La noche cae sobre Palma y en un piso del centro suenan dos golpes secos. Dentro, varias mujeres trabajan ofreciendo servicios sexuales. Nada fuera de lo habitual…hasta que aparece él: un hombre español, de mediana edad, con un look de motero salido de Sons of Anarchy. La mujer que abre la puerta lo recibe como a cualquier cliente. Lo que ocurre después nadie en la habitación lo había visto venir.
El recién llegado pasa de cliente a matón en cuestión de minutos. Se presenta como miembro de una peligrosa banda motera y exige 30.000 euros “si no quieren que les suceda nada malo”. Un argumento que, en otras circunstancias, podría sonar a guion barato de serie B. Pero allí nadie tenía margen para la ironía: el miedo era real.
Según ha informado la Policía Nacional, el detenido llegó al inmueble como un cliente más. Tras contratar servicios sexuales, cambió de registro y soltó el discurso intimidatorio: “el piso no tiene permiso del jefe”, “toca pagar una tasa de 30.000 euros para seguir trabajando sin problemas”. Una de las mujeres explicó que incluso les ordenó entregarle su documentación “al día siguiente”, un gesto —nada sutil— para dejar claro quién mandaba. Creyó firmemente que volvería para cobrar el supuesto canon.
Otra de las trabajadoras corroboró el relato. El hombre habría pasado varias horas en el piso, negándose a pagar y tornándose agresivo. Después desplegó la misma historia de moteros, amenazas y peajes criminales, llegando a exigirles los pasaportes para mantenerlas “localizadas”. Una escena que, más que intimidación, buscaba directamente someterlas.
Cuando la Unidad Contra las Redes de Inmigración y Falsificación de Documentos (UCRIF) tuvo noticia del episodio, activó el protocolo. Los agentes del Grupo I identificaron y localizaron al individuo, que fue detenido el miércoles como presunto autor de un delito de extorsión. La amenaza de “volver para cobrar” no llegó a materializarse. La policía llegó antes.







