La remodelación del Paseo Marítimo de Palma ha dejado una imagen más moderna, más amable para el peatón y con una mayor integración entre la ciudad y el mar. Nadie discute que la calidad estética del espacio ha mejorado. Pero tampoco puede ignorarse la otra cara de la moneda. La desaparición de alrededor de 1.200 plazas de aparcamiento ha supuesto uno de los mayores errores de planificación urbana que se recuerdan en la capital balear.
Durante años se advirtió de que una actuación de semejante envergadura no podía ejecutarse sin ofrecer alternativas reales para absorber la demanda de estacionamiento. Las advertencias fueron desoídas por la Autoritat Portuaria, responsable de la remodelación, y el entonces Ajuntament de Palma. Hoy, la realidad ha dado la razón a quienes alertaban de que eliminar miles de plazas sin construir otras equivalentes acabaría castigando la movilidad de toda la zona y, de forma muy especial, a los establecimientos de restauración, ocio y comercio que dependen de la facilidad de acceso de sus clientes.
El Paseo Marítimo necesitaba una renovación. Lo que no necesitaba era convertirse en un ejemplo de cómo una buena idea urbanística puede verse empañada por una deficiente planificación de la movilidad. Porque una ciudad moderna no enfrenta al peatón con el automóvil. Una ciudad inteligente busca el equilibrio entre ambos.
Se trata de completar una reforma que nunca debió ejecutarse dejando sin resolver uno de los elementos esenciales de cualquier proyecto urbano: cómo llegan las personas hasta él
Precisamente por ello resulta especialmente relevante la oportunidad que ahora se abre con las futuras actuaciones previstas en el Real Club Náutico de Palma, el Club Marítimo de Portixol y otras posibles intervenciones en el ámbito portuario. La posibilidad de incorporar aparcamientos subterráneos o integrados paisajísticamente representa una ocasión que Palma no puede dejar escapar. La propuesta de aprovechar la nueva concesión del Real Club Náutico para recuperar parte de las plazas desaparecidas va en la dirección correcta, del mismo modo que explorar nuevas bolsas de estacionamiento dentro del recinto portuario constituye una solución lógica y compatible con el nuevo modelo urbano.
No se trata de volver al Paseo Marítimo de hace veinte años ni de renunciar al espacio ganado para los ciudadanos. Se trata de corregir un error evidente. Recuperar una gran parte de esas 1.200 plazas -las cifras barajadas de un centenar no son opción- significaría devolver competitividad a una de las principales zonas económicas de Palma, facilitar la vida diaria de miles de residentes y mejorar la accesibilidad de uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad.
Las administraciones tienen ahora la oportunidad de demostrar que saben rectificar cuando la realidad evidencia las carencias de una actuación. Aprovechar las obras previstas en el puerto para crear nuevos aparcamientos no sería dar marcha atrás. Sería, sencillamente, completar una reforma que nunca debió ejecutarse dejando sin resolver uno de los elementos esenciales de cualquier proyecto urbano: cómo llegan las personas hasta él.





