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Europa: Unida o irrelevante

Europa viene perdiendo peso específico en el escenario geopolítico internacional desde hace décadas. Es un hecho constatado por analistas y observadores y muchos historiadores ya lo han venido prediciendo, como el británico Peter Frankopan, autor del libro “El corazón del mundo”, que vaticina la decadencia irremediable de nuestro continente y está convencido del desplazamiento inexorable del centro de gravedad mundial hacia el continente asiático y, por tanto, el cambio del eje atlántico norteamericano-europeo, por el eje pacífico norteamericano-extremo oriente.

Abundaría en ese sentido el cambio de prioridades de la política exterior estadounidense de Europa hacia Asia, que ha tenido lugar ya durante el segundo mandato de Obama, el creciente interés de Rusia en reforzar y ampliar sus relaciones con China, Japón y Corea, paralelo a su desinterés desdeñoso hacia Europa, así como el viraje de Turquía, que ya no parece demasiado entusiasmada con la entrada en la Unión Europea y está mucho más concernida en convertirse en un actor principal en Asia Central, cuidando sus relaciones con las repúblicas exsoviéticas de etnias y lenguas turcas, Kazajstán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguistán.

Parece claro que la nueva administración de EE.UU. continuará dando prioridad internacional a la zona Asia-Pacífico, incluso con mayor énfasis que en los últimos años de Obama, aunque con un talante distinto, más agresivo y beligerante con China, incluso si Trump ha suavizado algo su discurso en su conversación telefónica de hace unos días con Xi Jinping, despejando las dudas que habían suscitado algunos comentarios ambiguos sobre su aceptación del principio de una sola China, que es irrenunciable para Pekín. La decisión de incrementar su presencia y su acción en Extremo Oriente y de hacerlo confrontándose con China por la hegemonía en la zona, implicará una involucración menguante con los (todavía) aliados europeos.

Porque, además, también está claro el poco aprecio del nuevo presidente estadounidense y muchos miembros prominentes de su administración, hacia Europa y en concreto hacia la UE. Ted Malloch, el designado embajador ante la UE, ha declarado que prevé el hundimiento del euro en uno o dos años e incluso la desaparición de la propia UE. “No sé si habrá una UE con la que negociar un acuerdo” ha llegado a manifestar. Trump ha explicitado reiteradamente su desprecio hacia la UE, su simpatía por el “brexit” y por los partidos y movimientos eurófobos y su antipatía hacia Francia y Alemania.

Si añadimos el hecho de que su secretario de estado, Rex Tillerson, tiene excelentes relaciones personales con Putin y tampoco tiene demasiado aprecio por la UE, y que Trump ha declarado reiteradamente que va a considerar rebajar sustancialmente su contribución a la OTAN, y con el añadido de la salida del Reino Unido, el auge de partidos populistas, xenófobos, ultranacionalistas y anti-UE en algunos países clave, como Francia y Alemania, la crisis económica que continua castigando a muchos de sus ciudadanos y la enorme crisis moral que significa la infame política adoptada en el tema de los migrantes solicitantes de asilo, el panorama para la UE es incierto, por decirlo suavemente. Es inquietante, por ejemplo, que a los pocos días de la toma de posesión de Trump se produjeran graves incidentes de ruptura del alto el fuego en el frente del este de Ucrania.

Con todo, nada es inevitable. El futuro inmediato de Europa está en manos de los europeos. Por dimensión territorial, población y potencia económica, la Unión Europea sigue teniendo la capacidad de ser un primer actor en la política, la economía y el comercio mundiales y, tanto o más importante, sigue estando en disposición de ser un referente moral, cosa que no están en condiciones de ser ni los Estados Unidos, ni Rusia, ni China.

Pero para ello es necesario neutralizar las pulsiones centrífugas, desintegradoras, e iniciar un proceso de mayor unidad y cohesión política, especialmente en el ámbito internacional y de defensa. La UE debe hablar al mundo con una sola voz si quiere que esa voz se oiga y se escuche. Y, en eso Trump tiene razón, debe involucrarse mucho más en su propia seguridad, reforzando y cohesionando una fuerza europea de defensa, en el marco de la OTAN o en una nueva estructura propia.

Y, por supuesto, consolidar la contribución genuinamente europea al progreso de la humanidad que es el estado del bienestar, que garantice una vida digna para todos sus ciudadanos sea cual sea su nivel socioeconómico. Y para volver a ser un referente moral hay que revertir de inmediato la vergüenza de la política actual de acogida y asilo y solucionar con rapidez la situación de los centenares de miles de migrantes que malviven en condiciones que atentan a la decencia y a la dignidad en campos de refugiados en Grecia y otros países.

Europa solo tiene dos caminos, unidad y seguir siendo un actor principal en el mundo, o desintegración y languidecer hacia la irrelevancia.

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