El endeudamiento que padece nuestra autonomía es lamentable; somos incapaces de pagarlo en los próximos veinte años, arruinando así las posibilidades de crecimiento de esta región. Lo peor no es que debamos dinero, sino que lo hayamos gastado en conceptos incapaces de generar riqueza. ¿De qué sirve gastarlo en sueldos? ¿Qué utilidad tiene que se invierta en subvenciones a amigos de uno u otro bando? ¿Para qué tenemos que pagar televisiones, cuyo producto acaba y muere cuando se emite, sin generar ni siquiera un ocio de calidad? Si tuviéramos esta misma deuda pero hubiéramos conseguido un prestigio turístico internacional alto, o si tuviéramos una ciudad de las ciencias y de las artes como Valencia, o un museo como el de Bilbao, o si hubiéramos reconvertido una zona turística como para captar viajeros que vengan a visitarnos, habríamos hecho una inversión productiva. Pero no. Hemos dilapidado el futuro sin siquiera ser conscientes de ello. Hemos gastado y no lo hemos disfrutado. Ni nos hemos enterado. Hemos hecho el ridículo y encima no estamos avergonzados.



