La convivencia es probablemente una de las cosas que hacemos a diario y que resulta, a veces, de una dificultad casi insoportable.
No pretendo culpar a la tecnología pero sin duda esta ha influido en nuestra convivencia diaria por varios motivos, la inhibición que produce una pantalla; no tener delante la persona con la que intercomunicamos y como me hizo ver una ilustre Psicóloga a la que aprecio y le debo mucho, Susana Ivorra, en el momento en el que envías el mensaje este deja de ser tuyo y pasa a ser del receptor que interpretará tus palabras según su opinión.
Pero retrocedamos en el tiempo, la convivencia anteriormente era familiar, laboral y unos peldaños menos social (salvo para los hombres que después de la peonada se iban al bar de debajo de casa a arreglar el mundo, a hacer de seleccionadores nacionales o para burlarse al seguidor del Madrid o Barça, según había ido la jornada del domingo), esto con una sola cadena y en blanco y negro. Cuando llego la televisión allá a finales de los setenta la cosa no cambió si bien mucha gente se juntaba en los bares que tenían televisión en color y se socializaba, para bien o para mal y a veces el alcohol a base de cañas o soberanos (siempre hemos sido monárquicos) se convertía en un delito que siempre me ha dado gracia, riña tumultuaria.
La convivencia no elegida, como es por ejemplo la laboral o la escolar nunca ha sido fácil pues no todo el mundo puede caerse bien. Incluso en esa convivencia laboral se han producido situaciones de abuso de superioridad durante muchos años no solo denunciados sino llevados en secreto pues con un machismo indecente se les decía a las mujeres algo así como tu le habrás provocado. Como si eso diese carta de naturaleza al jefe, al superior o al compañero de excederse con una compañera de trabajo. Como sufriría ella. Creo, espero y deseo que en ese campo se haya mejorado.
Mención especial y grave merece la convivencia de escolares con teléfonos móviles a su disposición; en mis tiempos ya había abusos, estaba el cuatro ojos, el bola al ser gordo y seguro que alguno más, imagino que para ellos no debía ser agradable pero no tenía la maldad que tiene ahora la grabación de los abusos que han llevado a algún niño, adolescente o joven al suicidio. Sin duda es culpa de los acosadores pero en mucha mayor medida de los padres que erramos en la educación que damos, en los medios que no están preparados para gestionar esos niños y sobre todo en la cosificación de las personas y en el que no pasa nada si nos metemos con alguien, somos seguidores de esa frase horrible importada de las películas americanas: ser populares. Ser populares ¿a costa de que y de quien?. Pensémoslo.
Les cuento una intimidad, sin detalles, el otro día tuve la oportunidad de dar dos abrazos a una persona a la que tengo en gran estima y con la que he compartido muchas horas de conversación y que nos habíamos distanciado probablemente por culpa mía. Al llegar a casa, relajado, en la soledad de la reflexión me dije estoy muy bien, hoy he hecho una cosa bien. Después Dios dirá.
Donde nos queda mucho por aprender (ya llegamos tardísimo) a jóvenes y adultos es en la redes sociales y en las de mensajería. A través de mensajería además de enviarse imágenes inapropiadas, y no quiero parecer un curilla, se transmiten sentimientos, a veces adecuados y muchas veces inadecuados; se transmite cariño y desprecio. Se transmite alegría y pena. Se transmite violencia o conciliación. Cualquier sentimiento se puede enviar y aunque a veces justo después de apretar el enviar hagas el gesto de querer recuperarlo el daño ya está hecho.
Para bien o para mal me ha tocado convivir en grupos en los que había personas a las que tenía sincero aprecio y otras que simplemente nos despreciaban y que a base de sentirse despreciado uno va sintiendo inevitablemente lo mismo. Hay un momento en la vida que uno ya no está por suplicar amor, cariño o amistad; hay que aceptar que el que no está es simplemente porque no quiere y donde no se te quiere no debes estar.
No puedo dejar de hablar de la convivencia comunitaria, yo soy afortunado pues entre mis vecinos hay buenos amigos pero lo que he llegado a ver en mi vivencia profesional es absolutamente lamentable. En las reuniones de comunidad, todas muy parecidas pues asisten los mismos tipos de personas, lo que se llega a decir, lo que no se dice pero se insinúa que puede ser más ofensivo que lo que se dice, demuestra lo cainitas que podemos llegar a ser por cualquier estupidez.
Como tantas cosas en este país el problema de la convivencia sería más llevadero si fuésemos personas más educadas y respetuosas y el problema de ambas es que no se compra con dinero, con lo cual no entiende el espíritu de la convivencia, de empleos, clases sociales ni estudios, cuando uno es agresivo en una conversación no depende más que de si mismo.
No puedo, para terminar, algo que una persona querida me dijo el domingo sobre mi colaboración con Stella Maris: sempre amb el cor obert. Nunca me habían dicho nada tan hermoso. Me emocionó. Gracias.





