OPINIÓN

Revolución de narices en un mundo que sabe a ventana

Narrar el mundo supone transmitir la experiencia humana a través de los sentidos. Piel, boca, ojos, oído y nariz, son los canales por los que el cuerpo se convierte en el lienzo de la literatura. Sin embargo, opino que no todos los sentidos exigen el mismo esfuerzo a la mente del escritor.

Comenzando por el gusto, invoco a la célebre magdalena de Marcel Proust en "En busca del tiempo perdido", cuyo sabor abre las compuertas de la infancia en Combray, y siguiendo en la misma línea nostálgica, recuerdo a Gabriel García Márquez  en "El amor en los tiempos del cólera", donde los sabores definen el alma humana: el paladar del Doctor Urbino -quien rechaza una infusión porque "sabe a ventana"- las odiadas berenjenas en la niñez de Fermina Daza cuyo sabor, en su paladar adulto, se transforma emulando la madurez matrimonial. También recuerdo haber disfrutado la percepción del mundo a través de la vista en otra obra magistral, en este caso, de José Saramago "Ensayo sobre la ceguera" donde la pérdida de visión desnuda el egoísmo social de la humanidad. Por lo que respecta al sentido del oído, León Tolstói demuestra en "La sonata a Kreutzer" como la música es una fuerza viva capaz de desatar pasiones incontrolables. En cuanto al tacto, Milan Kundera en "La insoportable levedad del ser" convierte la exploración física en conocimiento profundo a través del erotismo de Tomás. La singularidad de los amantes acariciando detalles tan íntimos como una calva, transforma la piel en la única frontera de la identidad, es piel con piel cuando se derriban todos los límites autoimpuestos.

Aun siendo todos ellos sentidos por igual, no es igual la simetría entre ellos pues cuatro gozan de un privilegio léxico que no tiene el quinto. Mientras, por ejemplo, el oído se apoya en la precisión matemática y secuencial de los tonos y armonías, el tacto goza de un catálogo exacto de texturas autónomas -lo rugoso, lo terso, lo viscoso...-; el olfato sin embargo habita la orfandad lingüística. Carecemos de adjetivos exclusivos para describir aromas, estando condenados a la analogía al invocar objetos de los que emana el olor: "huele a café", "huele a mar".

Esta asimetría, por lo visto, se debe a una trampa neurológica. Las señales del oído y del tacto viajan primero al tálamo, el filtro racional que organiza la información antes de enviarla a la corteza cerebral, donde reside el lenguaje. El olfato, en cambio, es un rebelde que se salta el tálamo y golpea directamente el sistema límbico, la región más primitiva del cerebro donde se gestionan las emociones y la memoria.

Patrick Süskind entendió perfectamente esta asimetría sensorial del olfato plasmando en "El perfume" a un protagonista, Jean Baptiste Grenouille, sumido en el mundo olfativo donde los aromas gobiernan los deseos, odios, amores y demás pasiones de manera sigilosa e imperceptible por la propia humanidad. Con la obra de Süskind aprendí que es el olfato quien impacta en nuestro sentir mucho antes que el hablar, comprobé que efectivamente me estremezco antes de procesar racionalmente qué estoy oliendo.

Por este motivo considero que el olfato es el sentido que más urgentemente tenemos que desarrollar. En nuestra era vivimos en una sociedad profundamente infantilizada, diseñada para anestesiarnos. Es un mundo colonizado por el impacto visual inmediato de las pantallas y por bombardeos algorítmicos. Nuestro paladar ha sido condenado a la dictadura del ultraprocesado, a la uniformidad de sabores artificiales que borran los matices a tierra. Nuestras manos habitan una burbuja pulida de cristales que nos hacen olvidar lo que es verdaderamente áspero, rugoso o punzante.

El sistema actual nos quiere estandarizados, predecibles y planos. Por eso, resistir a través del olfato es un acto revolucionario y reivindicativo. Os propongo describir un aroma con precisión milimétrica, atrapando su volatilidad en un papel, veréis que es un acto que exige una concentración feroz y un dominio de léxico descomunal, un gran desafío para la palabra escrita. Afinar el olfato o nombrarlo significa rebelarse contra esta superficialidad domesticada. Nos obliga a recuperar esa otra valiosa acepción del término: la intuición. En una época ciega, ruidosa, de sabores planos y de magreo desprovisto de pasión amorosa, quien "tiene olfato" no necesita dejarse guiar por estímulos prefabricados del entorno. Posee la perspicacia indómita de quién sabe descifrar lo invisible y caminar guiado por los hilos más complejos y salvajes de la memoria.

Maria Francisca Oliver

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