Nostalgia de Puch Cóndor

La psicología moderna y los gurús de la autoayuda insisten en machacarnos con el mismo mantra: vive el presente, ánclate en el aquí y el ahora, no evoques el pasado. Es una bonita teoría de manual. Sin embargo, este verano, con el termómetro rozando lo insufrible, practicar el mindfulness se ha vuelto una misión imposible. Vivir el presente hoy significa, paradójicamente, derretirse en una rutina donde, sin un climatizador presente, pospones reuniones familiares y cenas porque el cuerpo no resiste el bochorno. Por eso, me rebelo: prefiero la memoria.

Es imposible no evocar el ayer cuando las temperaturas actuales nos obligan al confinamiento térmico. Recuerdo los veranos de mi infancia, aquellos donde el calor no nos obligaba a cancelar planes, sino que nos empujaba a la calle de forma orgánica. El refugio contra el sofoco de la tarde no era un aparato programado a veinticuatro grados, sino un vaso de gelat de bomba d'ametlla y el ritual sagrado de sortir a la fresca.

Aquellas reuniones vecinales eran espontáneas. Ocurrían solas, como el devenir lógico de un cierre de día veraniego, sin necesidad de cruzar un solo WhatsApp ni de programar agendas. Simplemente se salía. Ese encuentro improvisado promovía una cohesión generacional única: niños, adultos y abuelos compartían un espacio común, mezclando juegos, preocupaciones e historias. Eran conversaciones y diálogos cruzados que fluían sin prisa. Un hilo de vida compartida que solo se perdía —y que tocaba rescatar segundos después— por la ensordecedora interrupción de la Puch Cóndor de Guillermo, aquel adolescente del barrio que se liberaba llevando el gas a tope y rompiendo la calma por un instante.

Nuestras casas de entonces no tenían clase energética A, ni doble acristalamiento, ni mucho menos aire acondicionado. Teníamos un único ventilador ruidoso que se encendía exclusivamente en el comedor a la hora de comer. Y no necesitábamos más porque el clima de antes permitía que la vida siguiera su curso en la calle.

Hoy, las subidas salvajes de temperatura nos han acorralado. No es que prefiramos el aislamiento o el split; es que el calor extremo ha convertido la calle en un horno inhabitable. La crisis climática ha roto esa convivencia espontánea y nos obliga a blindarnos tras muros eficientes para poder respirar. Por eso, que no me pidan que apague los recuerdos. Evocar el gelat de bomba d'ametlla, el sortir a la fresca y el rugido de la moto de Guillermo es la única forma de no olvidar el valor de lo que el termómetro nos está arrebatando.

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