Como diría Humphrey Bogart

El maestro Alfredo Bryce Echenique, recientemente fallecido, publicó hace algunos años un magnífico libro de relatos, Guía triste de París, que llamaba poderosamente la atención ya desde su mismo título, en especial a quienes nos considerábamos admiradores incondicionales de este gran escritor peruano.

«Guías prácticas hay, buenas y malas, pero que yo sepa no existen guías tristes, y mucho menos de París», explicaba con su melancólico y tierno humor en el prólogo de aquel libro. Seguramente sin pretenderlo, Bryce Echenique estaba entreabriendo entonces una posible nueva senda literaria, la de las guías que se podrían situar a medio camino entre lo académico y lo personal.

Por ello, si ese novedoso género editorial acabase haciendo fortuna algún día más allá de Guía triste de París, podríamos encontrar en los anaqueles de las librerías no sólo las tradicionales guías de viajes, sino también ese otro tipo de guías más concretas, que no tendrían por qué ser siempre tristes, pues las podría haber también alegres, jubilosas o sentimentales, aunque casi todas las guías acaban siendo casi siempre un poco sentimentales, sobre todo cuando encontramos en su interior evocadoras fotografías que nos inducen a querer viajar a esa hipotética ciudad soñada.

Ese es el principal motivo por el que tengo en casa más guías de viajes que novelas románticas, muchas de ellas de ciudades que aún no conozco, como Nueva York, Boston, Praga, Venecia o Copenhague.

En mis momentos de mayor ímpetu viajero, que tampoco han sido muchos, incluso he fantaseado con la posibilidad de quedarme a vivir de manera permanente en alguna de esas grandes ciudades o de otras a lo mejor algo más pequeñas o poco conocidas, pues en principio casi cualquier ciudad nos tendría que parecer buena para poder residir en ella, porque casi en cualquier ciudad podemos encontrar lugares, situaciones y personas fascinantes.

Siendo todo ello así, si pudiese elegir una ciudad en la que poder vivir siempre, seguramente elegiría París, a pesar de que sólo la he visitado una vez hasta ahora, hace ya algo más de un cuarto de siglo.

Elegiría París porque me gustan sus calles y sus avenidas, sus tiovivos, sus cafés, sus iglesias, su río, su gente; porque me gustan sus días fríos y sus noches heladas en invierno, porque me gusta su luz. Escogería París para poder esconderme en el rincón de cualquier café y ver desde allí la vida pasar, para poder ser, a mi manera, dichosamente infeliz o infelizmente dichoso.

Elegiría París porque es la cuna de los pintores impresionistas, de la Nouvelle Vague, de los artistas bohemios y de las femmes fatales. Escogería París porque la frase quizás más famosa de Casablanca y de la historia del cine tiene que ver sobre todo con la capital francesa, cuando Humphrey Bogart le dijo a Ingrid Bergman: «Siempre nos quedará París».

Elegiría París, en fin, no sé muy bien por qué, como no sabemos muy bien a veces por qué sonreímos, lloramos o nos enamoramos. O tal vez la escogería porque me parece la ciudad más hermosa, o la más melancólica, al modo de Bryce Echenique.

Ese sería mi deseo, que no sé si algún día se hará o no finalmente realidad. Pero de lo que sí estoy casi seguro es de que cuando yo ya me haya ido, mi espíritu vagará tranquilo y sereno por las calles de París, formando parte de la brisa de un día de otoño hermoso y frío, y, no haría falta decirlo, melancólicamente feliz.

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