Las cifras de visitantes que llegan cada día al aeropuerto de Palma indican que esta temporada turística sigue el patrón de años anteriores. A simple vista, podría parecer que el sector vive uno de sus mejores momentos. Sin embargo, la realidad que describen quienes están al frente de los negocios de restauración invita a una reflexión mucho más profunda. La afluencia de turistas ya no garantiza la rentabilidad de bares y restaurantes.
El diagnóstico que realiza el presidente de Restauración CAEB, Juan Miguel Ferrer, advierte que no faltan turistas; lo que falta es capacidad de gasto. El fuerte encarecimiento de los vuelos y del alojamiento ha dejado a muchos visitantes con un presupuesto muy ajustado para el resto de sus vacaciones. Una vez cubiertos los grandes desembolsos del viaje, la restauración se convierte en una de las partidas donde resulta más sencillo recortar.
El resultado es un cambio evidente en los hábitos de consumo. Se reducen las comidas en restaurantes, aumenta la compra en supermercados, proliferan las opciones de comida rápida y muchos viajeros optan por cocinar en los apartamentos turísticos. El visitante sigue llegando, pero consume menos y busca alternativas más económicas. La imagen de destinos abarrotados convive así con establecimientos que no alcanzan la facturación necesaria para sostener unos costes cada vez más elevados.
Baleares nunca había recibido tantos visitantes y, sin embargo, una parte importante de la oferta complementaria atraviesa crecientes dificultades
Baleares nunca había recibido tantos visitantes y, sin embargo, una parte importante de la oferta complementaria atraviesa crecientes dificultades. No basta con contabilizar turistas; hay que analizar cómo viajan, cuánto gastan y dónde lo hacen. Un destino que basa su competitividad únicamente en incrementar el volumen de visitantes acaba atrapado en una espiral de masificación con un rendimiento económico cada vez menor.
Mallorca necesita apostar por un turismo capaz de generar valor añadido, no solo cifras récord de llegadas. Si el viajero destina casi todo su presupuesto al avión y al alojamiento, quienes ofrecen gastronomía, comercio o actividades de ocio seguirán viendo cómo sus cajas registradoras cuentan una historia muy distinta a la que reflejan las estadísticas de visitantes. La calidad del destino también se mide por la capacidad de su tejido empresarial para prosperar, y esa ecuación empieza a mostrar preocupantes signos de desequilibrio.
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