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Tecno spanglish

sábado 04 de noviembre de 2017, 02:00h

Esta semana he asistido a una presentación sobre subvenciones para facilitar el despliegue de wifi de manera gratuita en municipios de la Unión Europe. En ella pude constatar cómo existen dos velocidades en todo lo que envuelve a los avances de la tecnología y el conocimiento que lleva aparejado. Una de generación y otra de asimilación por parte de la población.

Los ponentes, dos jóvenes telecos que superaban holgadamente la treintena, hablaban un idioma que podría definirse como tecno-spanglish por su alta dosis de conceptos tecnológicos y términos anglófonos junto al castallano como lengua vehicular.

Nada más acabar la exposición, un alcalde de una pequeña localidad de la Serra de Tramuntana, a quien por el solo hecho de serlo se le presupone cierto nivel cultural, tomó la palabra diciendo que solo había entendido la mitad de la exposición.

Aunque más habituado que el señor alcalde, también me surgió cierta sorpresa por la abundancia de tecnicismos empleados durante la charla. Tanto es así que fui apuntando, de motu propio, algunas expresiones que los ponentes empleaban con total normalidad y reiteración. Algunas son: “hacer firewalling”, “se puede hacer engagement e interactuar”, “hoy veremos dos slides pero me gustaría hacer zoom sobre este tema”, “es un entorno securizado”, “es una aplicación muy de drag and drop”, “te damos un voucher para probar unas gafas”. “estamos en el mundo de la apificación”, “un interfaz muy amigable”, “software defines network”, etc.

La interactuación de las culturas y, por tanto, de lenguas ha sido una constante en toda nuestra historia. La palabra peseta proviene del catalán, Binissalem del árabe, bechamel del francés, espaguetis del italiano y sunami del japonés. Aproximadamente un 60% del vocabulario castellano proviene del latín. El resto, que no es poco, de otras lenguas con predominio de la inglesa.

La incorporación de anglicismos cuando existe un equivalente más o menos exacto en el idioma propio puede ser síntoma de varias circunstancias. O bien, se intenta destacar sobre los demás o bien, es por comodidad. Tenía un profesor en el MBA que afirmaba que decir las cosas con nombres extraños y en inglés hacía que no te entendiesen y te valoraran más. Yo, más bien, creo que es al contrario. Cuánto más fácil sepas explicar una disciplina, más te valorarán porque creo que no todo el mundo sabe sintetizar y hacer asimilable según qué conocimientos. Y la capacidad de concreción y claridad no está al alcance de mucha gente.

La economía y nuestro trabajo diario también están lleno de anglicismos inútiles por tener una equivalencia en nuestro idioma pero, aún así, su empleo parece hacer más chic. He aquí una muestra: soy un community manager, vamos a hacer un coffee break, tengo un meeting para hacer una conference call, revisa el cash-flow de tu business plan, descargarse una app para el smartphone, lo haré asap (acrónimo de “as soon as possible”), haz un forward del mail y pones FYI (acrónimo de “for your information”), feel free para hacer lo que quieras, te haré un update de la información, no sobrepasar el deadline, tengo un workshop para hacer un brainstorming sobre business angels que quieren financiar start-ups, tengo reunión con el CEO, eres el last monkey y te tienes que comer tú los brownies...

Más allá de lo simpático, pedante o incluso triste que pueda parecer la fácil incorporación de anglicismos por parte de lenguas de adopción existen otras cuestiones derivadas. Por un lado la necesidad de formarse continuamente y evitar lo que le ocurrió al alcalde en cuestión. Si no se entienden los beneficios de la tecnología no se podrán aplicar para facilitar la vida de los ciudadanos. Aunque también decía otro profesor mío que un buen directivo no tiene por qué saber muchas cosas. Solo tiene que contratar a gente que sepa.

Pero, por otro lado, la cuestión que más me preocupa y que subyace en el hecho de que existan tantos anglicismos en las disciplinas relacionadas con la ciencia y la tecnología es que somos un país de seguidores. Los países que inventan y lideran la ciencia y la tecnología son, anglófonos, con Estados Unidos a la cabeza. Ojo con China y la robótica en los años venideros. Si tenemos que incorporar a nuestra lengua conceptos en chino mandarín, vamos a alucinar.

Si fuéramos capaces de simplificar los trámites administrativos para la creación de empresas tecnológicas; si fomentáramos el emprendimiento; si los bancos apostaran por el atractivo y potencialidad de los proyectos más que en las viviendas como medida de solvencia del emprendedor; si dejáramos de estar en la cola de Europa y se invirtiera más en I+D+i (sobre todo en la “i” minúscula que está al acceso de todos y no solo de las universidades y laboratorios); si se fomentara la “i” (de innovación) desde la escuela y se premiara la creación de ideas originales por raras que pudieran parecer; si los emprendedores tuvieran mayores descuentos en los inicios de los proyectos empresariales; si no se cobrara la cuota del autónomo cuando no facturas o tienes pérdidas, etc… podríamos hacer florecer a potenciales Bills Gates, Elons Musk o Steves Jobs. Si se dieran todas esas circunstancias pintaríamos algo en la innovación mundial y crearíamos conceptos en nuestra lengua que serían copiados por los seguidores. Esto sí que es ciencia. Ficción pero ciencia al fin y al cabo.

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