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Sobran culpas y acusaciones, faltan explicaciones

viernes 20 de septiembre de 2019, 01:00h

Ya sabemos cual será uno de los principales ejes del debate en la próxima campaña electoral: la atribución de la culpa por habernos empujado a unas nuevas elecciones. Esta será la nueva idea fuerza, al menos hasta que estalle la situación en Cataluña y puedan observarse los efectos de esa crisis en la preparación de los comicios.

Ahora bien, si por la víspera se adivina el día, el último pleno del Congreso nos indica que el debate por la responsabilidad del bloqueo va a ser principalmente una serie de dimes y diretes (que si en determinado momento propusimos tal cosa, que ustedes rechazaron de plano, sí, pero al día siguiente nosotros propusimos tal otra y ustedes la desconocieron… y así hasta el infinito). Si no lo remediamos por otras vías, quedaremos huérfanos de una verdadera reflexión sobre el fracaso de la formación de un nuevo Gobierno.

En realidad, la búsqueda de una explicación rigurosa debe hacerse respecto del conjunto del sistema político, entendiendo por este no sólo la cúspide de la institucionalidad política, sino también los actores y sus vehículos (partidos), así como las actitudes políticas de la propia ciudadanía. En cualquier caso, todo indica que hay un punto de partida evidente: el sistema político, entendido así de forma amplia, se ha desajustado con la desaparición del escenario simple que ofrecía dos únicas opciones y la fragmentación en cuatro fuerzas principales (ahora cinco con VOX), además de la persistencia de las formaciones menores, sobre todo de tipo autonómico.

Las disfunciones en la institucionalidad política refieren sobre todo al campo de la normativa electoral. En la actualidad, el sistema busca premiar a una de las opciones en liza dentro de un escenario bipartidista, pero ello resta representatividad a una oferta mas compleja y la obliga a buscar un escenario bipolar antes de llegar al parlamento, para no desperdiciar votos.

En cuanto a los actores y sus partidos, la fragmentación parlamentaria les ha exigido un incremento de la capacidad de negociar a varias bandas, para la que evidentemente no estaban preparados. Si tomamos en cuenta que esto se producía en medio de una falta de tradición de pactos y de una carencia notable de sentido de Estado, tenemos el plato servido para el fracaso a la hora de formar gobierno. Sobre todo, porque, en teoría, no faltaban opciones posibles de coalición. La más obvia, que se manifiesta con alta frecuencia en el resto de Europa, era un acuerdo entre socialdemócratas y liberales, ya que los escaños de PSOE y Ciudadanos daban una mayoría sobrada en el Congreso. Pero el sector radical acunado por Sánchez dentro de su partido (ese que gritaba en Ferraz ¡Con Rivera NO!) hacían muy difícil reeditar el pacto que habían firmado en 2016. Por su parte, Rivera se sumó al noismo por razones partidarias de corto y largo plazo. Y su propuesta en tiempo de descuento no tenía destino alguno.

Otra posibilidad era optar por una gran coalición entre el PSOE y el PP (o incluyendo también a Ciudadanos), pero eso sería como un rayo en un cielo sereno dentro de los parámetros corrientes de nuestra opinión pública. Eso puede hacerse en Alemania sin que nadie (o muy poca gente) crea llegada la hora de rasgarse las vestiduras. Pero en España hay que reservarlo para ocasiones extremas, para evitar un rebote de desencanto.

Finalmente, cabe una explicación más de fondo sobre las causas que han impedido el pacto de PSOE con Podemos. Es cierto que las soberbias personales de los líderes han hecho más difícil la tarea. Pero el fondo del asunto reside en que Sánchez y su entorno han sabido desde hace tiempo que Podemos podía ser un aliado preferente para la investidura, pero era también una bomba de tiempo para gobernar. Porque Podemos no es simplemente una fuerza filoleninista de extrema izquierda, sino que también mantiene buena parte de su espíritu populista, sobre todo en buena parte de sus bases, que le hacen seguir optando por soluciones simples (obtenidas mediante el asalto a los cielos), por encima de reglas y normas legales. En el fondo, es la propia naturaleza de Podemos lo que hacía muy difícil -si no imposible- participar de un gobierno que tendría que adoptar políticas socialdemócratas, a menos que el propio gobierno adoptara una posición radical. Y lo cierto es que en los últimos meses Sánchez ha dado señales de querer presentarse en Europa como un dirigente socialdemócrata homologado.

Pero la incapacidad de los representantes políticos está anclada en la baja calidad de la cultura política de la ciudadanía. El redito político de las actitudes negativas (no es no) y el atrincheramiento en los propios argumentos atraviesa la cultura política de amplios sectores de la sociedad española. Afortunadamente, varios analistas ya han percibido que la conducta sectaria de nuestros representantes políticos cabalga sobre estos mismos comportamientos presentes en la ciudadanía. He leído un análisis de Ignacio Camacho en ABC sobre la posibilidad de que los resultados de las próximas elecciones no sean tan diferentes a los de las pasadas, sobre la base de la cultura política de banderías existente en la ciudadanía, que comparto plenamente.

En realidad, estamos asistiendo a un fenómeno curioso en España que debería ser estudiado en las facultades de ciencia política. La ciudadanía ha sido capaz de diversificar sus opciones políticas y electorales, pero lo ha hecho manteniendo rasgos fundamentales de la tradicional cultura política nacional, caracterizada por el numantinismo, la confrontación, el sectarismo y el gusto por las banderías.

En este contexto, cabe destacar el buen pulso mostrado por el Rey. Pese a las peticiones que se le han hecho de influir en la arena política (abiertamente por parte de Podemos), se ha mantenido en su función constitucional de arbitraje institucional, dando muestras de un sentido de Estado que no es precisamente lo que caracteriza a los actores políticos. Parece fácil comprender a la gente que, proveniente de una cultura republicana, consideramos el papel de la Corona como un factor de equilibrio y estabilidad de un sistema político que necesita readecuaciones considerables.

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