Si usted se encuentra entre el millón de personas, aproximado, que asistirán en directo a alguno de los 42 conciertos que Rosalía va a ofrecer durante su gira Lux Tour 2026, no sigan leyendo esta columna. Claro que también deberían abstenerse de cualquier contacto con las redes sociales, plagadas de grabaciones con pedazos de la actuación de la cantante española. Les cuento esto para que se pongan en situación. Mi idea no es hacer un spoiler, ni destrozarle a nadie la experiencia, sino explicar lo que yo sentí el lunes por la noche, en el LDCD Arena de Lyon, durante el primer concierto de la gira. Sin referencias previas, ni videos circulando por Instagram, ni comentarios en TikTok.
Empiezo por el principio, que en realidad es el final. A uno se le empañó la visión del escenario con la primera canción del repertorio, y acabó la quinta, el aria Mio Cristo Piange Diamanti, con los ojos arrasados en lagrimas. Qué le vamos a hacer, será la edad, que nos ablanda, o el talento descomunal de una artista que durante esa primera parte se mostró como una muñeca, inmóvil, en puntas sobre sus zapatillas de bailarina, con su tutú y un rizo rebelde sobre su frente. Apenas un par de pasos de ballet clásico en veinte minutos de actuación. El mensaje era claro: «No necesito más. Puedo hacerlo sólo con mi voz, y con el corazón».
En directo, los agudos de Rosalía provocan una sensación difícil de describir. Son como púas masajeando el alma en su justa intensidad. Ni demasiado suaves para hacer cosquillas, ni demasiado fuertes para herir. Puro placer en un espectáculo de carácter operístico. Porque aquello era como asistir a una ópera, con la orquesta ubicada en el centro del recinto afinando los instrumentos antes del comienzo, y, después, un despliegue de artes escénicas, una miscelánea de música, danza, canto y teatro.
La gracia de todo esto es alcanzar ese éxtasis fuera de la Scala de Milán, o del Liceu de Barcelona. Provocar esa suerte de trance en un pabellón deportivo abarrotado con 16.000 personas. Para ello, Rosalía sólo necesitó interpretar las cinco primeras canciones de un álbum que, en las primeras 24 horas desde su publicación, fue reproducido 42 millones de veces, algo inédito hasta ahora en un cantante de habla no inglesa. Recuerden esto cuando escuchen a algún ministro de Cultura ignorante hablando de la necesidad de acercar la alta cultura al pueblo.
¿Y ahora qué?, pensé cuando se cerró el telón al finalizar ese primer acto. ¿Cómo descender desde semejante intensidad cuando sólo está empezando el concierto? El anticlímax fue sencillo de entender para Rosalía. Con el escenario en negro, dos grandes pantallas laterales mostraban en directo a los bailarines en el backstage burlándose de la artista, imitando de manera histriónica su llanto durante el aria. Tanto mediocre tomándose demasiado en serio a sí mismo, y una artista total bajando el dramatismo de su actuación por la vía más rápida, la del humor.
A partir de ahí, Rosalía transitó con naturalidad de lo divino a lo terrenal, del blanco al negro, de las alas de ángel a los cuernos demoniacos, de la imagen virginal a un aquelarre dionisíaco. Una mezcla de barroquismo y puesta en escena minimalista que, por increíble que parezca, resultaba coherente. No es sencillo combinar referencias a Goya, la Mona Lisa, la Venus de Milo y la Gilda de Rita Hayworth sin que aquello derive en un pastiche. Pues esta mujer lo logró.
En la parte final, la actuación se adentró en unos ámbitos musicales a los que uno se siente algo ajeno. La parte rumbera y, sobre todo, ese mundo rave de electrónica vibrante y atronadora, me quedan lejos. Pero daba igual. El bien ya estaba hecho. Unos minutos antes, hacia la mitad de la actuación, Rosalía se había colocado de medio perfil dentro de una marco para interpretar una versión muy particular del Can´t Take my Eyes Off You, de Frankie Valli, mientras una veintena de fans la grababan con sus móviles subidos al escenario. En ese momento, mi hija, sentada a mi lado, apretó fuerte mi mano, y yo aparté mis ojos de Rosalía. No podía dejar de mirar la cara de felicidad de Irene.
José manuel Barquero





