Rubalcaba, necesitado de ideas frescas para un país destrozado, propone suprimir las diputaciones, unos organismos que, nacida la España de las autonomías, tienen poco sentido, salvo alimentar a conocidos y amigos. Por lo tanto, la idea va en el sentido correcto, aunque ya nos encargaremos en estadios posteriores de convertirla en lo contrario de lo que se pretendía. Sin embargo, hay dos obstáculos: el PP y las autonomías. El PP porque, como la idea no nace de ellos, afirma que no le parece bien y que detrás de la propuesta subyace eliminar parte del poder conservador; y las autonomías porque ya se han apropiado de las diputaciones como mecanismo para crear estructuras de poder. Baste ver cómo en Baleares las diputaciones acabaron convertidas en los consells insulares, que ahora ya tienen una cuota de poder muy significativa, aunque nadie sepa para qué sirven. La remodelación del estado, necesario y urgente, exige de diálogo, consenso, liderazgo y racionalidad política. En estos momentos tengo la impresión de que carecemos de todo: hace años que no tenemos un líder presentable, que no exhibimos racionalidad y que no dialogamos. A ver qué sale de todo esto. Lo peor y lo más probable es que todo se quede en una propuesta electoral.



