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Miguel Reche o los puntos cardinales de los colores
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Miguel Reche o los puntos cardinales de los colores

En la aldea Fuente Grande de Vélez Rubio, Almería, el matrimonio compuesto por Miguel Reche y Juana Carrillo, agricultores de profesión, tuvieron tres hijos, María, Jaime y su gemelo Miguel que falleció. Diez años después en 1948 llegaría otro hijo al que de nuevo nombrarían Miguel, nuestro protagonista.
Miguel Reche o los puntos cardinales de los colores
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Al rememorar aquel tiempo aparecen recuerdos de cuando contaba tan solo tres años y de manera innata, mucho antes de aprender a leer, ya dibujaba animales, árboles, caminos que brotaban de la inconsciencia…

En casa teníamos animales domésticos y de granja, convivíamos con ellos, algunos eran parte de la familia, y otros, parte del oficio. En aquella aldea mi vida era intensa. Cierro los ojos y puedo oler aquella tierra, el tomillo, el romero. Nunca he olvidado cuando venían los temporeros que contrataban mis padres para la siega, aquel ambiente me impregnó.

El aroma del pan recién hecho por mi madre que aguantaba una semana entera. En mi memoria me veo caminando por la montaña, absorbiendo una naturaleza ahora lejana.

Mi casa estaba junto a la carretera nacional y allí cerca mi tío abuelo había tenido una caseta: Venta del Carrillo, un pequeño bar de carretera.

Mucha gente se paraba para hacer fotos. En cierta ocasión aparcaron un coche del que bajó un señor, sacó un caballete, montó una tela y se puso a pintar. Yo tenía cinco años y eso me fascinó. Ver como la tela en blanco iba convirtiéndose en paisaje. Es una escena imborrable. A partir de aquel día yo quería solo pintar como aquel desconocido.

En cuestiones de educación escolar, hasta los seis años venía el maestro a casa, a los siete nos escolarizaron a todos los niños. Para ir a clase debía recorrer 2,5 km en ir y 2,5 km en volver andando con otros dos niños de cortijos cercanos. Todo lo que ocurría era motivo de juego, viento, lluvia, aventuras, las serpientes las cogíamos de la cola les dábamos vueltas hasta marearlas, luego las poníamos en el suelo y parecía que se arrastraban borrachas. Eran cosas de niños, ahora me arrepiento.

Disfrutaba de asistir a las clases de dibujo que nos daban un día a la semana. Las esperaba con ansia.

Para sus padres aquel oficio apenas productivo, se hacía cada día más duro y más viendo que a ninguno de sus hijos les satisfacían las tareas del campo. Fue entonces cuando dejaron su hogar y pusieron rumbo a Badalona. De esa ciudad les llegaban noticias de familiares y amigos que se habían instalado con interesantes condiciones de trabajo.

Casi al comenzar en el nuevo colegio, los profesores ya convocaron a su madre para comunicarle que su hijo sobresalía en dibujo.

Le aconsejaron que en casa me apoyasen y mi madre aunque disponían de escasos recursos, me inscribió en las clases de una profesora de dibujo. Al cumplir los doce años, esa profesora y Angelina Rosado me alentaron a no dejar aquella afición. Me pasaba horas y horas dibujando y practicando, incluso después del horario de clases.

Por medio de un familiar, le mostraron mis dibujos al propietario de un museo en el que en las excavaciones encontraron restos de una ciudad antigua, una cripta y un cementerio de origen romano. Comenzaron a surgir vajillas, cerámicas y cientos de objetos de valor. Era el Museo Municipal de Badalona, en el cual se creó un espacio para un centro cultural donde se daban conferencias de arqueología y en donde con trece años hice mi primera exposición.

A los 15 años, se matricula en la Escola Superior d’Arts i oficis de Barcelona “Llotja” por espacio de cinco años, al tiempo que para pagarse los estudios aceptó una oferta de empleo como delineante de la marca MOBBA, empresa multinacional especializada en básculas, sin dejar su vínculo con las actividades culturales del Museo de Badalona que se inauguró en 1966, donde una exposición permanente daba cuenta de la prehistoria, de la edad de hierro y de la cultura ibérica. Una ciudad subterránea que descubre la Baetulo romana y un sinfín de materiales arqueológicos.

