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Ruido

miércoles 22 de enero de 2020, 03:00h
Así como la paciencia es la madre de la ciencia, el ruido es la sensación auditiva inarticulada generalmente desagradable. O, al menos, algún diccionario lo define de tal guisa. Es sabido que, usualmente, las definiciones tienden a complicar la simple realidad de la esencia de aquello que se pretende declarar. Y, para más inri, como en la definición propiamente dicha de cualquier existencia -ya sea inmaterial o material- se prohíbe la exhibición de la palabra definida, pues bueno, ya me contarán ustedes... pura ilusión del espíritu.

El ruido, su concepto, ha ido en aumento a lo largo de la historia. Debo suponer que en lo que vulgarmente llamamos “prehistoria” un silencio imperioso reinaba en el mundo. Cuando imaginamos situaciones posibles en las edades referidas, vemos en nuestra mente poca gente medio vestidos (o medio desnudos, o emperifollados con taparrabos como prefieran), habitando en cuevas en las que algunos -los más gandules- se dedicaban a pintar bisontes en las paredes (más que nada para pasar el rato; todo se hacía largo) y otros -los más “tiraospalante- salían con palos a cobrar algún que otro bisonte allí donde los hubiera con el solo objetivo de zampárselos para sacar el vientre de pena, tal y como reconocían los ancestros catalanes. Para este tipo de actividades digamos rupestres no necesitaban ningún tipo de ruido, ni tan siquiera chillarse a grito pelado entre ellos; si acaso, alguna riña de tipo matrimonial o eso. Probablemente, lo único que provocaba estruendo fueran los rugidos que proferían los ya citados bisontes cuando les molían a palos; ellos, los bisonte, generalmente, no se dejaban y, claro, al quejarse, pues eso...

Bueno, al grano: una vez pasado este y otros enormes lapsos de tiempo (eras), y a medida que la civilización avanzaba, la calma quedaba frenada y el estrépito se situaba en portada. Griegos y romanos -y no digamos los bárbaros que, además eran de fuera- ya empezaron a montar ciertos pollos con maquinaria de guerra que, aun siendo manuales ya zumbaban lo suyo. Ya antes, los egipcios -y sobre todo sus esclavos- vociferaban mientras trabajaban con sudor elevando sus martingalas en forma de pirámides y demás. Siguiendo con este repaso de la Historia (algo simplista, si quieren) vienen los góticos y no se les ocurre otra cosa que empezar a levantar catedrales y, por lo tanto, los obreros no susurran mientras alzan piedras mastodónticas; no blasfemaban por la cosa de tratarse de iglesias pero, no siendo vascos, vociferaban como salvajes.

Ahora bien, el arranque violento en el proceso de crear ruido (ya en plan serio) se produce durante la Revolución Industrial, nacida en Inglaterra donde, ya se sabe, sus gentes (los hooligans, especialmente) son campeones de armar cristos allá por donde pisan; cerveza caliente y ginebra es una mala combinación. La irrupción del vapor y, más tarde, de la electricidad es el punto álgido que marca la globalización del ruido como tal.

En los últimos años de nuestra civilización, la maquinaria industrial, la tecnología punta y, evidentemente, la coña marinera del bricolaje ha hecho el resto. Hoy, ni se puede pasear por el campo, en donde tractores, camiones de abono y todo tipo de maquinaria agrícola ha eliminado el canto de los tordos o el croar de los sapos (creo que los sapos no croan, pero feos de cojones sí que lo son) ni, mucho menos, conviene transitar por las urbes donde la ley la imponen los coches, las hormigoneras y los martillos hidráulicos y, por si fuera poco, en los interiores de los pisitos es imposible respirar auditivamente a causa de los taladros, estufas y calentadores de gas, equipos de audio, televisores y muchos otros artilugios caseros con cable o sin él.

Dicen que la mejor música es el silencio y, su seguro servidor, firma esta preciosa sentencia. Uno es partidario del silencio y, si puede ser absoluto, mejor que mejor. El ruido -si me disculpan- es un coñazo de mucho cuidado. El fragor, así en general, es un puro desastre. Sometidos a un fragor constante y sin pausa, las personas no son capaces de pensar (los que ejercen, ¡claro!) ni de leer (sí, sí, si se busca bien, aun queda algún despistado) ni de resolver crucigramas (una de mis grandes aficiones) ni de escuchar música auténtica y virtuosa (no me refiero a Los Chunguitos); ni de relajarse sin tapones en los oídos y litros de tila. No hablemos de los pobres humanos que intentan dormir encima de un garito de copas.

En fin, camaradas, soy de los que viven bajo una situación de un silencio casi aclaparador. Desde mi terraza -o en el interior de mi pisito- puedo olfatear un silencio sepulcral que me va disponiendo para una correcta futura localización en mi cementerio de Martorell que será (próximamente y si ningún imbécil no dispone lo contrario) mi morada eterna.
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