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Los niños no son de los padres, también según el KKK

Por Pep Ignasi Aguiló
martes 06 de abril de 2021, 03:00h

Hace cien años, en el estado norteamericano de Oregón se promovió una ley que finalmente se aprobó el 7 de noviembre de 1922 por la cual se proscribían las escuelas privadas y se obligaba a todos los niños a asistir a escuelas públicas. Sus impulsores lo celebraron considerando que, al fin, los niños serían educados exclusivamente bajo el mismo uniforme patrón dictado por las autoridades públicas.

Entonces, cómo también está sucediendo aquí, la Constitución se convirtió en la gran salvaguardia de libertad. La corte suprema de los Estados Unidos el 1 de julio de 1925 declaró explícitamente que “el niño no es una mera criatura del Estado” añadiendo que la ley de Oregón se hallaba en oposición a la “fundamental teoría de la libertad sobre la cual se basan todos los gobiernos de esta Unión”.

Es importante recordar que en la década de 1920 el Ku klux Klan era especialmente poderoso en los estados del norte, y una de sus máximas aspiraciones era acabar con el sistema de escuelas parroquiales católico, con el objetivo declarado de obligar a los hijos de los inmigrantes a recibir una educación en la que les inculcaron el neo-protestantismo que, los seguidores del Klan, consideraban la base de la americanización auténtica. Por supuesto, utilizando torticeramente expresiones del neolenguaje, justificaban su despótica pretensión como una forma de “preservar las instituciones libres” propias del país.

Esta poco conocida historia, que ahora a los españoles no nos parece tan lejana, brinda dos importantes aprendizajes. El primero es que los enemigos de libertad siempre sueñan con el control completo del sistema educativo para poder hacerse, de esta forma, con el control de las mentes de las personas. Es por eso mismo que vale la pena estar vigilantes ante los que, con trampas del lenguaje, utilizan el argumento de la propia libertad para eliminarla, en aras de acumular poder. Mientras que la segunda gran lección gira en torno al gran valor que tiene la Constitución como muro de contención en la preservación de los derechos de todos y cada uno de nosotros.

El proceso que se vivió en Oregón, efectivamente, nos resulta familiar. Pues comienza con la construcción de un discurso que intenta dividir a la sociedad, o bien en función de su origen o su lengua, tal como hacen aquí los nacionalistas, o bien mediante un supuesto antagonismo irreconciliable entre las clases sociales populares sometidas y las oligarcas malignas. Todo ello con la idea de crear el ambiente necesario para facilitar el acceso a los puestos de mando, y poder, de aquellos que utilizan la estrategia de identificar a un enemigo para aglutinar a suficientes mayorías. Una forma de actuar que denominamos con el confuso nombre de “populismo”.

Y es que ciertamente, el populismo llegó a España de la mano de los nacionalistas para alcanzar un poder casi inamovible en algunas comunidades autónomas. Ahora, se extiende al conjunto de la nación replicando la misma senda que lo intenta impregnar todo del tufillo de la confrontación. Teniendo en el punto de mira, en primer lugar, la individualidad y la diversidad de pensamiento, pero también a la familia e incluso al amor romántico. Para lo que intentan el fomento una especie de culto al poder que convierte a la oposición discrepante en disidente.

Cuando esto sucede la Constitución se convierte en el único muro de contención capaz de frenar las pretensiones de poder ilimitado a la que siempre aspiran los populistas. Por ello, si queremos evitar que los niños sean del Estado tal como deseaba hace un siglo el KKK, y ahora la ministra Celaá, debemos reforzar, más si cabe, nuestra Constitución.

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