Una gran parte de los argentinos, con muy buen criterio, quieren pasar la página del empobrecedor peronismo. Lo han manifestado, bien a las claras, renovando el proyecto transformador de Milei. Las ideas de la libertad que defiende, no sólo están bien fundamentadas, sino que además existen algunas experiencias previas que las avalan.
El presidente se apoya en la conocida escuela austríaca de economía, así llamada por estar fundada por el profesor vienés Carl Menger en tiempos del Imperio. Menger fue tutor del príncipe Rudolf, así que una buena parte de su doctrina estuvo enfocada a mostrarle el camino a quién estaba llamado a gobernar uno de los imperios más plurinacionales que la historia ha conocido. Los Balcanes siempre han sido un mosaico lleno de complejidades con identidades y rivalidades, nacionales, culturales y religiosas extraordinarias.
Precisamente por eso, Menger, optó por el individualismo metodológico como fundamento de todo el edificio teórico que se disponía a construir. Esto es, no importan las identidades colectivas, pues lo relevante es la acción de las personas, son sus motivaciones y elecciones individuales las que pueden contribuir al bienestar, mediante el impulso del crecimiento económico. Dicho en otras palabras, cuando la sociedad deviene inclusiva, sin privilegios ni discriminaciones positivas, la libertad y la igualdad ante la ley generan los incentivos a prosperar aprovechando las propias capacidades.
Estas ideas encontraron un precedente en otro imperio: el español. Aquí, los pensadores, nucleados en torno a la Universidad de Salamanca, ya habían puesto el énfasis en los individuos y en la isonomía, con independencia de su origen, como fundamento de la sociedad política. Sin duda, la Escuela de Salamanca es el precedente más nítido del liberalismo característico de la Escuela Austríaca.
Desgraciadamente, el príncipe Rudolf murió, en extrañas circunstancias antes de ostentar ninguna clase de poder. Incluso hay quien sostiene que fue su mismísimo padre quien ordenó su asesinato para evitar una transformación política reformista. En cualquier caso, no sabemos qué es lo que hubiese pasado.
No obstante, con el tiempo, esas ideas dieron lugar a dos milagros económicos cercanos. El primero se produce en la derrotada, y devastada, Alemania de 1948 cuando el responsable de economía Ludwing Erhard las pone en práctica. Comenzó deshaciéndose de todo el descomunal intervencionismo heredado del nacional-socialismo. Erhard no contó con la aprobación de los mandos aliados, convertidos durante esa época en fuerzas de ocupación. Lo que le llevó a elaborar, y promulgar, los decretos de reforma un domingo casi de forma clandestina. Luego reformó el sistema monetario.
Para conseguir la aceptación del público siempre incluyó la palabra “social” antes de proceder a liberalizar cualquier aspecto. De hecho, a su doctrina la llamó “Economía Social de Mercado”, dada la importancia que le daba al lenguaje para de cara a la aceptación de sus cambios. El éxito de los mismos fue inmediato, pues en muy poco tiempo, la Alemania que había perdido casi siete millones de vidas y todavía padeciendo un indudable sentimiento de culpa, consiguió sobrepasar económicamente a la victoriosa Gran Bretaña.
Pocos años después, ese ejemplo y esa doctrina sirvieron de inspiración a los tecnócratas españoles que elaboraron y ejecutaron el Plan de Estabilización de 1959, un plan liberalizador. Como en el caso germano, Alberto Ullastres, Mariano Navarro Rubio o Joan Sardà se encontraron con un país exhausto tras una terrible guerra y una posguerra caracterizada por un asfixiante intervencionismo que apenas permitía la subsistencia. Así, la liberalización de 1959 supuso, seguramente, la transformación social y económica de mayor magnitud experimentada por nuestro país hasta ese momento, a pesar de las evidentes limitaciones impuestas por el régimen franquista siempre partidario de los controles gubernamentales.
A pesar de sus evidentes lógros, la oposición a ambos procesos reformistas tardó poco tiempo en articularse. En Alemania los más inmovilistas partidarios del statu quo llegaron a convencer al canciller Adenauer de que su ministro Erhard era demasiado teórico y poco político. De esta forma incluso el propio Erhard llegó a padecer la llamada “fatiga reformista”. Lo cual se hizo muy palpable tras asumir el puesto de primer ministro.
En el caso español, los posteriores Planes de Desarrollo de la década de los sesenta, con frecuencia, no fueron otra cosa que un freno a los movimientos liberalizadores. En no pocos casos estaban diseñados, siguiendo ideas del despotismo ilustrado francés, con la pretensión de retomar la planificación gubernamental mediante un intervencionismo más patente.
Con los años se ha llegado a hablar del “milagro alemán” y en parte también del español; a pesar del espíritu inspirador de las leyes de memoria histórica. Pero ambas historias demuestran que el tiempo para realizar reformas de calado es muy limitado, y que el uso del lenguaje y la comunicación es extremadamente importante para contar con el apoyo social necesario.
Milei, pudo implementar su primer paquete reformista durante los meses posteriores a su sorprendente victoria electoral de hace dos años, sin grandes problemas y con resultados excelentes. Pero ese tiempo se acabó cuando, durante nuestro verano boreal, la oposición se rehízo poniendo en jaque todo lo realizado. Ahora, con las votaciones del pasado día 26, ha renovado apoyo popular, y sobre todo ilusión. Sin embargo, como demuestra la historia tiene un tiempo limitado para acometer las tres grandes reformas que ya prefiere denominar “modernizaciones” (laboral, fiscal y previsional). Ojalá sepa y le dejen aprovechar ese tiempo escaso.