Se creó una asociación cultural juvenil y hacíamos visitas a otros museos y campañas benéficas. Yo hacía dibujos y los vendíamos con fines solidarios. También participé en algunas sesiones de teatro. De esa asociación salió el actor Joaquín Kremel y el ya fallecido Andreu Solsona que fue miembro de Els Joglars. Eran tiempos de efervescencia cultural en los que me integré en la sección de Bellas Artes y a los 17 años me nombraron presidente de la asociación.

A los 21 años le llaman a filas y su destino es Jaca.

Era aficionado al esquí y me mandaron a la escuela Militar de Jaca y me apunté voluntario a la sección de esquiadores y escaladores. Luego me mandaron a Candanchú y allí aprendí a perfeccionar la técnica del esquí. Quedó a un lado tanta instrucción, pero nos encomendaban otras misiones como ordenar filas de cien soldados para aplanar la nieve, con el fin de evitar riesgos a los turistas que iban a esquiar a esa zona.

Al saber de su virtud le pidieron que pintase un mural y luego otro, en la cocina, en la cantina, en el comedor, en los exteriores, todo con pintura industrial. El propietario del Hotel Tobazo de Candanchú, se enteró y le encargó pintar algunas zonas del hotel y así vinieron numerosos encargos, incluso de compañeros que le pedían retratos de familiares.

Eso me ayudó a tener claro a que debería dedicarme cuando acabase el servicio militar. Mis padres no estaban de acuerdo porque veían un futuro incierto en esa idea y por otra parte tenía la seguridad en MOBBA. Mi decisión ya estaba tomada.

Conocí a un acuarelista y a su hijo con los que entablé una notable amistad. Roberto Segura, dibujante de historietas de tebeos y comics, creador de Rigoberto Picaporte y otros personajes, con ellos marché a su casa de Ibiza en una época en la que la isla era otro mundo.

Aquel contraste de las casas blancas, impolutas, las payesas vestidas de negro y los hippies. Me dediqué a hacer retratos y pude sobrevivir con holgura. Usaba un espacio en el interior de un restaurante ambientado con música en directo. Pude comprarme un Citroën 2 CV y disponer de dinero para hacer lo que me apetecía, viajar, visitar museos y exponer. Recorrí parte de Europa, aprendí mucho sobre Van Gogh, fui a El Tirol a esquiar y expuse en diversas ciudades.

En su primer viaje a Holanda le robaron la documentación y el dinero y no le quedó otra que ingeniármelas para vivir. ¿Cómo superó esa adversidad?

Es una vivencia significativa en mi carrera. Había aparcado frente a una entidad bancaría para hacer una gestión. Al regresar al coche habían sustraído la bolsa donde guardaba la documentación y el dinero. Consciente de mi situación se me ocurrió convencer al propietario de unos grandes almacenes para que me cediera un espacio y poder pintar retratos de los clientes. Tuve la fortuna de que el Sr. Dresmann conocía Mallorca e Ibiza y sabía de esa costumbre y sé que percibió mi necesidad.

Lo que iba a ser para quince días se convirtió en tres meses y además me consiguieron permiso de trabajo. Durante los cuatro años posteriores iba a Holanda y me quedaba dos meses dedicándome a dibujar rostros y figuras de clientes de aquellos almacenes. Esos ingresos me permitían seguir viajando por Inglaterra, Alemania, Italia, Luxemburgo donde en 1976 expuse en la prestigiosa Galería Bradtke.

Del 75 al 85 además de sus muestras, en Barcelona en la Galería Majestic, Mallorca, Ibiza, expuso cada año en El Tirol, Austria.

En 1986 residió temporalmente en Toronto y en Nueva York.

Expone en San Francisco y después viaja a Francia con una amiga y allí se entera de la noticia de la inminente caída del Muro de Berlín.

