Hay tardes en las que la tauromaquia se explica por un instante. Un natural, un cambio de mano, un remate de pecho o una estocada bastan para justificar el viaje. Y hay otras, como la vivida este jueves en el Coliseo Balear, en las que un torero consigue convertir una corrida de figuras en una proclamación de su mejor momento.
Alejandro Talavante compareció en Palma con el crédito que le concede una temporada inspirada y abandonó el ruedo como el gran triunfador de una noche de toreo de altos vuelos.
El público, que llenó prácticamente los tendidos del Coliseo, acudió atraído por un cartel de máxima categoría: José María Manzanares, Alejandro Talavante y Roca Rey frente a un encierro de Núñez del Cuvillo. Y la plaza respondió con ese ambiente especial que sólo producen las grandes citas, confirmando el excelente momento que atraviesa la temporada taurina mallorquina.
La corrida tuvo movilidad, nobleza en varios de sus ejemplares y el fondo suficiente para que los tres espadas pudieran expresarse, aunque no todos encontraron el mismo eco.
TALAVANTE, EN ESTADO DE GRACIA
Talavante volvió a demostrar que atraviesa uno de esos estados de gracia que aparecen muy de tarde en tarde. En su primero construyó una faena de creciente intensidad, gobernando las embestidas con una naturalidad impropia de quien se juega la vida. Hubo temple, hondura y ese misterio que sólo poseen los toreros capaces de improvisar sin perder el gobierno de la lidia. Cada serie aumentaba la emoción y los naturales, largos y ligados, hicieron sonar con fuerza la música del triunfo. La estocada puso el broche y las dos orejas llegaron con absoluta justicia.
Lejos de conformarse, el extremeño volvió a dejar destellos de inspiración en el sexto. No encontró un toro de la misma condición, pero sí suficiente materia para volver a exhibir personalidad, inteligencia y recursos. La plaza ya estaba entregada a un torero que convirtió la noche en un monólogo artístico y que prolonga una temporada sencillamente extraordinaria.
LA ELEGANCIA DE MANZANARES
José María Manzanares dejó patente la pureza de su concepto. Toreó con exquisita elegancia, especialmente al natural, aunque su lote careció de la continuidad necesaria para redondear dos faenas que siempre apuntaron más alto de lo que finalmente pudieron alcanzar. Su clásica verticalidad y la limpieza de sus muletazos encontraron el reconocimiento de un público que sabe apreciar el buen gusto.
ROCA REY, ENTREGADO
Roca Rey volvió a ejercer de figura imprescindible. Su entrega jamás admite discusión. Se fue siempre donde el toro exigía, asumió los terrenos comprometidos y buscó el triunfo con esa determinación que caracteriza toda su carrera. Hubo emoción, valor y firmeza, aunque la espada y las distintas condiciones de sus enemigos impidieron que el premio fuera mayor.
La corrida confirmó también el excelente momento del hierro de Núñez del Cuvillo, cuya presentación fue irreprochable y que ofreció varios toros de gran interés para el lucimiento, sobresaliendo especialmente el segundo de la tarde, el gran colaborador del triunfo de Talavante.
El Coliseo Balear volvió a respirar ambiente de gran acontecimiento. La afición respondió, el espectáculo mantuvo el interés durante toda la noche y Palma confirmó que sigue siendo una plaza capaz de reunir a las máximas figuras y ofrecer acontecimientos taurinos de primer nivel.
Cuando se apagaron las luces y los aficionados abandonaban lentamente los tendidos, quedaba una certeza: el nombre de Alejandro Talavante había quedado escrito con letras mayores en otra de esas noches que permanecen en la memoria de la afición.
FICHA DEL FESTEJO
Plaza: Coliseo Balear (Palma). Casi lleno.
Ganadería: Seis toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados, nobles en conjunto y con buen juego, destacando el segundo.
José María Manzanares: ovación y oreja.
Alejandro Talavante: dos orejas y ovación.
Roca Rey: ovación y oreja.








