Nos, los ciudadanos

En su libro “El paso hacia Europa”, Luuk van Middelaar expone que una de las mayores preocupaciones de algunos dirigentes europeos en los últimos años es el de la “búsqueda de público”. Después de décadas en las que la construcción europea se basó en actos y tratados acordados y aceptados por los gobiernos y ejecutados por funcionarios, en un momento determinado se consideró necesario que, para crear una auténtica conciencia de pueblo europeo, se debía pasar del “Nos, los estados” al “Nos, los ciudadanos”, como sujeto protagonista de la aceptación del hecho institucional de la Unión Europea.

El tema no es sencillo, puesto que una abrumadora mayoría de ciudadanos europeos se han sentido excluidos de un proceso que se ha desarrollado a la manera del despotismo ilustrado del siglo XVIII y han reaccionado con indiferencia, cuando no con hostilidad, a estos intentos tardíos de conseguir su aceptación y de que germine una identidad común. A fin de conseguir este objetivo, van Middelaar indica que los estados modernos han recurrido y recurren a todo un conjunto de iniciativas para conseguir y mantener la aceptación de sus ciudadanos, que él agrupa en tres ideas básicas: “nuestro pueblo”, “nuestro interés” y “nuestras propias decisiones” y que vincula con tres estrategias a las que denomina “alemana”, “romana” y “griega”.

La estrategia alemana, “nuestro pueblo”, se basa en la identidad cultural y/o histórica de gobernantes y gobernados, que se consideran parte del mismo pueblo y comparten la lengua, los valores y los mitos fundacionales. La estrategia romana, “nuestro interés”, se basa en el beneficio que los ciudadanos obtienen de los gobernantes, que ofrecen protección, crean un ámbito propicio para el desarrollo y reparten la riqueza. Es la que han utilizado históricamente los imperios multiétnicos. La estrategia griega, “nuestras propias decisiones”, se basa en el examen periódico por parte de los ciudadanos del desempeño de los gobernantes y de sus decisiones, así como la intervención directa sobre los temas de especial relevancia, o que ellos mismos consideren importantes. Un ejemplo actual sería Suiza, que es una democracia representativa con elecciones periódicas de los representantes parlamentarios y del gobierno, pero también con intervención directa de los ciudadanos mediante referéndums frecuentes, que se deben realizar obligatoriamente, y son vinculantes, a petición de un determinado número mínimo de votantes.

En el proceso catalán actualmente en marcha, parece claro que la mitad de los catalanes, como mínimo, dentro del estado español no se sienten identificados con “nuestro pueblo”, no comparten con España la identidad, los valores nacionales, ni los mitos fundacionales. Tampoco se identifican con “nuestro interés”, han llegado al convencimiento de que la pertenencia a España, para ellos, resta más que suma. En consecuencia, consideran llegado el momento de “nuestras propias decisiones”, de “nos, los ciudadanos”. Han solicitado al gobierno español la celebración de un referéndum, que les ha sido negada y se ha llegado al punto de que unas elecciones autonómicas han constituido un parlamento catalán con mayoría absoluta de diputados independentistas.

Los dirigentes políticos españoles, tanto del PP como del PSOE no han sabido entender la magnitud de lo que se estaba incubando en Cataluña, a pesar de las múltiples advertencias que llegaban desde el principado. El propio Montilla, nada sospechoso de independentista, advirtió hace años, cuando era presidente de la Generalitat, de la progresiva “desafección” hacia España de una gran parte de la población catalana.

El proceso catalán no es la invención ni la locura súbita de unos cuantos dirigentes. No se detendrá con sentencias del Tribunal Constitucional, de hecho las sucesivas actuaciones del TC no han hecho sino empeorar la situación, tampoco con la inhabilitación ni el encarcelamiento de algún dirigente, ni con la suspensión de la autonomía, ni con el estrangulamiento económico. El voto independentista explícito ha pasado en diez años de entre el 15 y el 20 % al 48 % y si las instituciones españolas persisten en las políticas que vienen desarrollando hasta ahora, seguirá creciendo. Dadas las declaraciones de las últimas horas de los líderes de los dos grandes partidos, no parece que haya ninguna esperanza ni posibilidad de acuerdo.

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