Palma, ciudad de demoliciones

El día 5 de noviembre de 2005, a eso de las seis de la mañana, operarios contratados por el Govern de Jaume Matas procedieron al derribo del Pont des Tren que unía Eusebi Estada con Marquès de Fontsanta. De nada sirvió que se tratase de un bien catalogado, obra de Gaspar Bennàzar y que hubiera un clamor ciudadano en contra. Por supuesto, el consistorio de Cirer y del legionario Rodrigo de Santos nada opuso a la tropelía. Cinco años después, bajo el gobierno de la socialista Calvo, hubo de inaugurarse una réplica vergonzante, para la que ni siquiera pudieron aprovecharse los restos del derribo. Hoy contemplamos, por tanto, un fake del puente original.

Hace escasos meses, y pese a su evidente valor patrimonial, el Ajuntament otorgó licencia para la demolición de lo que quedaba del edificio de Can Bibiloni, al comienzo de la calle Aragó, una de las escasísimas muestras de arquitectura industrial del primer tercio del siglo XX que quedaban en Palma. Bennàzar volvió a sufrir las limitaciones culturales de los conservadores, y hoy se anuncia en el solar, con fotos de familias felices de atrezzo, la construcción de un edificio de viviendas de lujo. Una operación especulativa más en una ciudad que ve perder su patrimonio arquitectónico, cultural, comercial y de toda índole en favor de una modernidad analfabeta, pero, eso sí, de ‘alto standing’.

Por supuesto, la oposición de izquierdas puso el grito en el cielo en ambos casos.

Padecemos unas administraciones que no construyen casi nada y que, sin embargo, están empeñadas en destruir patrimonio, a veces con el auxilio de técnicos cuya solvencia deja mucho que desear.

Ahora, sin utilidad ni beneficio social de ninguna clase, son los socialistas, mejor dicho, el incalificable conglomerado de Cort, el que nos anuncia un nuevo derribo, el del monumento a las víctimas del crucero Baleares. Por cierto, harto estoy de leer en la prensa que se trata de un monumento “al crucero Baleares”, cuando jamás fue así, ni siquiera al tiempo que Franco lo inauguró.

El monolito, con los frisos de la guardia y la escultura del flecha naval caído, se erigió en memoria de las 786 víctimas –que el franquismo calificaba, lógicamente, de ‘héroes’- del hundimiento del citado buque en la batalla naval del Cabo de Palos, durante la Guerra Civil. Por no contener, el monumento original no contenía ni el ‘Arriba España’ al uso en la época, únicamente llevaba esculpida una leyenda que rezaba: “Mallorca a los héroes del crucero Baleares. Gloria a la marina nacional. Viva España”. Salvo la alusión a la marina ‘nacional’ –si es que por tal cosa entendemos la del bando ‘nacional’- y la discutible calificación de ‘héroes’ a los fallecidos en el hundimiento, el monolito no contenía ni una sola incorrección política a los ojos de alguien que no padezca fobias delirantes. Con cambiar ‘héroes’ por ‘víctimas’ y eliminar las alusiones laudatorias al bando nacional, estaba listo para pasar el examen de memoria histórica.

Aina Calvo, -hija de militar, por cierto- fue incluso más allá, y acordó la eliminación de todo el texto del monolito, el escudo español vigente hasta 1981 incluido. Agregó en el entorno una placa que alude a los horrores de la guerra y así quedó el asunto zanjado para los palmesanos. O eso creíamos.

Ahora, sin que ninguna fuerza municipal lo llevase en su programa –y, por tanto, engañando a la ciudadanía- Hila se erige en entusiasta ejecutor de las ideas radicales de sus socios, que pretenden que no quede rastro alguno de que aquí hubo una Guerra Civil y que muchos mallorquines lucharon y murieron -porque les tocó- en el bando que ellos denominan fascista. Hay que eliminar el monumento porque, según palabras textuales del alcalde a unos vecinos, ”todavía hay demasiadas heridas abiertas”.

Sucede, sin embargo, que muchas de las víctimas del hundimiento del Baleares, entre ellas varios adolescentes deslumbrados por la parafernalia totalitaria, eran de las barriadas marineras de Palma, singularmente de Santa Catalina, y el solo hecho de que se elimine el recuerdo que conmemora aquella masacre en la que murieron sus familiares les pone legítimamente en guardia. Y, aunque el alcalde no haya caído en ello, es absolutamente indiferente la ideología de estos descendientes. Con la sangre no se juega. Hila ofende gratuitamente a esas víctimas, supuestamente para no ofender a otras.

ARCA y algunos arquitectos se han sumado a la oposición al derribo, con argumentos de protección del patrimonio y lanzando algunas propuestas de contextualización discutibles, porque el monumento a las víctimas del Baleares es lo que es, el recuerdo de una concreta tragedia, y no puede ni debe convertirse en hito de homenaje a las víctimas de la represión franquista, porque perdería su sentido por completo, como si ahora dedicásemos la estatua ecuestre del Rei en Jaume a los miles de mallorquines musulmanes que murieron bajo la espada del conquistador y sus tropas, gracias a lo cual estamos aquí.

Sería fenomenal, desde luego, que el Ajuntament hiciera una propuesta de erigir un memorial a las víctimas mallorquinas del bando republicano, o incluso un monumento que aunara la voluntad colectiva de no repetir esa historia jamás. Porque las heridas de las que habla Hila, en lugar de cerrarse, se van a abrir de par en par y solo conseguirá dividir de nuevo de forma maniquea a la población de Ciutat. Y, a estas alturas, honestamente, prefiero ver a mis vecinos como conciudadanos en lugar de dividirlos en partidarios de los ‘buenos’ y de los ‘malos’.

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