OPINIÓN

Te puse en el centro del mundo

“Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, una parte del océano”, dijo  el  gran   poeta    inglés  del s. XVII John Donne. Sobre la base de  la imagen insular,  Nunccio  Ordine  construyó una reflexión para sus alumnos de la Universidad de Calabria en torno a la contradictoria situación actual de Europa. No hace falta describirla. Todos, con matices, somos conscientes de la misma. Por mi parte, deseo destacar la evocación que suscita y que nos es especialmente cercana:

El Mediterráneo -que durante siglos había favorecido los intercambios de mercancías, de lenguas, de cultos, de obras de arte, de manuscritos y de culturas, se ha convertido, en los últimos años, en un féretro líquido en el que se acumulan miles de cadáveres de migrantes adultos y de niños inocentes. Hoy el Mare Nostrum  (…) es percibido por los partidos xenófobos europeos como una frontera natural y no como una oportunidad para facilitar tránsitos y comunicaciones de un territorio a otro” (Los hombres no son islas, Acantilado, 2022,  págs. 12-13). 

Casi con el mismo tono, el papa León XIV lanzó, desde Canarias, este mensaje a Europa: “No puede proclamar la dignidad humana y que los mares sean cementerios sin lápidas” o “¿Qué mundo hemos construido si tantos hermanos arriesgan la muerte para buscar la vida?” (‘El Mundo’, 12. 06. 26, págs. 1 y 12). Es más, acabamos de estrenar en Europa el derecho de retorno. ¿Es esta la solución deseada? ¿Acaso no contiene dosis importantes de frustración? ¿No se sigue viendo la imagen egoísta e insolidaria que ha imperado hasta ahora? En mi modesto entender, para este viaje no se necesitaban alforjas. No era esa la cultura imperante en Europa. Baste recordar, entre otros, nombres como Francis Bacon, Virginia Woolf, Séneca y Cicerón, Saadi de Shiraz, Montaigne, Shakespeare, de Maistre, Tolstói, Saint-Exupéry  (cf. Nuccio Ordine, op. cit., págs. 15-96), que te sorprenderán e ilustrarán al respecto).

La metáfora geográfica de John Donne ha servido y nos sirve en estos momentos oscuros de Europa y de la Humanidad para tomar conciencia que “los seres humanos están ligados entre sí y que la vida de cada hombre es parte de nuestra vida” (Nunccio Ordine, op. cit., pág. 13). O, dicho de otro modo, rebosantes de egoísmo y superioridad, amasados de narcisismo, dominados por la obsesión del consumo y abrazados a la propia individualidad, los europeos nos hemos organizado la vida, desde hace ya bastante tiempo, al margen de los valores y principios (espíritu y alma) que impulsaron la construcción europea. Es más, diría que hemos abandonado el “papel de ejemplo, incluso de modelo” (René Lejeune, Robert Schuman. Padre de Europa, Palabra, 2000, pág. 26) para el mundo de tal forma que, en el fondo, seguimos cuestionando el deber de ayuda y acogida de hermanos nuestros de la otra ribera del Mediterráneo, ponemos en duda la dignidad de todos los seres humanos y ‘el derecho de tener derechos’, en expresión feliz de Hannah Arendt.

Y, al hablar  de cuestionar la dignidad humana, no puedo por menos de aludir a la Oratio  de Pico della Mirandola: “La naturaleza determinada de los otros (seres) está contenida en leyes por mí prescritas. Tú te la determinarás, sin estar condicionado por ninguna frontera, según tu arbitrio, a cuya potestad te consigno. Te puse en el centro del mundo, para que tú descubrieras mejor todo lo que hay en él. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, libre y soberano artífice, te plasmaras y esculpieras en la forma por tí elegida. Tú podrás degenerar hacia las cosas inferiores, hacia los brutos; tú podrás regenerarte, según tu voluntad, hacia las cosas superiores que son divinas”.

¡La dignidad humana! Estamos ante una verdad universal, que todos estamos llamados a reconocer, como condición fundamental para que nuestras sociedades sean verdaderamente justas, pacíficas, sanas y, en definitiva, auténticamente humanas” (Decl. Dignitas infinita, 8.04.2024). Estamos ante una cuestión central y no sólo en el cristianismo. También de cualquier planteamiento social y político.

Gregorio Delgado del Río

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Gregorio Delgado del Río

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