Sóller vive estos días sa Fira i es Firó. Fiesta, cultura, historia, identidad, tradición y esperanza. Esperanza en la juventud de Sóller que desde hace unos años está recuperando la tradición y la identidad del pueblo y del valle de la Serra de Tramontana. Porque Sóller es más que el pueblo, que el puerto y que las naranjas. Y ante la población que nos ha inundado, solo lo auténtico, lo genuino, lo históricamente mallorquín debe ser preservado, garantizado y conservado. Y por eso, defiendo que la Fira y es Firó se limiten a los residentes y sus invitados. Sí, en este tema soy egoísta y pido que se limite el acceso a los externos a la fiesta. Los que la quieren ver, tienen una excelente cobertura mediática de los profesionales de la radio y la televisión IB3. Lo verán y lo oirán mejor que si estuviesen en la plaza del Ayuntamiento, en el puente den Barona, en las playas de can Generós i den Repic o ca les valentes dones y la calle de la Luna. Lo verá y lo disfrutará. Pero mejor, que no acuda. Este fin de semana de fiestas, el acceso al valle está colapsado a todas horas. No cabe ni un vehículo más. No hay sitio para aparcar y son muchos los borricos que no respetan las prohibiciones en la carretera y en las calles del pueblo. Ojalá que no tenga que pasar a toda velocidad ni ambulancias ni bomberos.
Es Firó no es solo una batalla. Es la identidad de los pobladores de Sóller, en el año 1561, y la realidad de los descendientes en el siglo XXI. Las fiestas de moros en Pollensa, Calviá y en los pueblos de Alicante son parecidas, pero en las de Sóller hay un elemento diferenciador: el residente. En todas las familias del valle hay miembros que se unen a uno de los dos bandos. Conviven juntos moros y pageses. En cada casa hay miembros de los dos bandos e incluso cambian de bando según les venga la fiesta. Pero todos están juntos en la recreación histórica de la batalla. Y lo más importante, ya no es una batalla de hombres contra hombres, y la presencia histórica de les valentes dones. Es más. En los últimos años, el Ayuntamiento ha sabido incorporar a las mujeres y a los niños. Y han empezado por enseñarles a cantar Som Solleric. En la forma mallorquina del presente de indicativo del verbo ser. Todas las mujeres se visten con el traje tradicional. Al igual hacen con los niños. Y cuando les preguntas si quieren ser payeses o moros, te contestan que da igual, un año moro y al otro pagés, porque mis amigos son pagesos o moros. Identidad de un pueblo que sabe mucho de identidades. Sóller era musulmana hasta la llegada de los cristianos. En 1230 levanta una iglesia bajo la advocación de la Mare de Déu de la Victòria. Imagen que fue mutilada por los sarracenos el día de la batalla. Por cierto, un detalle que se ha olvidado en la fiesta. Curiosamente en la iglesia, hay una talla de la Mare de Déu de Lluc y otra del Crist de la Sang. Más mallorquines imposibles
Sóller fue, en 1900, de los primeros pueblos que autorizó un cementerio para protestantes. No hay que olvidar que durante 650 años estuvo aislada del resto de la isla, sobre todo de Palma, con quien mantenía comercio por vía marítima. Sus negocios y exportaciones se enviaban a Francia. Sobre todo la naranja. Cuando la de Sóller pasó su plaga, compraron las de Valencia y las exportaban como sollericas. Mientras que los sollerics emigraban a Puerto Rico y a Francia, se iniciaron nuevas dinastías de emprendedores que volvían a casa con mucho dinero. De esos capitales, el que Sóller sea el pueblo de Baleares que tiene una mayor y más importante colección de edificios modernistas. Edificios en la calle de la Luna que visitó la reina Isabel II en septiembre del año 1860 y donde se interesó por las hiladoras de seda que, se decía, eran las mejores de toda España. Tal vez el poema de la Balanguera sea un homenaje a las filadoras de Sóller; habrá que investigarlo. Tanto aceite y tanta naranja tenía que tener una consecuencia gastronómica para los sollerics. En 1880, Miquel Lladó montó la primera matança, es decir, una carnicería que fabricaba artesanalmente sobrasada, butifarrón y el paté francés que tanto se conocía y se consumía en las familias relacionadas con el pueblo galo. Sóller es mucho más que todo esto, pero sobre todo es mallorquinidad. Justo de lo que hace mucha falta en la isla.