Salí precipitadamente para Alemania. Eran los primeros días de noviembre de 1989. Me dirigí al muro y había gente con herramientas en la mano y picando y yo quise hacer lo mismo y compré martillo y escarpa. Estaba concentrado con aquella cuadrilla de albañiles improvisados cuando me tocaron en la espalda y era un policía reprimiendo mi actitud. Otros policías detrás de él y los policías (Volkspolizei) de la Alemania del Este subidos en el muro contemplando la escena. Los que picaban a mi lado se habían esfumado y yo sin enterarme. Me confiscaron las herramientas y de no ser por unos amigos que hablaban perfectamente alemán me hubieran detenido. Convencieron a los policías de que era un artista español y que políticamente no reivindicaba nada.

Al cabo de unos días decenas de personas golpeaban de nuevo el muro

y en los pocos minutos que tarde en comprar de nuevo martillo y escarpa y regresar, ya eran cientos y luego miles. Una gran fiesta en las calles colapsadas por la cantidad de coches del este, los “Trabant”.

Era el día de romper a reír y a llorar de emoción.

El 9 de noviembre de 1989 fue derribado el Muro de Berlín conocido en occidente como “el Muro de la vergüenza”. Durante 30 años dividió Berlín, Alemania y consecuentemente Europa. Aquel acontecimiento provocaría el final de la Guerra Fría y de la Unión Soviética.

Miguel realizaría numerosos trabajos sobre ese hecho histórico.

En 1995 y 1996 vivió en Canarias, expuso y conoció todas las islas.

En 2006 expone en el Museo Diocesano de Barcelona en una colectiva en la que se presentaba el libro; Encuentro con el Arte Actual V, una selección de 80 artistas plásticos españoles, con Antoni Tapies, José María Subirachs, Felix Revello de Toro, Martínez Lozano, Martí Bofarull.

En 2011 Palacio Miramar de Sitges. Presentación de la nueva edición del libro; “Encuentro con el arte actual”. Tuvo el honor de verse junto a Miguel Barceló, Modest Cuixart, Salvador Dalí, Eduardo Chillida, Antonio López, Jorge Oteiza, Eduardo Naranjo, Rafel Canogar, entre otros.

En los últimos años, su vida ha transcurrido como él soñó, creando y exponiendo. Galería Mayte Muñoz y Galería Mar, en Barcelona, la Galería Argar en Almería, Galería Toisón en Madrid y una larga lista.

¿Qué siente cuando está pintando?

Es algo muy profundo. Siento que fluye mi sinceridad al plasmarse sobre la tela, con un lenguaje simple. Me agrada pintar en abstracto también. No he parado de practicar durante el confinamiento.

Me siguen cautivando las mezclas y el contraste de colores. Me especialice en la pintura figurativa, me atrae la figuración personal. Pintar ha sido prioritario en mi vida y sigo con la ilusión de cuando era un niño.

Admirador de Van Gogh, se ha leído las cartas que este remitió a su hermano. No puede obviar hablar del perfeccionismo de Velázquez, de Cézanne, Renau, Zorn, Chagall, y del respeto por Antonio López y aunque en las Antípodas, se deleita con el neo-expresionismo de Miguel Barceló.

Hay lugares en los que ha percibido connotaciones mágicas. Pintando los paisajes de tonos amarillos y rojos en los otoños de Canadá, el esplendor del País Vasco y de Cataluña y el atractivo de Cala Figuera, donde cultiva su veneración por el mar y su amistad con los pescadores de la zona.

Tengo especial cariño por esas gentes con las que comparto sus vivencias de horas en el mar, siempre pendientes de la meteorología, viento, lluvia, sol, son determinantes en su quehacer. En muchas ocasiones el Restaurante La Marina es testigo de tantas meditaciones.

En su casa de Inca, abundan recortes de periódico, apuntes, cuadernos de viaje, revistas, catálogos y entre ellos guarda como un tesoro un poemario del escritor Juan Bautista Bertrán. Un texto que para Miguel es la mejor definición que se ha hecho jamás de su filosofía pictórica:

Tu color, que trasmina y se introduce

en la íntima esencia de las cosas,

es quien las estructura y las transfigura

con perfiles seguros e irreales

y les arranca el alma para dárnosla…

Estas poéticas contemplaciones manifiestan como se sumerge el artista en el interior de la luz. Como capta las radiaciones, las pasa a sustancias y las convierte en sus propios colores.

Miguel Reche o los puntos cardinales de los colores
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