Conservo ambiguamente los recuerdos de la visita del Mallorca a Ontinyent creo que en la temporada 1976-77. He visto fotografías actuales del campo municipal de El Clariano, que conserva la torreta situada en la esquina noreste del recinto que hoy cuenta con césped artificial y entonces podía considerarse sencillamente de tierra. Aquel enclave desde el que me tocó transmitir el partido que ganaría el equipo local, era a la sazón un palomar en cuyo primer estrado se colocaba la megafonía del estadio, es un decir, y mediante una pirueta de cierto riesgo y a través de una escalera improvisada en la pared con finos peldaños de hierro insertados en ella, se podía acceder a un ventanuco desde el que se divisaba el terreno de juego, sorteando los excrementos de los pájaros con cuidado de no dar un paso a derecha o atrás para no caer al vacío.
Bartolomé Garau, aquel entregado futbolista del Coll d’en Rebassa, debe guardar en su memoria tan infausto día en el que, ante la complacencia del árbitro andaluz Alvarez Margüenda, quien después sería ascendido a primera división donde montó escándalo tras escándalo –su actuación en un Atlético Madrid-Zaragoza corrió por toda España-, le rompieron tibia y peroné sin que se señalara siquiera falta. Al menos uno de ellos, seguro.
Aunque parezca una pose, nunca pensé que tendría que rememorar aquellas temporadas trágicas, refugiándome en la recuperación del club iniciada por Miquel Contestí en el 78, deportivamente consolidada a mediados de los noventa por Antonio Asensio Pizarro. La sociedad mallorquina siempre ha sido más complaciente con los foráneos que con sus paisanos.
Ahora, este partido de la quinta jornada de la competición actual, me devuelve a la penosa realidad de hoy sin ninguna nostalgia y menos ilusión.





