¿Tiene UM derecho a exigir un trato exquisito?

Josep Melià, el presidente de Unió Mallorquina, mostró ayer su desconsuelo porque algunos partidos políticos y medios de comunicación no cejan en sus críticas contra su partido que él pretende reconstruir a partir de las cenizas que ha dejado el incendio de la corrupción. En su declaración critica a los grupúsculos de izquierdas que piden la dimisión de la vicepresidenta de UM, Catalina Julve, por estar imputada en el caso de las basuras y, añade, olvidan cómo el presidente de la Autoridad Portuaria de Baleares, Francesc Triay y el presidente del Consell de Ibiza, Xicu Tarrès, ambos socialistas, no son cuestionados. En realidad, Melià tiene algo de razón: estos chicos de la izquierda más a la izquierda son capaces de sentarse en la misma coalición de gobierno con un PSOE que tiene estos dos cargos imputados y, en cambio, rasgarse las vestiduras por lo que sucede con UM. Desde luego, por cara que no quede. Pero UM durante mucho tiempo compartió gobierno con ellos, o sea que no es su partido quien puede tener más credibilidad en la crítica. Pero, dicho esto, poco más puede añadir porque el desprestigio de su partido no sólo es merecido, sino que, probablemente, hasta deban agradecer la benevolencia con que son tratados. Cuando se critica a Unió Mallorquina, hablamos de ese partido, con esas iniciales y con 30 años de historia en Mallorca. No hablamos, como le gustaría a él, de lo que él ha refundado, que aún no ha tenido oportunidad de probar nada. Unió Mallorquina es un partido concebido principalmente como un instrumento para el enriquecimiento de algunas personas que participaron en su creación. La ideología de varios ex-líderes de UCD es tan ambigua que, si hay rentabilidades de por medio, les ha permitido casarse con el PSM, Esquerra Unida, el PSOE o el PP. Los demás partidos pueden estar llenos de aprovechados, pero al menos las marcas no ha nacido con una función oportunista, tienen ideas, sus militantes mayoritariamente creen en lo que piensan. Unió Mallorquina tiene derecho (y necesidad) de refundarse, pero es legítimo que la prensa se pregunte si los mismos mimbres, incluso el propio Melià, que convivieron en los ambientes que reflejan maravillosamente algunas llamadas telefónicas grabadas en ciertos sumarios, pueden transformarse en gente capaz de echar de sus despachos con cajas destempladas a alguien que sugiera una corruptela.

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