La semana pasada, la Asamblea Nacional francesa aprobó el proyecto de ley para prohibir el acceso a las redes sociales a los mejores de quince años. Además, veta los móviles en los institutos. Van cayendo las piezas poco a poco, pero Francia es interesante. ¿Qué hay detrás de la prohibición? Macron justificaba la norma, un tanto hinchado: “Porque el cerebro de nuestros hijos no está en venta. Ni a las plataformas estadounidenses ni a las redes chinas. Porque sus sueños no pueden estar dictados por algoritmos. Porque no queremos una generación ansiosa, sino una nación que crea en Francia, la República y sus valores”.
Cuando Macron pone el cerebro de los hijos de Francia encima de la mesa (no literal), está señalando a los mecanismos adictivos que utilizan las redes para maximizar tiempo de exposición y volcado de datos. Aquí tenemos a una máxima autoridad pública poniendo en negro sobre blanco lo que en otro momento era un discurso conspirandoide. Es decir, señala el modelo de negocio que, cual máquina tragaperras, nos quiere enganchados la mayor cantidad de tiempo posible compartiendo e interactuando con la máquina muchas veces. ¿Para qué? Para poder perfilarnos, medirnos, calarnos y que nos pongan anuncios. Pero resulta que ese mecanismo adictivo tiene un efecto distinto en un menor que en un adulto. Aquí está el tema. Entiendo que cuando habla de los sueños dictados por los algoritmos se toma una licencia literaria, me suena a Philip K. Dick. Hay algo perturbador en esta idea. Pero lo cierto es que se ha escrito y explicado que tal es la extensión de este capitalismo de la vigilancia, tan profundo y en ámbitos tan íntimos está escarbando (la música que escuchas, qué comes, qué ves, qué lees, con quien te comunicas, donde vives, donde paras, donde trabajas,) que la siguiente frontera bien podría ser el sueño. ¿Creen que exagero? La última política de privacidad de TikTok para EEUU incluye en datos recabados: ubicación GPS precisa, datos biométricos (plantillas biométricas de rostro y voz), orientación sexual, origen racial o étnico, creencias religiosas, salud, estado migratorio o ciudadanía. Pero ¿de dónde viene todo esto? Según TikTok a través de encuestas o contenido generado por los usuarios. Ahora crucen ustedes esa información y pónganla en el contexto de acción del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y vamos a discutir eso de que yo no tengo nada que ocultar. No tienes nada que creas que tienes que ocultar. Lo cierto es que no queda mucho por ocultar. O peor, no es necesario que ocultes nada, ya lo saben.
En cuanto a la ansiedad, son numerosos los estudios que señalan el impacto que tiene en la salud mental el uso de redes por parte de menores. La idea es muy simple. La red social es adictiva por diseño, por lo que su uso tiende a compulsivo. Ya estás otra vez con la matraca, Diego. Vamos con datos: el 33% de los usuarios de entre 12 y 16 años de internet se encuentra en riesgo de hacer un uso compulsivo de los servicios digitales (fuente: Impacto del aumento de uso de internet y las redes sociales en la salud mental de jóvenes y adolescentes, Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad, Red.es, Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial). Veremos en los próximos meses distintas aproximaciones a la verificación de edad en línea.
Sobre los valores, no sé si republicanos, una cita de Éric Sadin: “la personalización algorítmica y pixelada de nuestra relación con el mundo acalla nuestro poder de acción, que depende del ejercicio de nuestro propio juicio y compromete a nuestra conciencia y responsabilidad”
Será que no debemos cejar en nuestra toma de decisiones, no sea que otros las tomen por nosotros.



