo de contabilidad comercial acabaría formando parte de la historia de nuestra literatura, tanto por su título como por su contenido y por los avatares que sufrió. Su precioso y enigmático título era Libro de los gorriones, que fue anotado por el propio poeta en la portada del citado volumen, al igual que su curioso subtítulo: Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes, que se concluirán o no según sople el viento.
Nuestro querido poeta no llegó a explicar nunca por qué se decantó por ese título, aunque tal vez influyó en su decisión el hecho de que los gorriones sean unos pájaros que siempre nos acaban alegrando o emocionando con su canto dulce, por muy tristes o melancólicos que nos podamos encontrar en un momento determinado.
Bécquer moriría dos años después de la puesta en marcha de ese proyecto, el 22 de diciembre de 1870, con apenas 34 años de edad, sin que el presumiblemente inacabado Libro de los gorriones hubiera visto la luz. Los únicos textos que llegaría a publicar en vida fueron diversas leyendas, la narración epistolar Desde mi celda y una docena de sus rimas en varios periódicos de la época.
Unos meses después de su fallecimiento, sus amigos Narciso Campillo y Augusto Ferrán editaron por vez primera el conjunto de las rimas de Bécquer, tomando como base las que aparecían en el Libro de los gorriones, aunque al parecer introduciendo algunos cambios, según han venido apuntando diversos especialistas becquerianos en estas últimas décadas.
Para intentar apuntalar sus tesis, dichos especialistas han podido acceder al manuscrito originario del Libro de los gorriones, que se encuentra hoy en la Biblioteca Nacional y que durante un tiempo se creyó perdido para siempre.
El citado manuscrito fue adquirido en 1896 por la Biblioteca Nacional, que se lo compró a doña Consuelo B. de Ortiz por veinticinco pesetas, una cantidad que no sabría decirles ahora mismo si era más bien escasa o, en cambio, una auténtica fortuna.
Pese a la citada adquisición, habría que esperar todavía hasta 1914 para que este manuscrito fuera definitivamente rescatado del olvido, gracias al estudioso alemán Franz Schneider, que lo encontró en una visita que hizo a ese organismo autónomo hoy dependiente del Ministerio de Cultura de nuestro país.
Todas estas circunstancias las descubrí hace relativamente poco, ya de adulto, pues durante mi infancia fui uno de los miles de escolares españoles que inicialmente conocieron a Bécquer gracias al más o menos canónico libro recopilatorio Rimas y Leyendas. La lectura de este libro fue esencial para que, siendo todavía yo un niño, naciera mi amor incondicional por Bécquer, un amor que aún hoy perdura tan firme y apasionado como entonces.
Y si ese amor todavía perdura ahora es porque creo que Bécquer es uno de esos poetas que, como los gorriones por él tan queridos, siempre nos acaban emocionando con su evocador canto, por muy desesperanzados que puedan ser a veces sus versos, o por muy tristes o melancólicos que nos podamos encontrar al contemplar nuestro presente, avizorar nuestro futuro o recordar nuestro pasado.





