Por qué la derecha no construye relatos

En estos días de tristeza compartida hemos vuelto a observar cómo, desde el Gobierno y sus poderosas terminales mediáticas, se pone un énfasis especial en el “relato” como resorte principal de la acción política. Algo que viene siendo habitual desde hace tiempo y que quedó claramente de manifiesto en las palabras del exfiscal general condenado: «hay que ganar el relato».

Lo que podríamos denominar “relatismo” es una estrategia ensayada, inicialmente con considerable éxito, por los nacionalismos regionalistas —hoy transformados en abiertamente secesionistas— cuya intención principal es llegar al elector a través de la emoción. Parte de la idea de que el votante mantiene una cierta “ignorancia racional” ante las cuestiones complejas de la política, ya que no puede dedicarles ni el tiempo ni el esfuerzo necesarios. Por ello, a la hora de votar, prefiere dejarse llevar por percepciones de carácter emocional.

Los relatos separatistas y socialistas que conocemos presentan una serie de puntos en común sobre los que conviene detenerse. Tal vez el más relevante sea la construcción de un enemigo: la España imperialista en un caso y la ultraderecha casposa en el otro. Ambos comparten, además, la necesidad de levantar fronteras y “muros” (Sánchez dixit); también tienen en común el establecimiento de un horizonte utópico —la independencia para unos y la igualdad y el medio ambiente prístino para otros—; el recurso a reinterpretaciones interesadas de la historia, sin que la veracidad resulte un factor limitante; la selección de “santos” y “mártires” del pasado, a los que se rinde homenaje mediante la denominación de calles o la celebración de centenarios; y, por supuesto, la proclamación de mitos y leyendas, con especial énfasis en la apropiación de determinados avances sociales como méritos propios, con independencia de que realmente lo sean.

Esta forma de actuar facilita ocultar las ineficiencias que caracterizan a muchos gobernantes, pues se gobierna para unos y no para otros. A su vez, permite la creación y extensión de una red de afines que, bajo ninguna circunstancia, juzgará la gestión política por sus resultados, convirtiendo a sus dirigentes en supuestos portadores de una superioridad moral que los inmuniza frente a la crítica.

Siendo todo esto así, y dado el éxito de esta estrategia política, llama la atención que no se haya intentado replicar en el bando alternativo, es decir, en el de la derecha nacional. Cabe, por tanto, plantear algunas hipótesis sobre los motivos de esta carencia de relato derechista. Las siguientes son las mías.

En primer lugar, me inclino a pensar que el ansia de poder de muchos de los cuadros de la derecha es sensiblemente menor que la de sus homólogos nacionalistas e izquierdistas. Posiblemente, una ideología algo menos estatista tiende a mostrar un menor interés por extender las parcelas de poder. De ahí que se creen menos observatorios, ONG y otros instrumentos dedicados a la difusión sistemática de mensajes.

En segundo lugar, su electorado rechaza mayoritariamente las utopías, al mostrarse más proclive a confiar más en el esfuerzo individual, el trabajo y el ahorro. Esto le lleva a depositar más fe en sí mismo y en la organización espontánea de la sociedad que en líderes carismáticos, así como a creer más en la percepción pública de los resultados efectivamente alcanzados que en la propaganda.

No obstante, a lo anterior debe añadirse otro factor relevante. La tradicional preocupación social de la derecha española, que es especialmente fuerte, la lleva a compartir muchos de los objetivos de sus adversarios izquierdistas y nacionalistas, aunque proponga alcanzarlos por vías distintas. Esto dificulta, naturalmente, la construcción de “enemigos” claramente identificables. Su modelo social —levemente menos estatista— se apoya en la aceptación de algunos principios básicos del mercado, como la idea de que el sistema de precios libres constituye, por lo general, una de las formas más eficaces de cooperación social.

Pero quizá la mayor diferencia con sus rivales del otro lado del espectro político sea que, en general, consideran posible alcanzar la armonía social. Es decir, no cree en los antagonismos clásicos de la lucha de clases, ni en la confrontación territorial, ni en la incompatibilidad entre economía y medio ambiente, ni en la guerra de géneros. La “mano invisible” de Adam Smith es más fácilmente aceptada entre los votantes de derechas que entre los de izquierdas. Aunque también es cierto que, entre sus dirigentes, suele ponerse más énfasis en aceptar y conservar el orden existente —aunque proceda de una herencia socialista o nacionalista— que en ampliar las cotas de libertad. Tal vez ello se deba al peso ideológico del conservadurismo.

En definitiva, sostengo que la derecha española no construye relatos porque no comparte los elementos sobre los que se fundamenta esta forma de hacer política. No cree en utopías, no identifica antagonismos sociales y no construye enemigos ni levanta muros. En consecuencia, para ella pierde sentido la manipulación sistemática de la historia.

Quizá esta sea una posible explicación de por qué la derecha, hasta ahora, no ha dedicado los mismos esfuerzos que sus adversarios a tejer un entramado mediático tan tupido como el de sus contrarios. Pero, al mismo tiempo, también puede ayudar a explicar por qué ha gobernado la nación durante mucho menos tiempo.

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