Resiliencia renovada para un entorno imprevisible

Retrato de Francisco Javier Fernández en el contexto de tecnología y turismo.

El riesgo ya no se comporta como antes. Las amenazas actuales rara vez aparecen solas. Se acumulan, se cruzan y se refuerzan entre sí. Un ciberataque puede afectar a proveedores, comprometer datos, paralizar operaciones y generar una crisis reputacional. Un fenómeno meteorológico extremo puede alterar infraestructuras, logística y servicios públicos. Una campaña de desinformación puede deteriorar la confianza justo cuando más necesaria es una comunicación clara.

Los riesgos son hoy más frecuentes, evolucionan más rápido y están más conectados. Por eso, la resiliencia deja de ser un plan interno o una exigencia formal para convertirse en una capacidad estratégica: proteger mejor a personas, activos y servicios esenciales.

El nuevo paradigma de la gestión del riesgo

Durante años, muchas organizaciones han gestionado la continuidad con una lógica estática: identificar riesgos, redactar planes y activar protocolos cuando ocurre una incidencia. Ese enfoque ya no basta. El contexto actual exige una gestión más preventiva, predictiva y preparada. No se trata solo de responder, sino de anticipar escenarios, detectar señales tempranas y actuar antes de que el impacto sea mayor.

La resiliencia moderna consiste en conectar personas, datos y acciones: detectar el riesgo, entender a quién afecta, comunicarlo con claridad, coordinar la respuesta y aprender después de cada evento. Debe formar parte de la cultura, de los sistemas de trabajo y de la toma diaria de decisiones.

Los grandes riesgos que marcarán 2026

Entre los riesgos más relevantes destacan los ciberataques, el uso malicioso de la inteligencia artificial, los fenómenos meteorológicos extremos, los conflictos geopolíticos, las interrupciones de la cadena de suministro, la desinformación, la inestabilidad económica y las policrisis. La cuestión no está solo en la gravedad de cada amenaza, sino en su capacidad de combinarse. Un evento climático puede provocar cortes eléctricos y problemas logísticos; estos pueden afectar a proveedores tecnológicos; una caída de servicios puede generar desinformación; y esa desinformación puede dificultar la respuesta.

Las crisis actuales funcionan como redes de impactos simultáneos. Afectan a seguridad, tecnología, operaciones, comunicación, recursos humanos, cumplimiento y reputación. Una organización resiliente no es la que tiene un plan por departamento, sino la que dispone de visión común, información compartida y capacidad de decisión coordinada.

Ciberseguridad e inteligencia artificial

La ciberseguridad ya no es solo un problema técnico. Es un riesgo operativo, financiero, reputacional y de continuidad. Los ataques se dirigen a sistemas internos, proveedores críticos, entornos cloud, plataformas compartidas y tecnología operativa. Una vulnerabilidad en un tercero puede afectar a muchas organizaciones y paralizar servicios esenciales. Entre las amenazas más preocupantes destacan el malware impulsado por IA, los deepfakes dirigidos a directivos, la explotación de vulnerabilidades desconocidas y los ataques a cadenas de suministro digitales. La ciberresiliencia debe integrarse en la estrategia general de continuidad.

La inteligencia artificial también actúa en dos direcciones. Puede ayudar a anticipar riesgos, detectar señales tempranas, automatizar análisis y mejorar decisiones. Pero también puede escalar ataques, generar fraudes, crear deepfakes y producir desinformación convincente. La clave está en usar la IA con control: inventario de usos, supervisión humana, validación de modelos, pruebas previas y criterios claros para decisiones críticas.

Riesgo climático, desinformación y policrisis

Los fenómenos meteorológicos extremos ya no son episodios aislados. Incendios, inundaciones, sequías y olas de calor tienen efectos cada vez más persistentes sobre transporte, energía, salud, infraestructuras, cadenas de suministro y continuidad de servicios. En territorios turísticos, la presencia simultánea de residentes, visitantes internacionales, actividades al aire libre y espacios naturales sensibles exige reforzar los sistemas de información preventiva. La seguridad no depende solo de buenos servicios de emergencia, sino de que las personas sepan qué ocurre, qué zonas evitar y cómo actuar.

La desinformación se ha convertido en un riesgo directo para la resiliencia. En una crisis, la información falsa puede retrasar decisiones, confundir a la población y erosionar la confianza. Por eso, la comunicación debe ser clara, trazable, reconocible y distribuida por canales seguros.

La policrisis agrava este escenario: varios riesgos se producen a la vez y se refuerzan entre sí. Frente a crisis compuestas, los métodos tradicionales fallan. Se necesita visión integrada, mando coordinado, información compartida y capacidad de priorizar bajo presión.

El reto en los destinos turísticos

Este enfoque es especialmente importante para destinos turísticos, municipios y territorios con alta movilidad. La población expuesta no está formada sólo por residentes, sino también por turistas internacionales que pueden no conocer el idioma, el territorio, los canales oficiales o las conductas básicas de autoprotección. Por eso, la información de seguridad debe ser accesible, contextual y comprensible. No basta con publicarla en una web institucional o colocar carteles físicos. Muchas veces, la persona necesita recibir información temprana, en su idioma, vinculada al lugar donde se encuentra y con instrucciones claras.

Los destinos inteligentes deberán incorporar la resiliencia como parte de su propuesta de valor. La competitividad turística dependerá también de la capacidad de proteger, informar y orientar ante riesgos cambiantes.

La seguridad se construye antes de la crisis

La seguridad no empieza cuando se activa una emergencia. Empieza antes: cuando se detecta una señal temprana, se actualiza una información preventiva o una persona sabe qué ruta evitar, qué zona tiene riesgo o qué conducta debe seguir.

La información preventiva es una forma de protección. La comunicación clara es una herramienta de seguridad. La trazabilidad ayuda a mejorar la gestión. La analítica permite aprender. Y la tecnología permite llegar más lejos y más rápido, siempre que forme parte de una estrategia coherente.El reto no consiste en sustituir los sistemas públicos de emergencia, sino en complementarlos con capas de información preventiva, contextual y operativa. En un mundo de riesgos simultáneos, la comunicación debe ser anticipada, localizada, multilingüe y accionable.

Conclusión

La resiliencia debe avanzar al mismo ritmo que unos riesgos cada vez más rápidos, complejos e interdependientes. Los planes estáticos, las respuestas fragmentadas y las comunicaciones lentas ya no son suficientes. La nueva realidad exige anticipación, monitorización permanente, alertas claras, respuesta coordinada y aprendizaje continuo.

Proteger mejor dependerá de tres capacidades esenciales: detectar antes, comunicar con claridad y aprender más rápido. La seguridad que viene no empieza con la emergencia, empieza con anticipación.

Javier Fernández, CEO & CPO de Citialert - Seguritur Solutions

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