Otra visión del ser humano

Con su reconocido sentido común, Miquel Munar iniciaba una de sus más recientes colaboraciones en UH con esta formulación: “Hace tiempo que murieron las ideologías. Ahora hay postureo, pragmatismo, ambición e hipocresía. Por no hablar de un populismo sin principios”. A decir verdad, hay muchas cosas más. Sin embargo, no es momento de matices sino de subrayar la inexistente coherencia individual y colectiva. Ahora, como siempre, impera el parecer sobre el ser. Ahora, como siempre, el ocultamiento se sobrepone a la vida real. Nadie se ve libre de semejante estupidez. Ni siquiera los grupos religiosos.

Ya Jesús manifestó con claridad que deseaba que sus seguidores apareciesen como luz del mundo (Mt 4, 16). Es evidente que ni la hipocresía ni la doble vida iluminan y guían a nadie. ¿Por qué tanto esfuerzo en hacer creer una verdad que no es la real o la oficial? ¿Por qué se han de tener que alegar falsas justificaciones, la ‘ingeniería de los pretextos’, que dice Félix Ovejero, para amparar lo que no son otra cosa que egoístas e inconfesables intereses o, algo más sencillo y simple, la doble vida?¿Qué sentido tiene imponer esta forma de aparecer y comportarse en sociedad si, en el fondo, trae consigo y origina sufrimiento en los demás, probablemente ya vulnerables? Ninguno.

No creo compartir etiqueta alguna de la clase política. Pero tampoco de la religiosa. Sólo creo en la libertad, en la energía, ‘hijos de la luz’ (ET, n. 50), recibida en el acto de la creación (Gén 1) y en sus posibilidades creadoras de futuro. Sólo creo en la dignidad humana y en el poder creador de la voluntad humana. Hace mucho tiempo que hice mío un texto renacentista de Pico della Mirandola, que no me resisto a transcribir.

“La naturaleza determinada de los otros (seres) está contenida en las leyes por mí prescritas. Tú te la determinarás, sin estar condicionado por ninguna frontera, según tu arbitrio, a cuya potestad te consigno. Te puse en el centro del mundo, para que tu descubrieras mejor todo lo que hay en él. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, libre y soberano artífice, te plasmaras y esculpieras en la forma por ti elegida. Tú podrás degenerar hacia las cosas inferiores, hacia los brutos; tú podrás regenerarte, según tu voluntad, hacia las cosas superiores que son divinas” (Texto ofrecido según la versión de Argullol, El “Quattrocento”). ¡Magnífico!

Humanismo renacentista. Cristianismo evangélico. Humanización y/o encarnación divina en el hombre de Jesús de Nazaret. Cambio de paradigma religioso. Olvido secular de la Iglesia oficial. Reforma esencial que, con diversos pretextos, no se atreven a abordar porque, según dicen, iría ‘contra la voluntad de Dios´. ¡Excusas de mal pagador!

A decir verdad, en la Iglesia católica siempre ha existido, desde los inicios del movimiento cristiano, un sector poderoso, defensor de la ortodoxia, que ha situado ala Iglesia institucional a la defensiva, parapetado detrás de la muralla. Nunca han creído en serio en la autonomía del seguidor de Jesús, ni en la libertad de los hijos de Dios, ni en la capacidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, ni que éste pueda, en consecuencia, ser el dueño de su destino. Nunca se ha estimulado en la Iglesia institucional la clave consistente en dirigirse a uno mismo, a su interior (ET, n. 24), y encontrar allí la propia dirección de la vida. Reconocer tal orientación, consecuencia directa de la libertad de los hijos de Dios (creación), aparecía en contradicción con el esfuerzo que se estaba llevando a cabo a fin de consolidar la Iglesia institucional (Pablo, Juan, Ireneo, etc.), que, a la postre, acabaría triunfando plenamente. Además, aceptar tal orientación, implicaba perder poder, perder el viejo monopolio de las postrimerías, la manipulación del miedo a la muerte (Salvador Pániker, Cuaderno amarillo, pág. 20).

Que nadie se extrañe. No nos movemos en el ámbito del gnosticismo. Todo radica y tiene su origen en el acto de la creación (Gén 1). Francisco, en su Homilía del7 de febrero de 2017, nos enseñó que, para entender quién es el hombre a los ojos de Dios, es necesario una ‘vuelta a los orígenes´, al principio de los tiempos, al momento de la creación. Ni que hubiera sido el redactor del Evangelio según Tomás. ¡Vaya sorpresa!

He aquí el texto de referencia: “Dijeron los discípulos a Jesús: ‘Dinos cómo va ser nuestro fin’. Respondió Jesús: ‘Acaso habéis descubierto ya el principio para que preguntéis por el fin? Sabed que donde está el principio, allí estará también el fin. Dichoso aquel que se encuentra en el principio: él conocerá el fin y no saboreará la muerte” (ET, n. 18; cf. Mt 20, 20-23).

Gregorio Delgado del Río

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