Marga sólo tiene cuatro años, una familia que la quiere, hermanos, abuelos, tíos, primos… Una familia que la ha acogido para darle una vida mejor. Marga acaba de terminar el colegio y esperaba con ilusión sus vacaciones, pero, de repente, su vida da un vuelco y ya no tiene nada, porque su padre biológico, un británico, que ni siquiera habla su lengua, ha salido de la nada y ha decidido pedir su custodia. No estoy diciendo que este padre no tenga sus derechos, que los tiene, pero lo que no puede ser es que la Justicia, esa en la que cada vez menos creen, decida que la niña salga de la casa de sus padres adoptivos y vaya a un centro de acogida hasta que se solucione la custodia con su padre biológico. Y ya está. ¿Quién defiende los derechos de Marga? ¿Por qué ha de ir a un centro de acogida? ¿No se puede diseñar un plan para que Marga y su padre biológico se vayan conociendo sin arrancar a la niña de todo lo que conoce? ¿La biología pesa sobre todo lo demás? ¿Se sabe si está capacitado para hacerse cargo de la pequeña? Porque un padre es la persona que la ha querido, que la educado, que ha jugado con ella, que la ha velado en su enfermedad, que la ha abrazado, que le ha quitado sus miedos, que le ha dado amor a manos llenas y una familia que la ha arropado. Eso es ser padre, porque lo otro es un mero acto biológico, un espermatozoide que fecundó un óvulo y nada más.





