Anoche, después del eclipse, durante una cena con unos amigos, acabamos hablando de política exterior, de Marruecos, de Ceuta y Melilla, del Mediterráneo y de la capacidad real que tiene España para defender sus intereses. Y me llamó la atención una cosa, creo que mucha gente infravalora al Estado español.
Quizá porque vivimos dentro de él y estamos acostumbrados a discutir cada día sobre nuestras deficiencias, nuestros políticos y nuestros problemas. Está bien que sea así, una democracia debe ser crítica consigo misma. Pero una cosa es ser crítico y otra muy distinta perder la perspectiva.
A veces, escuchándonos hablar, parece que España fuera un pequeño país indefenso situado frente a una enorme potencia llamada Marruecos y obligado permanentemente a medir cada palabra por miedo a las consecuencias. Y no es verdad.
España es una democracia europea de casi cincuenta millones de habitantes, una de las principales economías de la Unión Europea, miembro de la OTAN, con unas Fuerzas Armadas profesionales y una posición geográfica extraordinariamente estratégica. Nuestra economía es aproximadamente diez veces mayor que la marroquí, formamos parte del gran mercado europeo y mantenemos una estrecha cooperación militar con Estados Unidos a través de instalaciones como Rota y Morón. En Torrejón se encuentra uno de los centros de operaciones aéreas de la OTAN.
Nada de esto significa despreciar a Marruecos. Al contrario. Marruecos es nuestro vecino y España debería procurar mantener con él la mejor relación posible. Comerciamos, compartimos intereses económicos y de seguridad y ambos tenemos muchísimo más que ganar colaborando que enfrentándonos. Pero una buena relación entre Estados debe construirse desde el respeto, no desde el miedo ni desde la sensación permanente de debilidad.
Por eso creo que conviene recordar cuál es la verdadera función de unas Fuerzas Armadas fuertes. Su principal objetivo no debería ser ganar una guerra, sino conseguir que esa guerra nunca llegue a empezar. Eso es la disuasión, disponer de suficiente capacidad para que cualquier país que contemple perjudicar gravemente nuestros intereses concluya de antemano que el coste sería superior a cualquier posible beneficio.
Tampoco entiendo esa tendencia española a hablar de nosotros mismos como si estuviéramos solos. España pertenece a la Unión Europea y a la OTAN y mantiene una relación estratégica con Estados Unidos que, independientemente de quién
gobierne en Washington, forma parte de nuestra arquitectura de seguridad. Del mismo modo, deberíamos ser capaces de mantener relaciones inteligentes con países como Israel en ámbitos de tecnología, inteligencia o seguridad, aunque existan importantes discrepancias políticas en otras cuestiones. La política exterior adulta no consiste en decidir qué país nos cae mejor, sino en identificar correctamente dónde están los intereses de España.
Precisamente por todo ello no creo que España tenga ningún interés en convertir a Marruecos en un enemigo. Sería absurdo. Pero tampoco deberíamos aceptar que cada discrepancia con Rabat despierte una especie de complejo de inferioridad. Marruecos tiene sus intereses y los defiende. España debe hacer exactamente lo mismo utilizando todas las herramientas de las que dispone, diplomacia, derecho internacional, Unión Europea, política económica, inteligencia, cooperación policial, alianzas y capacidad militar.
Mientras seguíamos hablando durante aquella cena pensé que quizá uno de nuestros problemas sea precisamente éste, los españoles conocemos extraordinariamente bien nuestros defectos y bastante mal nuestras fortalezas. Nos pasamos el día hablando de aquello que funciona mal, pero olvidamos que detrás de España existe una enorme acumulación de instituciones, infraestructuras, empresas, conocimiento, relaciones internacionales y capacidades construidas durante generaciones.
Al final, la pregunta más importante es para qué queremos todo eso. Yo no quiero una España fuerte para conquistar a nadie ni para demostrar ninguna superioridad. La quiero fuerte para algo mucho más sencillo: para que podamos seguir teniendo cenas como la de anoche, para que nuestros hijos crezcan en libertad, para que podamos trabajar, viajar, montar una empresa, votar, discutir de política o mirar tranquilamente un eclipse.
No quiero una España agresiva, pero tampoco una España acomplejada. Quiero un país consciente de sus fortalezas, capaz de reconocer sus debilidades y suficientemente seguro de sí mismo para relacionarse con sus vecinos desde la serenidad.
Porque la fuerza de un Estado no consiste en demostrar constantemente que puede ganar una guerra. Consiste en conseguir que nadie considere sensato empezarla.





