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El orden mundial que conocemos la inmensa mayoría de personas que habitamos el planeta está agotado, enfermo de manera letal sin reanimación posible. Esté orden mundial, que conocemos desde hace unos ochenta años, nació tras la segunda guerra mundial y en ese proceso de paz y reconciliación internacional surgieron las instituciones internacionales que hoy día conocemos.

Se creó, quizás como más destacado por su importante papel y número de países adscritos (hoy 193) la Organización de Naciones Unidas (ONU) cuyo órgano más importante, además de la Asamblea General es el Consejo de Seguridad. Es una versión muy mejorada y adaptada a los nuevos tiempos fruto de la experiencia de la Sociedad de Naciones del período de entreguerras, pero inevitable ha envejecido con el paso del tiempo, ha envejecido mal, está vetusta, vintage, casi inútil y sin poder alzar la voz para poner orden cual Speaker de los Comunes.

No es casualidad que el orden mundial haya fenecido, las personas, las ideas y las instituciones tienen un principio y un fin a pesar de los remiendos y costuras que se le hagan, pero la confluencia en el tiempo de tres líderes imperialistas en las tres primeras potencias mundiales, Trump, Putin y Jinping, personas con dudoso respeto por el status quo, por el derecho internacional y por la soberanía de otras naciones hacen que la agonía del orden mundial haya sido breve y la parca rápida.

No me refiero a Venezuela, hablo de Groenlandia, de Ucrania, de África, de Cuba, del petróleo, del inicio de guerras basadas en el dinero y tierras raras, en los productos naturales en lugar de los intereses de la gente, pero el resto de países, incluida la Unión Europea (UE) solo podemos agachar la cabeza o mirar hacia otro lado ante los desmanes de esas grandes potencias. El Presidente Trump ha resucitado cien años después la doctrina Monroe –América para los americanos- pero lo hace extensivo a todo el continente y él es su sheriff.

Aceptando la muerte del orden mundial que conocemos, ha surgido una nueva vida para el orden y entente mundial, lo que se ha venido en llamar la Doctrina CARNEY. Mark Carney es el Presidente de Canadá y hace unos días expuso en el foro de Davos, ante los que manejan el mundo, unas ideas cuya música y letra suenan muy bien para que los países medios como Canadá unifiquen sus esfuerzos como contrapeso a las tres grandes potencias. Nos ofrecía un futuro.

Hacía mucho tiempo que no oía a un político hablar con tanta claridad y capacidad argumentativa de principios como a Carney, habló de honestidad, respeto a las instituciones y al derecho internacional, de resiliencia entre países y pueblos; declaró que era el momento de los países medios y de la firma de acuerdos entre la UE y Canadá así como otros en mismas circunstancias.

Ochenta años después no tiene sentido el derecho a veto en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa opción bloquea acuerdos pues los países que deben ser sancionados por la ONU, los que provocan las guerras, o son las tres grandes potencias o sus aliados más íntimos; las circunstancias desde la creación de la ONU han cambiado radicalmente y el mundo no necesita ser tutelado por ningún otro país, con que se respeten su soberanía, fronteras y derecho internacional ya es suficiente.

Si el discurso del Presidente Carney lo combinan con la lectura de “El Imperio de la Ley” del ilustre jurista Javier Cremades, una magnífica obra defensora del derecho, la justicia y naturalmente las Constituciones que se da cada país como norma máxima de regulación de la convivencia entre los ciudadanos, verán un futuro con esperanza, quizás no dejemos a nuestras generaciones próximas un mundo tan malo como el que tenemos y mucho peor del que recibimos.

Solo un pero, una vez más España llegará tarde salvo que vayamos de la mano de la UE, pues por nosotros mismos no podemos ni ir al bar de la esquina. Estamos arruinados, debemos lo indecible, no respetamos la independencia de la Justicia, estamos ahogados por la corrupción, ejecutivo y legislativo se confunden y el Gobierno lleva tres años incumpliendo la Constitución de manera grosera al ni siquiera presentar presupuestos. Un Gobierno basado en Marx, el bueno, Groucho, estos son mis principios, si no le gustan tengo otros.

Uno oye a Carney y elige ese mundo para vivir, pero solo es un sueño. Nosotros malogradamente no tenemos uno. Nosotros tenemos a Sánchez (con las cargas familiares, partidistas y su aferramiento al poder a cualquier costa entre otras muchas más cosas) una Armengol, que ha hecho lo peor que puede hacer el Presidente del Legislativo que es plegarse al mandato del Ejecutivo, nos ha traicionado a los ciudadanos hasta el punto que se confunden ejecutivo y legislativo, estando el Congreso de los Diputados al dictado de la presidencia del gobierno y si quien debe ser garante de la Constitución, es Conde-Pumpido, que también pone a los pies del ejecutivo la resolución de cualquier cuestión de constitucionalidad, no puede ser más decepcionante el panorama.

En España necesitamos un Carney, un Draghi, se nos fue Piqué, pero necesitamos un líder con altura de miras para no llegar tarde otra vez a una oportunidad internacional, que si estás en el origen todo es menos costoso. Ese líder solo tiene que aplicar el eslogan de la Real Academia de la Lengua, la RAE: limpia, brilla y da esplendor. Eso necesitamos limpiar este país de nuestros dirigentes.

Y acabo dando las gracias a Jaume, vecino y sin embargo amigo, que junto a su esposa Eva me han tratado con mucho cariño siempre, que es recíproco, probablemente inmerecido por mi parte y les cito porque fue Jaume quien me facilitó el discurso de Carney que es el origen de cuanto antecede, previa su correspondiente reflexión. Eva, Jaume, gracias por tanto.

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