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Navidad (otra vez)

miércoles 25 de diciembre de 2019, 19:02h
Efectivamente: ya vuelve a ser Navidad. Esto no hay quien lo haga desaparecer ni con agua caliente. Un año tras otro, ininterrumpidamente, se sucede este encadenamiento de fiestas bautizadas, con un tópico subido, como “entrañables”. La sociedad (básicamente, la occidental) celebra durante estas fechas iniciales del solsticio de invierno un conglomerado de eventos surgidos de la más estricta tradición religiosa basada en las raíces profundas de los Evangelios. El cristianismo ha servido de base para configurar determinados pasajes de las Sagradas Escrituras.

En los tiempos cada vez más actuales, las fiestas navideñas se rigen, principalmente, por los códigos globalizadores que señalan el consumismo como eje principal del comportamiento invasivo del capitalismo más feroz y descarado. En épocas previas a la tecnocracia el sentimiento humano se acercaba más al primitivismo que recogía mejor las esencias primeras de aquello que nació de una sencillez aclaparadora; de lo que, en un principio, fue estrictamente fundamental y, por lo tanto, elemental, ingenuo y evidente. Se trataba, sí, de períodos oscuros y tenebrosos en los que la religión se infundía a través del miedo y del temor de Dios con el sobre fondo, sí, también, del pavor a la muerte y, sobre todo, al más allá. Poca ciencia, miseria y acatamiento divino o, como mínimo, a la jerarquía -siempre humana y demasiado habitualmente perversa- religiosa.

"Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, tal como reza una frase de la inconmensurable zarzuela “La Verbena de la Paloma”. Y con el avance tecnológico (y científico) imparables, aparece el descrédito, o sea, la falta de creencia y de fe entre la humanidad y, como consecuencia, un ateísmo de tomo y lomo. Un ateísmo que rinde honores al materialismo puro y duro. Y convencional. Practicar la virtud de la fe es, hoy en día -a parte de complicado y molesto- innecesario, fútil. Por otro lado -y a beneficio de inventario- soy de los que piensa (no me atrevo a decir “creo”) que “la fe mueve montañas”. Con la fe pasa como con las ilusiones: quizás no sirvan de nada pero ayudan...

Mossèn Lluís Bonet, rector de la parroquia de la Sagrada Familia de Barcelona, hoy territorio japonés (sacerdote prejubilado por auténtico y molesto, a juicio de la clerecía episcopal con lejano furor vaticano) me declaraba cristiano con la “fe del carbonero”. Es decir, soy persona que no practica; que no sabe, todavía, si cree en Dios o no; que no ejerce el cristianismo a pies juntillas; que no ostenta su sentimiento religioso de manera vivencial... pero, en cambio, retengo una parte sustancial de la doctrina que, en su día, me mostraron algunos sacerdotes que, sin duda, eran buenas personas, honradas y decentes. No fui sometido, jamás, a un credo que socavara mis iniciales raíces liberales. En mi escuela, la religión era una asignatura, mis profesores fueron, todos, laicos y nadie intentó secuestrarme ideológicamente y, menos aun, desde el punto de vista religioso.

Doy gracias por la libertad que conformó mi educación.

Por todos estos motivos, mi “Navidad”, mi particular visión de estas fechas contiene, todavía, aquella llama de ilusión por lo sencillo, por el calor humano y familiar, por la simplicidad de sus orígenes y por la calidez de un corazón que late más que físicamente.

Bien. No me parecen mal las lucecitas, los regalos, los arbolitos, los pesebres y toda la mandanga suplementaria y ornamental, aunque me gusta conservar, infantilmente, el recuerdo de los ausentes y la enjundia de lo que, algún día, fue el inició de una tradición que -a tientas- sigue “funcionando”.

¡Feliz Navidad, amables lectores!
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