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La vida en un milisegundo

viernes 03 de abril de 2020, 08:39h

Els escritor y médico alemán Karl Aloys Schenzinger, relegado en la posguerra por el bando vencedor por haber puesto su pluma al servicio del NSDAP durante el régimen nazi, es autor, en su obra Atom, de 1950, de unas líneas que memoricé de adolescente por la honda impresión que me causaron. Schenzinger describía magistralmente el momento en el que el Enola Gay lanzaba sobre Hiroshima la primera bomba atómica y lo que ello significaba para la humanidad, y lo hacía de esta forma: “Un relámpago. Una luz deslumbradora, penetrante, que llena todo el cielo, quemando los ojos. El sol no es más que un opaco disco de cartón gris. El infierno abre sus fauces… y traga toda una Era que va desde Sócrates a Gandhi, en la diezmillonésima parte de un segundo”.

Varias generaciones hemos vivido cinco o seis décadas pendientes de que algún dirigente descerebrado de una potencia atómica apretase el botón fatal que nos abocara como especie a la extinción o, en el mejor de los casos, nos sumiera confinados durante años en búnkeres subterráneos de hormigón, sin poder ver la luz del sol y comiendo alimentos enlatados. Hemos estado a punto de ello en más ocasiones de las que seguramente conozcamos. La disuasión, sin embargo, ha evitado hasta el momento esta catástrofe, que solo nos resulta imaginable hoy si pensamos en la obra póstuma de un terrorista suicida, probablemente sin respuesta.

Casi en el mismo lapso de tiempo en que la masa crítica de Uranio 235 inició la reacción en cadena que culminó en aquella terrible explosión nuclear el 6 de agostos de 1945, alrededor del pasado 7 de noviembre, el virus que portaba un animal salvaje que consumió un ciudadano chino de la provincia Hubei, se expandió por su organismo y, con él, comenzó todo.

Un milisegundo, quizás menos.

La historia de las especies está trufada de estos acontecimientos catastróficos, y nosotros apenas llevamos unos pocos cientos de miles de años sobre el planeta. Es muy probable que salgamos de ésta y que el coronavirus, pese a causar mucho dolor y provocar una crisis económica sin precedentes, no consiga quitarnos de en medio. Pero lo cierto es que ya nada volverá a ser igual. Le hemos visto las orejas al lobo y el lado siniestro de algo tan inevitable como la globalización. A lo largo de los siglos habrán sido centenares de veces las que un virus potencialmente mortal ha saltado de otras especies a la nuestra, pero la falta de contacto usual de unos grupos humanos con otros limitó sus efectos a algo local hasta 1918 con la mal llamada gripe española, con el precedente, eso sí, de la peste negra de 1348 que exterminó el 60% de la población europea. Cuando, en 1820, la peste bubónica se extendió por el Llevant de Mallorca, su potencia destructiva hubiera podido asolar la isla entera y, sin embargo, una intuitiva reclusión de la población frente a un enemigo desconocido -la bacteria causante, Yersinia pestis, no fue identificada hasta 1894- fue suficiente para acotar y aislar la zona de contagio. No había aviones ni carreteras y en Mallorca todavía había gente del interior que no había visto jamás la costa. Hoy tenemos antibióticos eficientes contra casi todos los patógenos de origen bacteriano y, por tanto, el enemigo es casi exclusivamente alguno de la interminable lista de virus con los que convivimos todos los seres vivos.

Nuestra existencia pende, pues, de sucesos azarosos e incontrolables. Podemos desarrollar vacunas y prever mutaciones dentro de un cierto rango de posibilidades, pero no somos invulnerables, ni mucho menos. Este confinamiento nos está dando la oportunidad de olvidarnos por un tiempo de todo lo banal, centrarnos en lo esencial -la familia, los amigos- y tomar conciencia de que somos solo un capricho del destino sin la más mínima importancia en la inmensidad del cosmos.

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